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www.attacmadrid.org | 10 febrero 2012 |
El «no» francés en el referéndum del 29 de mayo del 2005 fue un voto significativamente bien informado. Todos los observadores resaltaron el número y la calidad de los debates sobre el Tratado Constitucional Europeo (TCE) y la avidez de una importante parte de la población por conocer su contenido. Nunca antes las cuestiones europeas habían apasionado hasta tal punto a los ciudadanos, y ello por una razón muy simple: al contrario de lo que ocurrió cuando el referéndum sobre el Tratado de Maastricht en 1992, esta vez los partidarios del «no» han conseguido transmitir el mensaje –desbordando su ámbito- de que los asuntos europeos no son asuntos extranjeros sino asuntos muy franceses (o alemanes, italianos, etc.). En otras palabras que no se puede hablar de «buenas» políticas europeas y de «malas» políticas francesas, pues son las mismas.
De pronto, gracias a ejemplos concretos –desmantelamiento de los servicios públicos, deslocalizaciones, directiva Bolkestein, etc.- muchos ciudadanos comprendieron las repercusiones que sus votos ocasionarían en la vida cotidiana. Por primera vez, Europa dejaba de ser un tema lejano, accesible solamente para los especialistas, y se convertía en la principal protagonista de la política nacional. El alto porcentaje de participación, así como el apabullante 56% del «no», cuya componente anti-liberal era mayoritaria, marcaron el final de una época: en adelante el secretismo ya no sería posible en la «construcción» de Europa - hasta entonces lo había sido-, ni siquiera en el seno de las propias instituciones de la Unión Europea como la Comisión, el Consejo, el Parlamento, o la Corte de Justicia de las Comunidades Europeas. El pueblo francés se auto-invitó a la mesa de las decisiones y en el futuro ya no aceptará que se vuelva a prescindir de él.
En este aspecto hay que señalar otra de las «peculiaridades francesas» en Europa. Salvo en Holanda y Luxemburgo, en los otros países de la Unión no ha habido un verdadero debate sobre el Tratado, ni siquiera en los que se ha llevado a cabo un referéndum. El referéndum español de febrero 2005 se desarrolló en un contexto en el que, según las encuestas de opinión, el 90% de los ciudadanos no tenían ninguna idea ni del contenido ni del alcance del TCE. En Alemania, por ejemplo, si se hubiese realizado una consulta popular hubiese conducido indudablemente al rechazo del texto.
Para los partidarios del Tratado, y sobre todo para los medios dominantes de la comunicación, que se volcaron en una frenética y unilateral campaña por el «sí», el resultado del 29 de mayo supuso un contundente mazazo del que tardarán tiempo en reponerse . Durante meses no han cesado de "repetir el partido" como si éste no se hubiera jugado ya , de criticar a Jacques Chirac, de imputarle al «no» todos los males de Europa, de llamar al pueblo al arrepentimiento, etc. Sin embargo, no pudieron evitar un nuevo revés con ocasión del primer aniversario del referéndum: los sondeos mostraron que la casi totalidad de los electores que habían votado «no» mantenían firme su postura y que incluso una fracción de los del «sí» se habían vuelto del «no»…
Pero, ¿qué iba a pasar en el campo victorioso del «no» anti-liberal? Existían grandes esperanzas de verlo transformado en una fuerza unitaria susceptible de influir en los debates franceses, de reforzar las movilizaciones sociales, de desplazar el cursor del centro de gravedad de la sociedad hacia un aumento del rechazo al neoliberalismo. Y aunque este «no» anti-liberal se redujese al «no de izquierda», podría constituirse como aglutinador de la «izquierda de la izquierda» con una significativa repercusión electoral en las futuras elecciones presidenciales y legislativas. Tal era la pretensión de centenares de colectivos llamados «unitarios» que habían sido creados en todo el país, y que esperaban que su acción desembocase en una candidatura igualmente «unitaria», lógicamente única, en la próxima elección presidencial.
Esto, sin contar con las lógicas de los aparatos de los partidos (PC, LCR) ni con las ambiciones individuales. Porque, tal como era previsible, e incluso fue previsto, a medida que la cita electoral se aproximaba, la órbita de los colectivos se iba modificando y reduciendo su configuración en torno a tres candidaturas ambas reclamándose herederas del «no»: la de Olivier Besancenot (LCR), la de José Bové, y la de Marie-George Buffet (PC). Si les añadimos las de Arlette Laguiller (LO, Lutte Ouvriere ) y Gérard Schivardi (Parti des Travailleurs), nos encontramos con cinco candidatos «noístas» (sobre 12) situados a la izquierda del PS, y con un muy probable «voto útil», entre los electores decepcionados, que en la primera vuelta será para Ségolène Royal e incluso para François Bayrou, ambos «síistas».
La víctima colateral de esta competición ha sido la anhelada «otra Europa», o, más escuetamente, la propia «cuestión europea». Durante toda la campaña del referéndum, todos, y ATTAC en primer lugar, proclamaron que dicha «cuestión europea», variante continental de la «cuestión neoliberal», predominaba sobre todas las demás, y que cualquier programa o pacto que se sometiese a los electores debería empezar por tratarla. Ya que ella podía (o no) permitir márgenes de maniobra para las políticas nacionales anti-liberales. Ya que sin márgenes de maniobra nacionales ¿para qué las elecciones?
