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El verdadero enemigo de Díaz Ayuso y Pablo Casado

7 abril, 2020 - Coronavirus COVID 19, Medio Ambiente, Sanidad
El verdadero enemigo de Díaz Ayuso y Pablo Casado

Jorge Armesto.
El combate por impedir otro mundo posible ha empezado y esa tensión que todavía es soterrada ya se percibe. A un lado, una ciudadanía que comprende que debe prestar más atención a lo esencial, a lo que sostiene la vida. Al otro, los beneficiarios de ese modelo inhumano y sus lacayos.

Jorge Armesto. Publicado originalmente en Elsaltodiario.com

Acostumbrados a que la derecha convierta las políticas de estado en un indescriptible aquelarre de bajezas, a estas alturas ya nada debería sorprendernos. A fin de cuentas son los que mintieron a los familiares de la tragedia del Yak-42 y les entregaron quién sabe qué residuos en lugar de los restos de sus seres queridos. Los mismos que mintieron en la negligencia homicida del metro de València y los mismos que mintieron —durante años— acerca de la autoría del atentado más sangriento de la historia de España.

Así que nada nuevo bajo el sol. Si no han tenido nunca el mínimo respeto por los muertos del pasado, ¿por qué lo iban a tener por los del presente? Y estos días, ante la tragedia del coronavirus cuyas víctimas mortales se contarán por miles o decenas de miles, su preocupación y pasatiempo es escribir una nueva página en la historia de la ruindad y perseverar en su hundimiento moral hacia un abismo del que no se avista el fondo.

Resulta obsceno escucharlos quejándose por la falta de camas que ellos desmantelaron, por la falta de profesionales que ellos despidieron y por la falta de recursos que ellos despilfarraron o directamente robaron

Pero en esta ocasión, en su iniquidad hay algo nuevo y distinto: ya no se trata únicamente, como antaño, de aferrarse al poder por cualquier resorte o de tratar de recuperarlo por medio de las peores artes. Y tampoco se trata solo de ocultar bajo su catarata de deslealtades e infamias su responsabilidad en el estado actual de la sanidad. Resulta obsceno escucharlos quejándose por la falta de camas que ellos desmantelaron, por la falta de profesionales que ellos despidieron y por la falta de recursos que ellos despilfarraron o directamente robaron. Y es trágico que sea justamente Madrid, el territorio donde el experimento neoliberal de desguace de la sanidad pública alcanzó las peores cotas, donde más se esté sufriendo los embates de la enfermedad.

Solo en la Gurtel y la Púnica se verificó el robo de 620 millones de euros, muchos de ellos directamente vinculados a la gestión de hospitales. ¿Cuántas mascarillas se compran con esa cantidad? No es una cuenta difícil: 200 millones. O 100 millones de gafas, o 65.000 respiradores. También 30.000 camas para la UCI, o cinco hospitales completos. Son números que en este momento de máxima necesidad deberían producir algún tipo de reflexión. Probablemente los sanitarios que hoy se contagien y mañana quizá mueran se conformarían con bastante menos.

Sin embargo, tampoco este intento de ocultación es la principal razón del griterío. No, aquí se juega otra cosa mucho más importante, que afecta no solo al turnismo de una o dos legislaturas sino al futuro de generaciones.

Constantemente, en los partes diarios acerca del estado de la epidemia, se apela a nosotros como soldados. Todos somos soldados, reclutados para luchar una guerra sin piedad contra un enemigo invisible.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando millones de soldados regresaron a sus hogares, las élites europeas tenían claro que deberían hacer concesiones importantes para evitar levantamientos sociales. Toda una generación que había estado luchando por sus países no iba a tolerar regresar al sistema de máxima desigualdad de los llamados felices veinte. Se adoptaron entonces, en apenas una década, avances absolutamente revolucionarios tomados de la experiencia del New Deal estadounidense.

Para que nos demos cuenta de la magnitud de estos cambios, solo en los seis años de este experimento socioeconómico de Roosevelt, se reforzó el papel de los sindicatos, se introdujeron los derechos de trabajadores y consumidores, la Seguridad Social, el seguro de desempleo y las jubilaciones. En 1945, en solo una legislatura, Gran Bretaña nacionalizó las minas, la siderurgia, la electricidad, el gas y el transporte aéreo, creó el Sistema Nacional de Salud e instauró una fiscalidad progresiva. Se impulsó la educación pública, se nacionalizaron bancos y en Francia, en 1950, se estableció el salario mínimo.

Hay una pregunta que flota en el aire como una amenaza para el actual modelo de negocio parasitario: ¿qué haremos con los soldados cuando termine la guerra?

