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4 febrero 2012

Apadrinamientos. ¿Es necesario? rostro que hay detrás de la ayuda

El apadrinamiento es una herramienta de marketing para captar fondos que, en muchas ocasiones, juega con los vínculos afectivos y emocionales (niños llorosos, desnutridos, sucios...) sin explicar las razones reales de la pobreza

En los últimos años se ha producido un notable incremento tanto en el número de Organizaciones No Gubernamentales en el Estado Español como en el auge e importancia de su papel y protagonismo en la sociedad. Desde los ya lejanos tiempos de las acampadas por el 0’7%, verdaderas artífices del llamado boom solidario, muchas y diversas organizaciones han ido surgiendo al amparo de una sociedad que según los estudiosos se definía como “solidaria”. Según el barómetro de mayo de 2001 del CIS, la sociedad española valoraba muy positivamente la labor de las ONG (30’7 % muy bien y 48% bien) y consideraban que esta tendencia seguiría al alza. Eso sí con una marcada tendencia hacia la solidaridad cómoda y sin grandes compromisos, una solidaridad de emergencia o, como Garcia Izquierdo la ha calificado, de “espasmos solidarios”.
Sin embargo, y a pesar de que nadie pone en duda el papel de estas organizaciones en la erradicación de la pobreza en el mundo y en la consecución de un mundo más justo para todos, como bien ha reflejado Carlos Gomez Gil en varios artículos, su evolución y complejidad lleva a demandar unas nuevas pautas éticas en sus actuaciones que les otorguen una mayor legitimidad moral frente a la sociedad y al estado. Para este profesor, “la supervivencia de económica de las ONG no puede ser un fin en si mismo” ni mucho menos su fin último, como en ocasiones podría pensarse”.
La creciente tendencia a la privatización de “lo social” a que nos tiene acostumbrados el modelo neoliberal que cada vez se está adueñando más de nuestro mundo no es ajena a la situación de las fuentes de recursos monetarios que obtienen las ONG y las entidades sin ánimo de lucro para la realización de sus proyectos. Efectivamente, en un entorno en el que los fondos oficiales destinados por los países del la OCDE a la ayuda disminuyeron en un 30% durante la década de los noventa, el porcentaje de fondos privados se acerca ya al 48%, provenientes tanto de empresas como de particulares. La mitad de ellos corresponden a fondos obtenidos por tan sólo cinco organizaciones. Si bien la consecución de una base social amplia y diversa es una de las mejores garantías de independencia, quizás estemos asistiendo actualmente a un traslado de dependencia desde los recursos públicos a los privados, empezando así una especie de carrera y competencia por la captación de fondos que, en ocasiones, puede ir en contra de los objetivos de transformación social y denuncia e incluso a veces de pérdida del respeto y consideración de las poblaciones beneficiarias, utilizadas como reclamos comerciales fáciles, lastimeros y que mueven a la sensiblería. En este sentido se han realizado a menudo denuncias por incumplimiento de los códigos éticos.
Pese a ello, algunos de los anuncios de estas organizaciones parecen tener un claro componente recaudatorio y de petición de ayuda caritativa que en ciertos casos pueden trabajar en sentido contrario del principal fin sensibilizador. La carga emocional de algunas imágenes y la utilización de determinados recursos publicitarios han supuesto la recaudación de grandes sumas de dinero que han permitido indudablemente salvar gran número de vidas. Sin embargo también han influido en la percepción y la imagen que los ciudadanos de los países del Norte tienen acerca de los problemas del Sur y de sus soluciones. Ciertos mensajes o imágenes difundidos publicitariamente pueden suponer un perjuicio a largo plazo para los trabajos de cooperación al desarrollo.
La razón de ser de las organizaciones altruistas se encuentra precisamente en la iniciativa privada de satisfacer las necesidades de otros, de cooperar gratuitamente a la consecución del bien común. Para algunos incluso son “uno de los últimos reductos para que la ciudadanía desarrolle y ponga en práctica de forma continuada sus sentimientos solidarios, a través del diálogo, las ideas y la acción positiva” (García Izquierdo, 2001). De hecho, mientras que las entidades mercantiles se dedican a la venta de unos productos determinados y el Estado emplea unos impuestos recaudados en procurar a los ciudadanos la provisión de bienes colectivos, las organizaciones no lucrativas proporcionan unos bienes que acrecientan la confianza y el bienestar del ciudadano. Por ello, sus cauces de financiación provienen de la misma sociedad quien, por medio de donaciones directas[1], permite la continuidad en la realización de estas tareas., permite la continuidad en la realización de estas tareas.
Sin embargo, y precisamente por esta oferta de confianza a la sociedad a cambio de su dinero parece ser cada vez más necesario demostrar que se es transparente, que se tiene un comportamiento ético y que se ofrece a la sociedad un modelo de gestión y comportamiento adecuado a los principios por los que se trabaja y se lucha. La cantidad de fondos canalizados a través del sector no lucrativo, ya sea mediante ayuda oficial al desarrollo, ya mediante programas de colaboración entre empresas aunque sigue siendo alta en valor absoluto, en los últimos tiempos parece decrecer. La sociedad da dinero a fondo perdido a cambio de que se le garantice que esa transferencia va a tener el fin a que se le quiere destinar y no va a servir para el lucro del precisamente llamado sector “sin ánimo de”. Ejemplos no faltan de entidades que, amparándose en ese carácter asistencial, se han enriquecido a costa de la buena voluntad de la sociedad.