Después del 29 mayo, al mes siguiente, ATTAC mantuvo firmemente dicha problemática en su plan ABC propuesto a los otros ATTAC de Europa, así como en sus seminarios de la Universidad de Verano, en sus decenas de reuniones, en su Manifiesto (en cuya versión libre una parte entera está consagrada a Europa), en el cual la primera de las 8 medidas de urgencia demandadas a todo nuevo gobierno, concierne precisamente a las políticas europeas de liberalización. Y lo que es aún más significativo, ATTAC Francia, con sus homólogos de los otros países europeos, contribuye a reintroducir la cuestión europea en el debate electoral francés mediante una Declaración Común de 10 principios, proclamada en Paris el 24 marzo 2007.
Pero ha sido solamente ATTAC la única organización que ha prevalecido en el campo del «no». Los demás colectivos «unitarios» con el afán de dedicarse por entero a las próximas elecciones, olvidaron rápidamente aquello que les había llevado a la unidad: el combate contra la Europa liberal. Los tres candidatos surgidos de esta galaxia (a la que no pertenece ni LO ni el PT) por supuesto que tratan en sus programas la política europea, pero como una política con el mismo rango que las otras, y no como una política que condiciona a las otras. Para los comités locales de ATTAC esto va a suponer sobre el terreno un incremento del trabajo explicativo…
En el momento de emprender oficialmente la campaña para la elección presidencial, tenemos la sensación de que, de pronto, los tres principales candidatos del «sí» en el referéndum europeo del 29 mayo 2005 –François Bayrou (UDF), Ségolène Royal (PS) y Nicolas Sarkozy (UMP)- han descubierto bastantes méritos, e incluso intuición, en ese 56% de electores que votaron «no». Para François Bayrou «el «no» merece una estrategia de refundación y no debe ser eludido». En cuanto a Ségolène Royal, ella debe haber «comprendido el sentido del «no», en particular el «no» de los jóvenes: la respuesta a sus problemas podría no estar representada por lo que se les está proponiendo». Nicolas Sarkozy va aún más lejos: «El responsable de la crisis de Europa no es el «no» francés y holandés, sino que es la crisis de Europa la que es responsable del rechazo a la Constitución».
De forma diversa, los candidatos del «sí», a los que hay que añadir Dominique Voynet (Los Verdes), han asumido por su cuenta una buena parte de las críticas que los partidarios del «no» hicieron a la construcción europea (referentes al Banco Central Europeo, a la armonización social, fiscal y medioambiental, a la crítica del libre-cambio, a las deslocalizaciones, etc.), y que encontramos, naturalmente, en los programas de los «noístas» de izquierda, así como, por otra parte, en Philippe de Villiers y Jean-Marie Le Pen que también llamaron a rechazar el Tratado.
El moverse entre el rechazo categórico a una integración europea –porque «se convertiría en el caballo de Troya de la mundialización `liberal´» y la expresión tardía de reticencias hacia ella, coloca, lógicamente, a los candidatos de los partidos gubernamentales en una delicada situación con respecto a sus socios de la Unión. Sobre todo con los 18 que ya se han pronunciado a favor del TCE. La pretensión de Angela Merkel , de relanzar la ratificación del Tratado antes de que termine su presidencia de la Unión europea el próximo 30 de junio, parece estar abocada al fracaso.
Sin Francia, ningún relanzamiento es creíble, y con Francia (sin hablar de Polonia y del Reino Unido) se anuncia un previsible futuro de dificultades, a primera vista, insuperables, y simultáneamente tanto en la forma como en el fondo. Existe un acuerdo general entre los gobiernos del continente para mantener a los ciudadanos al margen de los procesos de decisión europeos, y en consecuencia utilizar la vía parlamentaria y no el referéndum. Sin embargo, en Francia Nicolas Sarkozy es el único candidato en esta línea, y ello sería, según dice él, únicamente para conseguir aprobar, antes incluso de que acabe el 2007, un «mini-tratado» estrictamente limitado a las cuestiones institucionales: duración de la presidencia de la Unión, cálculo de la mayoría cualificada, creación del cargo de ministro de asuntos extranjeros, etc. Pero, de momento, ninguno de los otros países que ya han ratificado el TCE acepta esta fórmula, sino que, como es de rigor, desean una «Constitución-plus», con añadidos como un «protocolo social» que no comprometa a nada , pero no desean ciertamente, una «Constitución-menos».
Los demás candidatos tienen visiones más o menos ambiciosas del contenido de un nuevo Tratado, puesto que en su estado actual no puede ser presentado a los electores franceses. Lo cual constituye un enorme desafío porque, para ello, sería necesario conseguir la unanimidad de los 27. Los pretendientes al Elíseo, al pronunciarse a favor del procedimiento de ratificación mediante referéndum, añaden más dificultades: «El riesgo de una nueva consulta estriba en que la posibilidad de un nuevo «no» significaría la muerte de la Unión», afirma el eurodiputado polaco Bronislaw Geremek. Esta postura es significativa de la evolución de este ex-dirigente de Solidarnosc que pretende con la mayor frialdad construir una Europa sin sus pueblos, incluso contra ellos.
Paradójicamente, se podría decir que la victoria del «no» apenas si ha tenido algún impacto positivo en el porvenir de las fuerzas políticas que lo defendían. Más bien al contrario , habría obligado –prudencia electoral obliga- a los ex-« síistas» a modificar sensiblemente su actitud hacia la construcción europea. Ninguno de ellos apostaría hoy por un europeismo complaciente. No sólo Europa ya no es la solución para todos, sino que es el problema. Europa debe «probar su valor», exige Ségolène Royal. Desde este punto de vista, todo el abanico político francés se situaría completamente fuera del «consenso europeo» de la mayoría de las «élites» políticas, mediáticas, administrativas, patronales, sindicales de los otros países del continente.
Traducción de Pepe Arrastia
Bernard Cassen