La comparación resulta muy pertinente y es la verdadera razón que explica el comportamiento fratricida de las derechas españolas en estos días. Hay una pregunta que flota en el aire como una amenaza para el actual modelo de negocio parasitario de las grandes fortunas y las multinacionales: ¿qué haremos con los soldados cuando termine la guerra?

Hasta ayer mismo, las enfermeras acumulaban contratos precarios por miles. Alba, de Lugo, firmó 400 en nueve años para el SERVICIO GALEGO DE SAÚDE. Jorge, de Santiago, firmó 300 en cinco. Años sin días libres, ni vacaciones, ni bajas. Hoy les imploramos que se incorporen a sus trabajos para jugarse la vida por nosotros. Muchos de estos “soldados” sin duda morirán. ¿Y los que sobrevivan? ¿Regresarán, cuando la guerra termine, a esa insoportable situación de abuso laboral? ¿Les dirán “ya te llamaremos”? ¿Bastará con los aplausos para agradecerles su sacrificio?

Las cajeras y reponedoras que hoy son soldados no firmaron ningún contrato de soldado. Ni en las condiciones laborales se estipulaba que tenían que jugarse la vida atendiendo a cada cliente. Pero así es la vida del soldado sobrevenido. ¿Seguirán con sus míseras condiciones cuando todo termine? ¿Se les recompensará su dedicación y sus mártires con una palmadita en el hombro? ¿Volverán a ese minúsculo piso de alquiler por el que pagan más de la mitad de su sueldo? ¿Seguirán aceptando un país que no es capaz ni de garantizar el derecho a un techo aceptable?

Aquellas que son madres y apenas pueden ver a sus hijos a lo largo del día por causa de sus jornadas laborales eternas y su imposibilidad de conciliar, ¿regresarán alegremente a sus extenuantes trabajos con la satisfacción del deber cumplido? ¿Tendrán que seguir pagando los libros de primaria como si fuesen manuales de la universidad? ¿Y las guarderías? ¿Y los comedores? ¿Sus descuentos en el IRPF por cuidado de hijo seguirán ascendiendo a la exorbitante cifra de 100 euros mensuales? ¿Tendrán que seguir jugándose el puesto de trabajo cada vez que su bebé tenga unas décimas de fiebre y no tengan dónde dejarlo? ¿Esos bebés de cuatro meses de edad tendrán que seguir pasando ocho horas al día en guarderías porque nadie puede cuidarlos? ¿Qué clase de país desatiende así a sus criaturas más desvalidas?

Ya antes de la pandemia veíamos semana sí y semana también ejemplos de desatención, agresiones físicas, desnutrición, falta de higiene y abandono en residencias

El Partido Popular privatizó las residencias de nuestros mayores para ofrecérselas a la gestión de los fondos buitres. Ya antes de la pandemia veíamos semana sí y semana también ejemplos de desatención, agresiones físicas, desnutrición, falta de higiene y abandono. Con precios por cierto, que no están al alcance de cualquiera. Un dependiente en Grado IV no paga menos de 1.800 euros en una residencia. ¿Cuántas familias pueden permitirse eso? ¿Y para que encima los maltraten? Estos días los ancianos viven con absoluto terror a morir solos, arrumbados en los pasillos de esos hospitales atestados que purgan la falta de camas y recursos por la irresponsabilidad criminal de los políticos que más vociferan.

¿Qué ocurrirá cuando la guerra termine? ¿Volverán a su desdicha cotidiana? Ayer mismo aparecieron cadáveres abandonados en las camas de las residencias. Cadáveres tirados, por si hay que decirlo dos veces. ¿Qué dice eso de la sociedad que los abandonó allí? ¿No debería un país que se precie a sí mismo garantizar que nuestros mayores vivan sus últimos días con dignidad y respeto? ¿Qué hace un servicio tan esencial y que exige de tanto mimo y cuidado en manos de especuladores sin escrúpulos? ¿Es que es tanto pedir? ¿Qué somos? ¿Seres humanos?

Apreciamos al ejército en sus tareas humanitarias. La población los aplaude al pasar. Nos sentimos orgullosos de ellos cuando apagan incendios, cuando colaboran en catástrofes climáticas, cuando se enfrentan contra el virus, cuando acogen y cuidan a los sin techo. ¿No podría ser esta siempre su ocupación? ¿Qué ocurrirá cuando esto termine? ¿Volverán a sus cuarteles? ¿No se sentirían mejor ellos mismos desenvolviendo estas tareas cotidianamente y continuando esta relación cercana y útil con la sociedad a la que pertenecen? ¿No debería ser el combate contra la pobreza el más noble combate?