En este sentido el apadrinamiento es un sistema que se ha puesto de moda en los últimos años. Se trata de un sencillo sistema de canalización de fondos desde un donante (persona, familia, clase de colegio, empresa…) a alguien que aparentemente tiene un nombre y unos apellidos y vive en situación de pobreza y exclusión. Mediante el apadrinamiento se garantiza una transferencia de fondos periódica y se acerca la realidad de Sur a los habitantes del Norte. Efectivamente, hace unos años, en las páginas de la revista Consumer, Vicente Ferrer, uno de los padres de la idea definió el apadrinamiento como “el sistema de solidaridad más perfecto para contribuir al desarrollo de los países pobres, puesto que garantiza una donación permanente durante un largo periodo de tiempo”. La clave de este sistema de recaudación de fondos es que se logra un compromiso personal durante años de una donación que ronda los 20 euros al mes. Se trata de un sencillo sistema que además se traduce en una eficaz herramienta de captación de fondos privados. La fórmula, inventada por Action Aid en el Reino Unido a principios de la década de los 70, desembarcó en España en 1981 de manos de Ayuda en Acción. "El apadrinamiento es pura magia. Se establece un canal de comunicación fluido entre dos personas que facilita el acercamiento al problema y la implicación en su solución"(Gonzalo Crespi, fundador y presidente de Ayuda en Acción hasta 2003)
Las cifras económicas son espectaculares en cuanto a número de beneficiarios. Las tres grandes del sector (Intervida, Fundación Vicente Ferrer y Ayuda en Acción) suman en total más de 500.000 niños apadrinados
Sin embargo no todo el mundo está de acuerdo con este punto de vista. Estas líneas pretenden aportar humildemente algunas pistas para la discusión y el debate y sobre todo ayudar a plantearse alguna cuestión acerca de cómo y hacia dónde se canaliza una positiva corriente solidaria que quizás podría emplearse en una mejor dirección. Recomiendo para ello la lectura del libro de Helena BejarEl mal samaritano”, ganador del Premio Nacional de Ensayo de 2000.
Una primera crítica podría sería que el apadrinamiento, tal y como lo conocemos, es en gran medida una medida caritativa, asistencial, de mera transferencia de fondos desde el Norte rico al Sur pobre, que trata de canalizar fondos para atacar las consecuencias (el hambre, la falta de saneamiento básico, etc.) más que las causas de la miseria y la exclusión. Sin embargo la gran mayoría de asociaciones que optan por este sistema dejan claro que, si bien el apadrinamiento es a un niño concreto, la aportación económica está destinada a toda la comunidad donde vive el ahijado.
Esto entonces nos lleva a un segundo punto. El apadrinamiento no es pues sino una herramienta de marketing para captar fondos que en muchas ocasiones juega con los vínculos afectivos y emocionales (niños llorosos y desnutridos, sucios…) sin explicar las razones reales de la pobreza. Es muy cierto que la sociedad en la que vivimos esta muy necesitada de emociones, de sentimientos, pero no es mas cierto que utilizado así no hace sino simplificar, a mi juicio, un problema mucho más complejo y grave, como es el de la pobreza en el mundo.
No obstante, la principal crítica que le encuentro al sistema es de índole cultural y formativo. El apadrinamiento no sensibiliza ni educa: puede llegar a acabar convertido en un apunte en la cuenta corriente del padrino, como el recibo de la luz o del agua. Puede convertirse (como de hecho está pasando) en una costumbre consumista. El “Te regalo un niño apadrinado por Navidad o por tu cumpleaños” es un fenómeno que empieza a darse en nuestra sociedad y que a mi juicio convierte la solidaridad en un bien de mercado. Los españoles somos muy susceptibles de participar en campañas mediante reacciones emotivas, impulsivas y superficiales, fenómeno al que el profesor Díaz-Salazar ha llamado Solidaridad de Demanda  y que yo mismo lo he llamado Solidaridad de Tamagotchi
El gran reto al que deberíamos enfrentarnos es precisamente el cómo conseguir el paso de padrino-donante a militante, a persona comprometida que no da el 0’7% de su dinero sino que se plantea qué pasa con el 99’3% restante de su dinero, de su tiempo, de sus hábitos de vida. Cambia de vida para cambiar el mundo es quizás uno de los slogans más y mejor conseguidos y que mejor comunica la filosofía que hay detrás de una verdadera educación para el desarrollo. Sólo mediante el cambio de mis hábitos de consumo, de ahorro, de estilo de vida en definitiva conseguiremos cambiar el sentido de giro del mundo. Y sólo cuando el mundo gire en otra dirección conseguiremos que no haya ya niños que apadrinar, porque no habrá pobreza en el mundo. Esa es la Utopia por la que merece la pena trabajar.
 
 


[1]              O indirectas mediante impuestos que se convierten en subvenciones de actividades de interés general. En este caso el Estado traslada su responsabilidad a otras entidades para que ellas hagan, en su nombre , lo que supuestamente le corresponde a él.

Carlos Ballesteros, Comité de Apoyo de Attac

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