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Un poco de honestidad

14 febrero, 2010 - Mercados Financieros

Soledad Gallego DíazEl País

El enojo es la emoción que se experimenta cuando uno se siente objeto de una conducta injusta. Enojo, enfado, es la emoción que deberían estar experimentado hoy día muchos ciudadanos en el mundo no sólo ante la crisis económica a la que deben hacer frente si no, y quizá sobre todo, por la falta de honestidad, de integridad, por la intención de engañarles, que demuestran, una y mil veces, los responsables de esa crisis.

Es imprescindible no dejarse llevar por la ira, razonar y participar en el esfuerzo para salir adelante, pero es también vital y urgente reclamar rectitud en los actos y en las palabras, un mínimo de honestidad en expertos, gobernantes, economistas, periodistas y demás portavoces de la sociedad, que de manera creciente participamos, consciente o inconscientemente, en la ocultación y tergiversación de la realidad.

No es posible que no hayan pasado ni dos años del descubrimiento de una gigantesca estafa global protagonizada por banqueros y financieros y que ya parezca que la crisis fue consecuencia de la irresponsabilidad de las clases medias bajas (trabajadores se llamaban antes), empeñadas en hundir el sistema con sus desaforadas demandas. Cualquier ciudadano que oiga hoy a expertos, gobernantes, economistas y periodistas puede llegar a pensar que la crisis ha sido provocada por millones de trabajadores que salieron a las calles en todo el mundo occidental reclamando aumentos de salarios intolerables, pensiones descabelladas, privilegios imposibles de asimilar por un sistema que hubiera funcionado bien si no hubiera sido por esa locura que contagió a las clases medias bajas a finales del siglo XX y comienzos del XXI.

Un mínimo de honestidad (y de eficacia a la hora de afrontar la crisis) exige tener presente que fue la gigantesca especulación generada por un sistema financiero no controlado la que provocó el estado de cosas actual a nivel mundial. En el caso español, además, hay que añadir una burbuja inmobiliaria, consentida y alentada por banqueros, economistas y políticos, del PP y del PSOE, no porque fueran unos corruptos o vendidos (aunque algunos sí lo fueran), sino porque la bonanza provocada por esa burbuja causaba una sensación general de bienestar. Un mínimo de honestidad exige tener presente que buena parte de los problemas de las empresas españolas están provocados no por los sueldos, sino por el hecho de que el sistema bancario ha reducido extraordinariamente sus líneas de crédito.

El hecho de tener razón no le va a servir de mucho a esas clases medias, aplastadas por el paro y el empobrecimiento. Nunca ha bastado con estar libre de culpa. La realidad es que existe un déficit complicado de financiar, que es imprescindible que el Gobierno español recupere credibilidad y que esa credibilidad se obtiene en los mercados internacionales con medidas de austeridad, es decir, con reducción del gasto público, quizá combinadas con aumento de ciertos impuestos al consumo (los que más afectan a esa clase media baja).

La cuestión es hasta qué punto se puede exigir el esfuerzo de ese sector de población y qué modalidades proponen las distintas opciones políticas. Está claro que las clases populares han apoyado el sistema (y que sus representantes, la socialdemocracia, ha apoyado ese sistema) porque a lo largo de muchas décadas ha permitido el ascenso social de buena parte de esa ciudadanía (aunque, como afirma el economista Mario Trinidad, no tanta como sus panegiristas aseguran). La mayoría de los votantes de la izquierda actual no están interesados en una alternativa al sistema económico vigente, sino que quiere simplemente mantener su hueco. Pero esa lealtad al sistema exige garantizar que es posible el ascenso social, que funcionan la educación y la sanidad, las pensiones y los derechos políticos. Si el recorte sustancial de todo eso entra a formar parte del esfuerzo exigido, no estará claro para qué sirve el sistema ni, desde luego, la socialdemocracia. Y por mucho que todos colaboremos en el engaño, al final el enojo tendrá consecuencias.

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