El modelo español de desarrollo, instaurado por Felipe González y que nos convirtió en un país de servicios, muestra ahora absoluta incapacidad para fabricar lo más básico

Hoy, cuando se desvela en toda su crudeza la precariedad que padecemos en aspectos clave de nuestra existencia, cuando rogamos para que empresas de beneficios exorbitantes u otros países nos donen mascarillas de tela, ¿seguiremos tolerando los gastos ostentosos y absolutamente prescindibles? El modelo español de desarrollo, instaurado por Felipe González y que básicamente nos convirtió en un país de servicios, se muestra ahora en nuestra absoluta incapacidad para fabricar siquiera lo más nimio y básico. ¿Cuántos de estos muertos de hoy, cuántos de estos contagios a sanitarios, no se deben a haber destruido nuestra industria manufacturera? ¿No deberíamos poder garantizarnos a nosotros mismos los servicios esenciales? Estas y otras preguntas serán las que se planteen cuando la guerra termine. ¿Qué hará este país por sus soldados? ¿Los abandonará a su suerte? ¿Lo permitiremos?

Hace unos días el diario Expansión se preguntaba: “¿El virus nos volverá a todos comunistas?”. En los días del hundimiento bursátil, los fondos buitre que este diario jalea, amasaron beneficios escandalosos con instrumentos sofisticados que atacan a los propios mercados donde operan. ¿Cómo es posible que tales prácticas sean legales, incluso admiradas, cuando tendrían que ser consideradas un delito de lesa traición?

El coronavirus ha dejado al descubierto de una manera palmaria un sistema socioeconómico bárbaro e inhumano. Y, además, ineficiente: incapaz de proveer siquiera de objetos tan banales como unas piezas de tela, unas batas de plástico o unas gafas. El coronavirus puede poner de manifiesto la importancia de las relaciones personales, la necesidad de proteger y ampliar los ámbitos comunitarios, las relaciones económicas de cercanía, la obligatoriedad de que el estado, como forma organizativa de la sociedad, se responsabilice directamente del bienestar de sus ciudadanos.

El coronavirus puede poner de manifiesto la importancia de las relaciones personales, las relaciones económicas de cercanía, la obligatoriedad de que el estado se responsabilice directamente del bienestar de sus ciudadanos

Con un país paralizado y en shock, los trabajadores públicos sostienen el muro de defensa contra la barbarie. ¿Tendrán que seguir soportando, cuando esto termine, los ultrajes permanentes alentados por los carroñeros de lo público y que se les considere como “privilegiados”? Los docentes que educan en jornadas agotadoras y ahogados en un océano de burocracia, ¿son privilegiados? ¿Lo son quienes atienden a la multitud de desempleados? Cuidadores, trabajadores sociales, telefonistas de números de emergencias, conductores de ambulancias, celadores, sanitarios, bomberos… ¿Todas privilegiadas? ¿Todos privilegiados?

Tras la segunda guerra mundial se implementaron avances sociales infinitamente más ambiciosos cuya influencia pervive en nuestros días pese a décadas de destrucción neoliberal. Aquellas políticas llevaron a los europeos a vivir el período de bienestar e igualdad más importante de su historia. La velocidad y el arrojo con la que se actuó entonces contrasta vivamente con los misérrimos retos de nuestro presente. Si entonces, en cuestión de meses, modificaron el curso del siglo XX, hoy se necesitan legislaturas para subir unas décimas pensiones de miseria o aumentar apenas unas semanas el permiso por nacimiento de hijos y que, aún así, siga siendo de los más tacaños de Europa.

El combate por impedir otro mundo posible ha empezado y esa tensión que todavía es soterrada ya se percibe. A un lado, una ciudadanía que comprende que debe prestar más atención a lo esencial, a lo que sostiene la vida. Al otro, los beneficiarios de ese modelo inhumano y sus lacayos (los Casado, los Díaz-Ayuso), que no pierden ocasión en ponderar las virtudes de “la colaboración público-privada” y en alabar las minúsculas donaciones de empresas a las que querrán convertir, cuando todo termine, en poco menos que en nuestros salvadores. Empresas que en algunos casos tienen comportamientos tan edificantes como el de LM Wind Power en Ponferrada, quien forzó a sus trabajadores a adelantar sus vacaciones con el compromiso de efectuar un ERTE, y después de que estos “las disfrutasen” rompió unilateralmente el acuerdo.

De ahí la fiereza salvaje de la derecha y toda esa cloaca de veneno que incansablemente vierten en sus medios de comunicación. No están batallando únicamente por el poder, sino porque todo permanezca del mismo modo insoportable. O, como mucho, que a los muertos se les haga un concierto homenaje. Están batallando por el futuro. Por su futuro y contra el nuestro. Tienen suerte algunos, sin embargo, de que la guerra que dicen que libramos no sea más que una metáfora. Porque en tiempos de guerra los saqueadores son condenados a la pena capital.

ATTAC Madrid no se identifica necesariamente con los contenidos publicados, excepto cuando son firmados por la propia organización.

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