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17 mayo 2008

África, ¿pecado de Europa?

Es el título del último libro del profesor Luis de Sebastián, miembro del Comité de Apoyo de Attac. Imprescindible

"El descarrilamiento de África fue un pecado de Europa y ahora hay que promover entre los ciudadanos europeos un movimiento de reparación que lleve a una acción amplia y generosa para ayudar a África a salir del subdesarrollo, la enfermedad y las guerras."
El catedrático Luis de Sebastián, en su magnífico libro sobre las relaciones entre Europa y África (África, pecado de Europa,editorial Trotta, 2006), dice que se puso a escribirlo para dar a conocer este continente, tan cercano y tan ignorado, con el que ahora estamos viviendo un nuevo encuentro en nuestras playas, calles y plazas, a causa de la inmigración de africanos a España.

En una primera parte del libro presenta un análisis de la situación actual del continente africano y se pregunta qué grado de desesperación se ha apoderado de estas madres para lanzarse con sus bebés en brazos a la incierta aventura de cruzar los mares para llegar a las playas del mundo rico. Y unas páginas más adelante responde con un dato terriblemente ilustrativo: un niño recién nacido que pase de Sierra Leona a las islas Canarias aumentará su esperanza de vida - estadística- en cerca de cuarenta años. Según el Banco Mundial, el PIB de todos los países africanos juntos no supone más que el 2% del PIB mundial. Es decir, si toda África se hundiera en el mar (cosa que nadie desea), la economía mundial sufriría una pérdida similar a la ocasionada por unas extensas inundaciones en Estados Unidos o un terremoto fuerte en Japón. Las causas históricas que han llevado a que África sea el continente más pobre del mundo son diversas y en el libro se analizan, de una manera sencilla pero rigurosa a la vez, dos que tienen relación con Europa: el tráfico de esclavos y la explotación colonial.

La tesis central de Luis de Sebastián es que el descarrilamiento de África fue un pecado de Europa y que ahora hay que promover entre los ciudadanos europeos un movimiento de reparación que lleve a una acción amplia y generosa para ayudar a África a salir del subdesarrollo, la enfermedad y las guerras. Pero ya en la presentación del libro, el economista Xavier Sala i Martín, que ha puesto en marcha la Fundación Umbele en Camerún, le respondió que él no se sentía responsable de esta herencia, ni le movía el sentimiento del pecado sino el de la solidaridad. Además, si mi memoria no me traiciona, mostró cierta desconfianza hacia los proyectos liderados por organismos gubernamentales o por grandes organizaciones no lucrativas.

Mientras en esta esquina del sur de Europa estos dos economistas debatían civilizadamente (dos personas sinceramente comprometidas que coinciden en el diagnóstico y discrepan sobre el curso de las acciones que realizar), China se interesa cada vez más por África y está protagonizando un movimiento importante dentro del tablero geopolítico mundial. Hoy en día, China invierte más en África que todos los países de la UE juntos. China Exim Bank, la agencia oficial china de créditos a la exportación, ya destina el 10% de sus créditos para proyectos en África. Desde Occidente se critica que a la nueva China no le interesan mucho los derechos humanos, la corrupción o las dictaduras, y que el desembarco chino en África está motivado por la compra y explotación de materias primas, sobre todo minerales, petróleo y madera. Así como la colocación de sus manufacturas en los mercados africanos, hoy por hoy carentes de todo. Pero hay voces que responden diciendo que estas críticas a China son una muestra de hipocresía, pues las grandes potencias europeas y norteamericanas han tenido unas motivaciones y un comportamiento bastante similares. Desde mi punto de vista, tanto por motivos solidarios como geoestratégicos, la pregunta clave sigue siendo si la UE va a hacer una apuesta decidida por África, canalizando inversiones a través de proyectos que contribuyan a su desarrollo económico, político y social.

Quizás hoy el verdadero pecado de Europa sería no hacer nada por África.

Marcel Planellas, La Vanguardia

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