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No he de callar

26 febrero, 2016 - Opinión

Introducción por Francisco Altemir. ATTAC Madrid   Desde los albores de la Humanidad la vida de cada hombre ha oscilado entre el temor al castigó y el amor al soborno en forma de premio. De ahí nace la creencia de que el hombre es malo por naturaleza y que hay que domesticarlo. En sentido contrario […]

QuevedoIntroducción por Francisco Altemir. ATTAC Madrid

 

Desde los albores de la Humanidad la vida de cada hombre ha oscilado entre el temor al castigó y el amor al soborno en forma de premio.

De ahí nace la creencia de que el hombre es malo por naturaleza y que hay que domesticarlo.

En sentido contrario se piensa que el hombre es esencialmente bueno  y que hay que crear las condiciones necesarias para que se pueda desarrollar libremente.

La Historia de la Humanidad es la lucha constante entre ambas concepciones del hombre. De momento va ganado la fuerza de la sinrazón debido a que tiene los resortes: educación, fuerza de represión, aparatos de propaganda etc.

Los que se han opuesto a ese sistema establecido y seguro que no produce sobresaltos han perdido, algunos hasta morir (Jesús de Nazaret, Miguel Servet, abogados de Atocha, Ellacuría y sus compañeros etc.)

Contra la propaganda amenazadora de la sinrazón se alzó en España la voz de un poeta D. Francisco Quevedo y Villegas (1580-1645)

No he de callar, por más que con el dedo,
Ya tocando la boca, ya la frente,
Silencio avises o amenaces miedo.

¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

Hoy sin miedo que libre escandalice
Puede hablar el ingenio, asegurado
De que mayor poder le atemorice.

En otros siglos pudo ser pecado
Severo estudio y la verdad desnuda,
Y romper el silencio el bien amado.

Pues sepa quien lo niega y quien lo duda
Que es lengua la verdad de Dios severo
Y la lengua de Dios nunca fue muda.

Son la verdad y Dios, Dios verdadero:
Ni eternidad divina los separa,
Ni de los dos alguno fue primero.

Si Dios a la verdad se adelantara,
Siendo verdad, que rabría de ser hubiera
Verdad, antes que fuera y empezara.

La justicia de Dios es verdadera,
Y la misericordia, y todo cuanto
Es Dios es la verdad siempre severa.

Señor Excelentísimo, mi llanto
Ya no consiente márgenes ni orillas:
Inundación será la de mi canto:

Veránse sumergidas mis mejillas,
La vista por dos urnas derramada
Sobre el sepulcro de las dos Castillas.

Yace aquella virtud desaliñada
Que fue, si menos rica, más temida,
En vanidad y en ocio sepultada.

Y aquella libertad esclarecida
Que donde supo hallar honrada muerte
Nunca quiso tener más larga vida.

Y pródiga del alma, nación fuerte
Contaba en las afrentas de los años
Envejecer en brazos de la suerte.

La dilación del tiempo, y los engaños
Del paso de las horas y del día
Impaciente acusaba a los extraños.

Nadie contaba cuánta edad vivía,
Sino de qué manera: sola una hora
Lograba con afán su valentía.

La robusta virtud era señora,
Y sola dominaba al pueblo rudo:
Edad, si mal hablada, vencedora.

El temor de la mano daba escudo
Al corazón, que, en ella confiado,
Todas las armas despreció desnudo.

Multiplicó en escuadras un soldado
Su honor precioso, en ánimo valiente,
De sola honesta obligación armado.

Y debajo del Sol aquella gente,
Si no más descansado, a más honroso
Sueño entregó los ojos, no la mente.

Hilaba la mujer para su esposo
La mortaja primero que el vestido;
Menos le vio galán que peligroso,

Acompañaba el lado del marido
Más veces en la hueste que en la cama;
Sano le aventuró, vengóle herido.

Todas matronas y ninguna dama,
Que nombres del halago cortesano
No admitió lo severo de su fama.

Derramado y sonoro el Oceáno
Era divorcio de las ricas minas
Que volaron la paz del pecho humano.

Ni les trajo costumbres peregrinas
El áspero dinero, ni el Oriente
Compró la honestidad con piedras finas.

Joya fue la virtud pura y ardiente;
Gala en merecimiento y alabanza;
Sólo se codiciaba lo decente.

No de la pluma dependió la lanza,
Ni el cántabro con cajas y tinteros
Hizo el campo heredad, sino matanza.

Y España con legítimos dineros,
No amartelaba el crédito a Liguria;
Más quiso los turbantes que los ceros.

Menos fuera la pérdida y la injuria
Si se volvieran Muzas los asientos,
Cuanto es peor la usura que la furia.

Caducaban las aves en los vientos,
Y espiraba decrépito el venado:
Grande vejez duró en los elementos.

Que el vientre entonces, bien disciplinado,
Buscó satisfacción y no hartura,
Y estaba la garganta sin pecado.

