La libertad de circulación de capitales permite un entramado que va desde la extraterritorialidad fiscal a la creación de paraísos en los que esconder el dinero
Como es posible que un sistema económico que beneficia apenas al diez por ciento de la población pueda ser aceptado por el conjunto de los ciudadanos?
Como es posible que economistas de reconocida capacidad profesional lo defiendan acríticamente, incluso ahora cuando ya existe una reacción internacional contra él, traducida a transformaciones políticas en países antaño dominados por el neoliberalismo?
El neoliberalismo es la última y más extremosa versión del capitalismo, puesta en marcha a partir de los gobiernos de Margareth Tatcher en el Reino Unido y Ronald Reagan en Estados Unidos aprovechando el beneficio adicional del colapso del sistema comunista. Esta última versión se acentúa hoy con la globalización.
La globalización es el tercer capítulo de la historia del capitalismo. El primero fue el capitalismo de Estado, el colonialismo, ejercido por Estados poderosos sobre otros más débiles, para apoderarse de sus riquezas y controlar su actividad, generalmente mediante el uso de la fuerza. Es el caso de España con América, de Inglaterra con la India o de Bélgica con el Congo. El segundo capítulo lo constituye la protección de los Estados a las empresas de sus países. Estados Unidos manda su Ejército a proteger los intereses de la United Fruits en Centroamérica, dando origen a la expresión “repúblicas bananeras”. De otra manera, está en el origen del golpe militar en Chile y siempre, en torno al petróleo, con la crisis permanente del Oriente Medio. En el tercer capítulo, los protagonistas son las empresas multinacionales que gozan de la protección del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y, especialmente, del Organización Mundial de Comercio, para prevalecer sobre los intereses de los Estados en los que van asentándose. Este capítulo representa el momento de más amplia libertad del capital no ya para franquear las fronteras sino para imponerse a los países cuyas leyes laborales y ambientales vulneran. Esa libertad permite un entramado organizativo que va desde la extraterritorialidad fiscal a la creación de paraísos en los que esconder su dinero, pasando por la sobrevaloración del sector financiero y, siempre, por la explotación de los países que recorren.
En la globalización hay un poder económico predominante, las empresas multinacionales y dos poderes políticos, uno el constituido por esas tres entidades, de escaso carácter democrático, a favor de las empresas y otro, la ONU, cada vez más débil, objeto del antagonismo e incluso del desprecio de los Estados Unidos, como prueba el episodio de Irak. La ONU, depositaria de un poder legal internacional que le permitiría ejercer de policía mundial y equilibrador de riqueza, con entidades como UNICEF y otras, carece de medios y de legitimación real para ejercer esas funciones y asiste, prácticamente inerme, al creciente proceso de deterioro y desigualdad de la población y el habitat mundial.
Es importante recordar como el neoliberalismo ha torcido la intención de los legisladores internacionales al diseñar los organismos mundiales a que me refiero. Al terminar la segunda guerra mundial, los asistentes a la reunión de Bretón Woods de 1944 planeaban crear un nuevo orden económico mundial que impidieran tanto la catástrofe de la Depresión del 29 como la reacción fascista que produjo en Europa. El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, financiados por las contribuciones de sus iniciales cuarenta y tres países miembros, recibieron el mandato explícito de impedir esas catástrofes. El Banco Mundial financiaría el desarrollo de los países pobres y el Fondo absorbería los desequilibrios temporales producidos por la especulación y la volatilidad de los mercados internacionales. Las dos instituciones se domiciliaron en Washington, la una enfrente de la otra en la misma calle y John Maynard Keynes, que presidió la delegación inglesa, después de reafirmar los peligros políticos de dejar que los mercados se autoregulen, concluyó que si las instituciones creadas permanecían fieles a sus principios fundacionales, la hermandad universal entre los hombres podría ser algo más que una frase.
Pero los organismos dieron pronto señales de que no iban a ser fieles a su cometido sino todo lo contrario. Para comenzar no eran organismos democráticos, como no lo es el Organización Mundial de Comercio, la tercera pieza que se agregó al sistema. Sus decisiones no se toman por mayoría de votos de los países sino por su importancia económica de modo que Estados Unidos ejerce la supremacía, seguido por los países europeos y Japón.
La colonización de los dos organismos por alumnos de la Escuela de Economía de Chicago, cuyo apóstol fue Milton Friedman, se tradujo finalmente en un documento llamado el Consenso de Washington, presentado por John Williamson en 1989, que debería recoger presuntamente las bases mínimas de la salud económica mundial. Estas bases, calificadas de puramente técnicas, no eran sino una vuelta al capitalismo más elemental y afirman que las empresas públicas deben ser privatizadas y abolidas las limitaciones a la libertad de movimientos internacionales del capital.
El resultado ha sido el aumento de la desigualdad. El informe del año 2005 del Population Reference Bureau documenta, entre otros datos sobre carencias comparadas, que la mitad de la población mundial vive con menos de dos euros al día y que la desigualdad básica sigue creciendo. La desigualdad no es solo Norte Sur. En Estados Unidos hay 48 millones de habitantes sin seguro de enfermedad. Pero es en el Sur donde la desigualdad y las carencias crecen El Sida africano crece tanto por la avaricia de las compañías farmaceúticas como la debilidad de los sistemas sanitarios. Persiste la terrible cifra de cinco millones de niños que mueren al año por carecer de acceso al agua potable, por la malaria.
Y en cuanto al deterioro del medio causados por las prepotencias multinacionales, los casos abundan. De unos años a esta parte se suceden los casos de catástrofes marítimas que prueban la ausencia de una inspección internacional sobre el tráfico de buques. La reciente película de Giorgio Di Caprio, Diamantes de sangre, pone de relieve como el contrabando de gemas, alentado por las firmas especializadas, sirve para fomentar la inestabilidad política de los países productores.
Mientras tanto las guerras, unas veces por motivos prácticos, como la protección de los intereses petrolíferos y otras, como la de Irak, con el resultado añadido de la creación de un enemigo internacional, el terrorismo, como en su día fue el comunismo, ocultan a la atención mundial esas carencias y desigualdades y siguen favoreciendo el mantenimiento de una industria militar, cuya versión americana permite considerar a los Estados Unidos como el apéndice militar del nuevo poder económico global.
Pero el neoliberalismo es dogmático y la sustancia de su dogma es la sabia e inexorable racionalidad del mercado. Ello no es sino un subterfugio para llamar al capitalismo de otra manera como si el mercado fuera libre y no estuviera dominado por los más poderosos, duchos en fraudes y chapuzas, especialmente financieros y fiscales. Thomas Frank, en su reciente libro: “One Market under God” (Doubleday, 2000) ha explicado con sagacidad las falacias de esa explicación que muchos economistas y no pocos sociólogos se tragan con cierta facilidad aunque sea básicamente pueril. El modelo se basa en el principio del “trickle down”, significando que los gobiernos deben dar dinero y libertades a los ricos que, de alguna manera “misteriosa”, Frank habla de la teología del mercado, terminarán llegando a los pobres.
Alberto Moncada, Comité de Apoyo de Attac