Me parece, Fernando, que la comparación que haces no es sólo incorrecta e inoportuna, sino sobre todo injusta y poco generosa
Fernando, agradezco tu escrito porque me ha servido para reflexionar nuevamente sobre este asunto y porque me ha hecho pensar en que es la diversidad de opiniones el mejor tesoro con el cuenta la especie humana. Gracias a cosas como estas, se evidencia que todos somos muy distintos, y que la esquiva verdad no es otra cosa que el interminable debate desde la diferencia, sin necesidad de conclusión y a veces ni de acuerdo.
Porque creo esto, Fernando, déjame que discrepe –desde el cariño y la amistad- con algunas cosas que afirmas. Que lamentablemente la UE se encuentre paralizada, porque en algunos países se rechazó la propuesta del tratado constitucional, no puede motejarse, creo yo, como un tozudo atrincheramiento en cierta ceguera ideológica, no. Mas bien al contrario, y sobre todo desde un talante democrático, preferiría calificar la opción del No como una opción tan legítima y respetable como lo fue el Sí. Yo creo que precisamente la democracia se asienta en un inestimable valor, cual es la tolerancia, sin el cual este régimen político no podría existir o no tendría sentido; y esa tolerancia se asienta, a su vez, en dos valores cívicos de primer orden, la libertad y la igualdad. Valores ambos que, desde el punto de vista moral y del derecho, otorgan al ciudadano no sólo la facultad de decidir libremente en igualdad de condiciones en un debate público, sino que, además, protegen moralmente a cualquier ciudadano, decida lo que decida, hasta el punto de que sigue siendo ante los demás objeto de respeto y consideración.
Tanto en la opción del Sí, como en la del No, creo que existen poderosas razones que no se deben soslayar; y quien desoye unas u otras no es sólo que se pierda una parte de la verdad que él mismo ignora, sino que, además, insisto, no actúa democráticamente, o con la razón dialógica en mano. Yo, Fernando, porque he escuchado tus razones con suma atención, comprendo tu posición y la de muchos como tú, y por eso las comparto en gran medida; pero si muchos otros, quizás equivocadamente, optamos por el No, fue por razones que conoces sobradamente, pese a que a algunos les pareciera, un tanto torticeramente, que nos encontrábamos en la misma trinchera que la derecha francesa. Y tampoco sería plausible que se dijera que lo hicimos por mantener vivo nuestro pedigrí izquierdoso, como más de uno, cabreado, dijo por ahí.
Pero me parece, Fernando, que esta comparación que haces no es sólo incorrecta e inoportuna, sino sobre todo injusta y poco generosa. Porque cuando uno opta racionalmente por una alternativa, no está obligado a mirar a los lados para ver quién hace qué. Ya explicó sobradamente Weber que si existe una ética de la responsabilidad –esa que nos obliga ha hacer lo que hemos de hacer, no por gusto propio, sino por el bien común, que es de lo que debemos responder-, también existe una ética de la convicción a la que hay que obedecer. Y es en esa antinomia en la que muchos nos debatimos día tras día.
Yo estoy en total acuerdo contigo y con muchos en que Europa no puede permitirse el lujo de ir como va, que necesitamos un sujeto político global; pero cuando se habla abstractamente de Europa, ¿de qué o de quiénes hablamos?. Yo conozco muchas europas: la de los mileuristas, las de los acomodados, como yo, y la de los neocom; y, Fernando, ¿con cuál de esas europas nos quedamos, de qué ciudadanos hablamos, a qué lado nos ponemos?. Mas, paralelamente a ese debate de tinte clasista, hay permanentemente otro a cerca del sentido de la democracia que se pretende construir. De un lado, existe un enfoque llamado liberal; de otro existe un enfoque social; y si hemos de optar por uno de los dos, no nos puede ser indiferente escorar nuestra simpatía por una u otra forma de democracia. La primera se asienta en el valor de la libertad individual y vagamente en una tímida forma de igualdad; y la segunda, a mi juicio, en un sentido pleno de la libertad, la igualdad y en la solidaridad. Y así las cosas, ¿nos puede dar lo mismo una cosa que otra con tal de tener un casi Estado Europeo? Yo de juro que, pese a que ardo en deseos de contar con una Europa constituida, no puedo, pese al esfuerzo que hago, olvidarme de todo lo demás; y créeme que lo intento.
Dices que el texto que se propondrá en la primavera del 2009 no será muy diferente al anterior; y deduzco que no esperas que la postura encabezada por España se haga sentir hondamente, porque esa propuesta es la expresión de la actual relación de fuerzas: yo tampoco lo espero, pero entonces el dilema de mañana nos situará a algunos frente a las siguientes interrogantes: ¿Ante una cosa que no nos gusta, y no la compartimos porque pensamos sinceramente que no es buena, debemos aceptar lo que se nos da porque es todo lo que hay, o, por el contrario, debemos rechazar eso que se nos da incluso a sabiendas que las consecuencias de ese rechazo tampoco son buenas para nadie? ¿Qué es lo peor, lo malo que conocemos o lo malo por venir?
Yo, desde hace algún tiempo, me aplico la siguiente máxima: para hacer una cosa mal, es mejor no hacerla; o para hacer una cosa a disgusto, es mejor marcharse a casa a gusto. Así que me parece, compañero Fernando, que la próxima vez me saldrá –lo siento de verdad- otro horrendo NO o tal vez un voto blanco, salvo que me proporciones mejores razones que me saquen de este aturdimiento en el que me veo sumido.
Mientras espero ver las cosas de otro modo con tu ayuda, recibe un sincero saludo.
Fernando H. Corbacho