Del mayor infanzón de aquella pura
República de grandes hombres, era
Una vaca sustento y armadura.

No había venido al gusto lisonjera
La pimienta arrugada, ni del clavo
La adulación fragante forastera.

Carnero y vaca fue principio y cabo,
Y con rojos pimientos y ajos duros
Tan bien como el señor comió el esclavo.

Bebió la sed los arroyuelos puros;
Después mostraron del carquesio a Baco
El camino los brindis mal seguros.

El rostro macilento, el cuerpo flaco,
Eran recuerdo del trabajo honroso,
Y honra y provecho andaban en un saco.

Pudo sin don un español velloso
Llamar a los tudescos bacanales,
Y al holandés hereje y alevoso.

Pudo acusar los celos desiguales
Al italiano; y hoy de muchos modos
Somos copias, si son originales.

Las descendencias gastan muchos godos;
Todos blasonan, nadie los imita,
Y no son sucesores, sino apodos.

Vino el betún precioso que vomita
La ballena o la espuma de las olas,
Que el vicio, no el olor, nos acredita.

Y quedaron las huestes españolas
Bien perfumadas, pero mal regidas,
Y alhajas las que fueron pieles solas.

Estaban las locuras mal vestidas,
Y aún no se hartaba de buriel y lana
La vanidad de hembras presumidas.

A la seda pomposa siciliana,
Que manchó ardiente múrice, el romano
Y el oro hicieron áspera y tirana.

Nunca al duro español supo el gusano
Persuadir que vistiese su mortaja,
Intercediendo el Can por el verano.

Hoy desprecia el honor al que trabaja,
Y entonces fue el trabajo ejecutoria,
Y el vicio gradüó la gente baja.

Pretende el alentado joven gloria
Por dejar la vacada sin marido,
Y de Ceres ofende la memoria.

Un animal a la labor nacido
De paciencia preciosa a los mortales,
Que a Jove fue disfraz y fue vestido;

Que un tiempo endureció manos reales,
Y detrás de él los cónsules gimieron,
Y rumia luz en campos celestiales,

¿Por cuál enemistad se persuadieron
A que su apocamiento fuese hazaña,
Y a mieses tan grande ofensa hicieron?

¡Qué cosa es ver un infanzón de España
Abreviado en la silla a la jineta,
Y gastar un caballo en una caña!

Que la niñez al gallo le acometa
Con semejante munición apruebo;
Mas no la edad madura y la perfeta.

Ejercite sus fuerzas el mancebo
En frentes de escuadrones, no en la frente
Del padre hermoso del armento nuevo.

El trompeta le llame diligente,
Dando fuerza de ley al viento vano,
Y al son esté el ejército obediente.

¡Con cuánta majestad llena la mano
La pica, y el mosquete carga el hombro,
Del que se atreve a ser buen castellano!

Con asco entre las otras gentes nombro
Al que de su persona, sin decoro,
Antes quiere dar nota que no asombro.

Jineta y caña son contagio moro;
Restitúyanse justas y torneos,
Y hagan paces las capas con el toro.

Pasadnos vos de juegos a trofeos;
Que sólo grande rey y buen privado
Pueden ejecutar estos deseos.

Vos, que hacéis repetir siglo pasado
Con desembarazarnos las personas
Y sacar a los miembros de cuidado,

Vos disteis libertad con las valonas,
Para que sean corteses las cabezas,
Desnudando el enfado a las coronas;

Y, pues vos enmendasteis las cortezas,
Dad a la mayor parte medicina:
Vuélvanse los tablados fortalezas.

Que la cortés estrella que os inclina
A privar sin intento y sin venganza,
Milagro que a la envidia desatina.

Tiene por sola bienaventuranza
El reconocimiento temeroso,
No presumida y ciega confianza.

Pues os dio el ascendiente generoso
Escudos, de armas y blasones llenos,
Y por timbre el martirio glorioso,

Mejores son por vos los que eran buenos
Guzmanes, y la cumbre desdeñosa
Os muestre a su pesar campos serenos.

Lograd, señor, edad tan venturosa;
Y cuando nuestras fuerzas examina
Persecución unida y belicosa,

La militar valiente disciplina
Tenga más practicantes que la plaza:
Descansen tela falsa y tela fina.

Suceda a la marlota la coraza,
Y si el Corpus con danzas no los pide,
Velillos y oropel no hagan baza.

El que en treinta lacayos los divide,
Hace suerte en el toro y con un dedo
La hace en él la vara que los mide.

Mandadlo así, que aseguraros puedo
Que habéis de restaurar más que Pelayo,
Pues valdrá por ejércitos el miedo
Y os verá el cielo administrar su rayo.

Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645)

 ATTAC Madrid no se identifica necesariamente con los contenidos publicados, excepto cuando son firmados por la propia organización.

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