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ROÑA

15 junio, 2015 - Opinión

He andado muchos caminos, he abierto muchas veredas, he navegado en cien mares y atracado en cien riberas. En todas partes he visto […………………………]. Mala gente que camina y va apestando la tierra. Antonio Machado Francisco Altemir. ATTAC Madrid Mis hijos y, por supuesto mis nietos, ignoran lo que es tener roña que, según el […]

gente (Raquel Marín)He andado muchos caminos,

he abierto muchas veredas,
he navegado en cien mares
y atracado en cien riberas.

En todas partes he visto

[…………………………].

Mala gente que camina
y va apestando la tierra.

Antonio Machado

Francisco Altemir. ATTAC Madrid

Mis hijos y, por supuesto mis nietos, ignoran lo que es tener roña que, según el DRAE, es: “Porquería y suciedad pegada fuertemente.” La falta de higiene corporal va unida al mal olor.

La roña humana es tener la suciedad pegada fuertemente a la piel, como la tienen los niños de los países empobrecidos de América Latina, África o Asia que vemos en los documentales trastear en las montañas de basura en busca de  algo comestible. En occidente es un espectáculo de  barrios marginales como el de la Cañada Real en Madrid.

Los que hemos nacido antes de la guerra civil, que hemos padecido hambre y escaseces de todo tipo durante el conflicto y, más tarde, durante la dura posguerra, sabemos que la lucha de nuestras madres por evitar la roña ya en nuestras rodillas ya en los talones (llevábamos pantalones cortos) era constante. Debido a la escasez y carestía del carbón, único combustible generalizado (solamente algunas casas tenían gas),  cuya distribución en Madrid era un monopolio concedido por Franco, graciosamente, a un correligionario, hacía que nuestras madres utilizasen, la mayoría de las veces, barreños con agua fría para, bien provistas de estropajo y jabón, nos quitasen cualquier vestigio de roña. Colateralmente eso me causó una fobia a ciertos compañeros de colegio, quienes al estar internos y carecer de una madre amantísima, estaban sucios. Me daba asco sentarme cerca de ellos al pensar que el aire que respiraban podía entrar después en mis pulmones.

No me refiero en este artículo a la roña física sino a la ROÑA MORAL que manifiestan tener muchas personas, destacando los políticos por su mayor exposición en los medios, supuestamente limpios de corrupción, que consideran legales ciertas prácticas moralmente sucias. Esta roña me causa la misma repulsión que la física en mi niñez.

¿Cómo es posible que la miseria y roña moral haya penetrado tan profundamente en la mente  de algunas personas que les impida ver lo improcedente de sus actuaciones por muchos golpes de pechos que se den, por muchas cruces que exhiban en sus pechos inmisericordes, por muchas preces que recen? Me produce tal asco su presencia como la de los pobres niños internos de mi niñez.

¿Cómo se ha podido llegar a tal degradación moral?  ¿han sabido alguna vez lo que es la decencia moral tan querida por El Maestro de Filósofos, D. Emilio Lledó, reciente premio Princesa de Asturias? ¿Han oído hablar alguna vez de lo que es la ética, del griego êthos, como también deriva la palabra decencia?

¿Cómo se podrá eliminar la roña de los cerebros, producto de una mala educación, de apriorismos y dogmas insostenibles en un mundo global en el Siglo XXI?  ¡Si yo tuviera  una escoba, cuántas cosas barrería! Cantaban los Sirex hace muchos años. Ya no hay escobas (¡por favor!), ahora hay potentes aspiradores que remueven la suciedad y el polvo de sitio sin limpiar nada obligando a sus operarios a utilizar mascarillas para no morir en el intento.

¡Ay aquellos barrederos de mi niñez que con los de la manga (la manga riega, que aquí no llega) limpiaban con aquellas escobas de recias púas las calles de Madrid hasta dejarlas impolutas! ¡Igualito que ahora que la roña está en la entraña misma de las calzadas y aceras!

“Nadie conoce mejor la religión que el pecador”, decía Graham Greene en una de sus novelas en la primera mitad del siglo XX. Se refería, naturalmente, al pecado por antonomasia durante siglos, al pecado sexual. De otro tipo de maldades no se ha tenido conciencia porque no interesaba al estar todos pringados. Y quienes podían hacerlo porque tenían una cierta autoridad moral no lo han hecho. El “todo el mundo lo hace” es una especie de absolución moral para los atentados contra la Justicia. España fue el último país en abolir la esclavitud dentro de sus fronteras, ahora la permitimos al externalizar la producción en Bangladesh y otros países empobrecidos que utilizan mano de obra infantil. Pero el “todo el mundo lo hace” nos tranquiliza la conciencia. Que vivan la especulación y el hacer fortuna por cualquier medio. El que no lo intenta es un bicho raro. Es sospechoso de pertenecer a algún soviet. ¡Ay almas tan míseras como cándidas que no sabéis lo que sale de vuestra boca!

Tengo que confesar que, personalmente, no me considero libre de pecado. He callado cuando debía haber denunciado. La cobardía y la necesidad del plato de lentejas me impidieron actuar. Una vez jubilado he perdido el miedo pues he ganado libertad que me permite actuar “en verdadero”.

Las “buenas intenciones” justifican también que no exista “mala conciencia” al malversar caudales públicos o favorecer desde el poder a ciertas asociaciones religiosas, supuestamente dedicadas a  hacer el bien (nadie lo controla) adjudicándoles suelo público para sus fines. El fin justifica los medios subyace en esas conciencias erradas lo que permite todo tipo de abyecciones.

Es intolerable que una vicepresidente del gobierno actual, abogada del estado por más señas, utilice un acto oficial, dar a conocer  la reseña del Consejo de Ministros, para descalificar a los partidos de la oposición a la vez que a los millones de sus votantes. Pero ¿en qué país vivimos? El gobierno de turno no es el amo del cortijo, nadie paga impuestos para ser insultado. ¡Qué aberración moral! Son peores que los trileros analfabetos porque tienen más responsabilidad al tener, supuestamente, mayores conocimientos.

Otros tratan de refugiarse en la legalidad exterior para tratar de justificarse en actitudes puramente rituales sin ninguna profundización.

No es mi propósito hablar de conciencia colectiva o social, del pecado estructural,  de la economía de casino y de amiguetes, en el que estamos inmersos y contra el que todos deberíamos luchar. Me quedo más en la superficie, no quiero, por lo menos, que con mis impuestos se hayan pagado las balas que ocasionaron muertos en Iraq y que me tomen el pelo e insulten desde la televisión. Se comienza con la hipocresía de que admitamos el “pecado” individual para que no advirtamos el colectivo y estructural

“… el mayor deber es la fidelidad con nosotros mismos ` […] ¿Qué significa lo que llamamos un hombre íntegro sino un hombre que es enteramente él y no un zurcido de compromisos, de caprichos, de concesiones a los demás, a la tradición al prejuicio?  (Ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo)

El amor a la  integridad debería inculcarse de forma gradual durante la escolarización, sería una vacuna contra la roña y miseria moral.

 

Madrid, 6 de junio de 2015

 

Francisco Altemir,  Attac Madrid

ATTAC Madrid no se identifica necesariamente con los contenidos publicados, excepto cuando son firmados por la propia organización

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