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La guerra oculta en torno al cambio climático

24 enero, 2014 - Internacional, Medio Ambiente

Alberto Piris   El enfrentamiento entre la ciencia y medios de comunicación sobre la gravedad o rapidez del cambio climático obedece al hecho de que mantener viva una polémica permite vender más ejemplares o aumentar el índice de audiencia, cosa más difícil de conseguir con una exposición objetiva de los fenómenos comprobados por los científicos. […]

cambio climaticoAlberto Piris
 
El enfrentamiento entre la ciencia y medios de comunicación sobre la gravedad o rapidez del cambio climático obedece al hecho de que mantener viva una polémica permite vender más ejemplares o aumentar el índice de audiencia, cosa más difícil de conseguir con una exposición objetiva de los fenómenos comprobados por los científicos. El cambio climático solo es discutible para los medios de comunicación comerciales, no para la comunidad científica ni para los órganos de Naciones Unidas y otras entidades donde es estudiado con preocupación y sobre cuya realidad no cabe ya la menor duda.
Como para la ciencia existen pocas verdades absolutas y definitivas y son más las hipótesis temporales y provisionales, que cambian cuando se logran datos más ajustados, aparece una rendija por la que penetra subrepticiamente la especulación que distorsiona los hechos reales en favor de opciones políticas, económicas, culturales y hasta religiosas, de lo que Galileo podría hablarnos de primera mano. Si la presión eclesiástica del cristianismo romano se negó a aceptar la teoría heliocéntrica que propugnaba el astrónomo pisano (porque contradecía sus fantasías teológicas), ahora todo indica que se está ejerciendo una intensa presión para negar el cambio climático, cuyas medidas correctivas podrían perjudicar los intereses de ciertos grupos. Pero ya hay quien se ha dedicado a estudiar con detalle el origen de esas presiones y ha publicado los resultados de su investigación.
Se trata de Robert Brulle, profesor de la Universidad privada Drexel, de Filadelfia, del que en diciembre pasado la revista Climatic Change publicó una comunicación titulada: Institutionalizing delay: foundation funding and the creation of U.S. climate change counter-movement organizations, que podría traducirse libremente así: la institucionalización del retraso, o los fondos de las fundaciones y la creación de las organizaciones ‘contrarreformistas’ del cambio climático en EE.UU. El texto, enviado en enero de 2013, fue aceptado en noviembre del mismo año tras sufrir la exhaustiva “revisión por pares”, propia de las más acreditadas revistas científicas.
El autor revela que el núcleo duro de la campaña contra el cambio climático está constituido por conocidas organizaciones conservadoras, financiadas con “dinero oscuro” o a través de fundaciones clandestinas. Su finalidad es desacreditar públicamente a las ciencias climatológicas y frenar cualquier acción gubernamental para regular las emisiones de efecto invernadero, que aceleran el calentamiento global. Asegura que este movimiento opositor está produciendo ya nefastos efectos políticos y ecológicos, al haber paralizado muchas iniciativas sugeridas para limitar las citadas emisiones.
“No es cuestión de un par de excéntricos individuos sino de un esfuerzo político a gran escala”, afirma, y añade: “Como si se tratara de un musical de Broadway, esta contrarreforma tiene en primera línea personalidades brillantes, a veces científicos o políticos negacionistas, pero detrás de ellos hay una estructura organizada de directores, guionistas y productores, apoyados por fundaciones conservadoras. Para entender lo que sucede, hay que mirar detrás del escenario”. Y detrás del escenario, Brulle ha identificado 118 organizaciones en EE.UU., ha cruzado sus datos con los de la hacienda pública y otras organizaciones privadas, y ha encontrado que entre 2003 y 2010 unos 900 millones de dólares fueron entregados anualmente como becas a 91 organizaciones dedicadas a la negación del cambio climático, a través de 140 fundaciones distintas.
Patrocinadores ricos y poderosos actúan “amplificando ciertas voces sobre otras y apoyando una campaña que niega los datos científicos sobre el calentamiento global y pone en duda los remedios sugeridos para frenarlo”. De este modo, el poder del dinero hace sentir también sus efectos como poder político y cultural. Se obtienen beneficios y se contratan personas que publican libros negando el cambio climático, o participan en programas de televisión con apariencia de rigor científico. La mayoría de las organizaciones analizadas están registradas como benéficas o sin ánimo de lucro, con lo que además gozan de descuentos fiscales. Se utilizan fundaciones pantalla (como Donors Trust) que aseguran el anonimato de los donantes; a través de ella ha llegado el 15% del dinero recibido por los agentes de la contrarreforma climática.
La moderna estrategia del negacionismo no es ya la oposición frontal -puesto que las evidencias científicas son indiscutibles- sino retardar el planteamiento del problema: “¡Cierto! el cambio climáticos es real pero…” y, a continuación, se pierde el tiempo discutiendo sobre su ritmo, sus efectos o el coste de frenarlo. De ese modo, aunque hace 20 años se firmó un tratado que preveía modos de reducirlas, las emisiones de gases prosiguen descontroladas y la atmósfera se deteriora progresivamente.
Si el dinero puede comprar elecciones, corromper políticos, deteriorar la democracia y hasta determinar la política de los Estados, no debe extrañar que también se apropie de las parcelas de la ciencia que le sean más provechosas. Pero no podemos seguir manteniendo los ojos cerrados ante lo que se está convirtiendo en una acelerada subversión de los valores éticos de la humanidad.
ATTAC Madrid no se identifica necesariamente con los contenidos publicados, excepto cuando son firmados por la propia organización.

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