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13 marzo 2010

El cambio de paradigma

Buscando las causas últimas de la pobreza extrema encuentro la necesidad de reformar el primer y el tercer mundo. me sorprende el secreto bancario y la existencia de paraísos fiscales que permiten evadir impuestos y blanquear capitales...

Vivimos tiempos de incertidumbre y volatilidad, no sólo en los mercados financieros, sino también en las corrientes de pensamiento, en las ideología, en las estructuras que nos rigen desde los tiempos de posguerra. No hay liderazgo porque la complejidad de las entrelazadas crisis alcanza un punto próximo a la incógnita absoluta y los diferentes poderes tiran para casa y continúan apoyando un anticuado paradigma que debería haber pasado a la historia en la década de los noventa.
 
Los tiempos de crisis, escucho a numerosos líderes internacionales e institucionales, hay que aprovecharlos para definir nuevos estándares, nuevos marcos de entendimiento, nuevas arquitecturas que permitan al mundo de la globalización (al mundo del siglo XXI) continuar reformando y convergiendo en renta, derechos humanos, respeto al medio ambiente, riqueza e igualdad.
 
En mis numerosos viajes me encuentro con representantes de instituciones internacionales. Esta última semana estuve en Ginebra con especialistas en desarme de Naciones Unidas y en la lucha contra el sida de la Organización Mundial de la Salud, y posteriormente en Roma entrevistándome con dos altos cargos del Programa Mundial de Alimentos. Son representantes de un antiguo paradigma que tuvo razón de ser en la segunda mitad del siglo veinte, pero que a día de hoy únicamente perpetúa los grandes problemas operacionales atribuidos a unas instituciones politizadas que no luchan de la forma más efectiva contra los grandes problemas de la Humanidad.
 
Escucho que los países donantes imponen condiciones operacionales a las instituciones, y les dictan cómo y cuándo asignar la ayuda humanitaria. Leo como durante décadas el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han aplicado políticas prestamistas en un contexto de condicionalidad macroeconómica que obligó a los países más necesitados a apretarse los cinturones y reducir al mínimo un presupuesto que en otras condiciones debería haber atendido la demanda en educación y sanidad sin la que los países más pobres nunca podrán salir adelante.
 
Buscando las causas últimas de la pobreza extrema encuentro la necesidad de reformar el primer y el tercer mundo. Me sorprende el secreto bancario y la existencia de paraísos fiscales que permiten evadir impuestos y blanquear capitales. Me sorprende la falta de transparencia en la venta de armamento desde el Norte hacia el Sur. Me sorprende el mantenimiento de los subsidios agrícolas y la imposición de la bajada de aranceles en productos y servicios que mayoritariamente se manufacturan en el mundo industrializado. Me fascina la falta de representación del mundo en vías de desarrollo en los órganos de votación de las instituciones internacionales.
 
Creo que el actual paradigma económico beneficia al mundo rico.Critico constructivamente la complacencia con la que robamos el recurso humano más preciado a los países en vías de desarrollo, un fenómeno que denominamos fuga de cerebros. Pongo en tela de juicio políticas migratorias que importan mano de obra barata cuando conviene y se deshacen de ella cuando la crisis acucia.La pobreza extrema alimenta problemas derivados como la inmigración ilegal, el terrorismo internacional y las mafias. El calentamiento global incrementa el impacto de crisis naturales y azota a todo aquel que no tiene acceso a una red de protección social.
 
Un nuevo consenso es necesario. Un nuevo paradigma económico es factible. Quizás necesitemos más regulación en los mercados financieros internacionales. Quizás necesitamos nuevos estándares que aseguren la provisión de alimentos a la población antes de su comercialización. Quizás el comercio deba ser justo antes que libre.
 
Comprar el excedente de alimentos subsidiados en Estados Unidos para paliar crisis alimenticias en el Africa Subsahariana no es una solución permanente, es una solución cortoplacista y miope que beneficia a los productores del primer mundo. Llevemos de una vez la producción al mundo pobre. Permitámosles producir localmente y vendernos su excedente. Incentivemos al agricultor en Europa y Estados Unidos para que se vuelva competitivo, especializándose en un producto de nicho y por tanto de mayor calidad, o adquiriendo habilidades tecnológicas o sanitarias que le permitan cambiar de sector.
 
Aprovechemos los tiempos de crisis, sugiriendo un nuevo paradigma que permita contribuir al cambio en las estructuras que rigen nuestras instituciones, un nuevo paradigma que cree las bases ideológicas y operacionales que permitan una reforma profunda del actual orden mundial.
 

JAIME POZUELO-MONFORT, EL MUNDO

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