Un repaso a una década de altermundismo (II)2. El altermundismo: la respuesta desde abajo
Lo que hoy llamamos altermundismo se corresponde realmente con lo que en principio fue el movimiento antiglobalización, pero hoy en día este término es rechazado por sus integrantes. Primero porque el prefixo alter- parece más oportuno por hacer referencia a la búsqueda de un mundo alternativo al del ultracapitalismo; y después porque nadie en el movimiento se considera anti- nada, a pesar de que los grandes medios del poder insistan en llamarlos así, probablemente por la negatividad que emana el prefijo. En realidad los altermundistas son más globalizadores que sus adversarios, pero su globalización hace referencia a la educación para todos, al respeto a las culturas del mundo, a la sanidad universal, a la sostenibilidad del medio ambiente… En definitiva, a la justicia social.
2.1. Globalizar la resistencia: la gestación del movimiento
El movimiento de movimientos tiene probablemente sus raíces en las reivindicaciones sociales de la década de 1960, que se centraban en cuestiones concretas como el ecologismo, el feminismo o el pacifismo y que ya tenían de alguna manera carácter anticapitalista. Pero, como se demostró años después de las revueltas de mayo del 68, estas protestas acabaron siempre integradas en el sistema, fundamentalmente en “partidos de izquierda”.
Con la explosión del neoliberalismo comienzan a surgir movimientos más globales, cuyos objetivos atacan directamente a la base del sistema, al concepto economicista de todo lo humano. Algunas de estas luchas se articulan en ONG, pero en este caso no se trata de un movimiento en si, principalmente debido a la heterogeneidad de sus objetivos, a menudo aislados unos de los otros, y por su dependencia de los gobiernos y empresas que muchas veces las financian, con excepciones del tipo Greenpeace o Anmistía Internacional.
Aunque no hay coincidencia plena, la gestación del movimiento tiene mucho que ver con el levantamiento zapatista de Chiapas en 1994, que se produce a causa de la entrada en vigor del NAFTA (Tratado de Libre Comercio de América del Norte). Significó un cambio enorme en la manera de concebir la política y despertó la solidaridad de todo el planeta. Sin embargo, la fecha clave fue el llamamiento desde las montañas del sureste mexicano en 1996, cuándo se organiza el Primer Encuentro Intercontinental por la Humanidad contra el Neoliberalismo. Más de 3.000 activistas de cuarenta países de los cinco continentes acudieron a la llamada de: “No es necesario conquistar el mundo. Llega con que creemos uno nuevo”. De alguna manera, y tomando las palabras del subcomandante Marcos en la Segunda Declaración de La Realidad, “un mundo hecho de muchos mundos se fundó en aquellos días en las montañas mexicanas”. Nacía una red intercontinental de resistencia para la humanidad que empleaba un discurso nunca antes escuchado, con visión global de los problemas, que valoraba la diversidad y la multiculturalidad y que, curiosamente, no pretendía tomar el poder, no tenía cúpula, ni dirigentes, ni jerarquías. Pretendía resistir, buscar otro mundo bajo dos preceptos básicos: 1) Piensa globalmente, actúa localmente y 2) Globalicemos la resistencia.
Después del éxito de la iniciativa zapatista se articula una propuesta para organizar una Acción Global de los Pueblos –o Movimiento de Resistencia Global (MRG)– basada en valores como la solidaridad, la paz, la igualdad, la defensa del medio ambiente, la participación democrática, el internacionalismo. Las primeras consecuencias de este nuevo pensamiento son las grandes movilizaciones-protesta contra de las políticas desarrolladas por las instituciones económicas y monetarias, como las francesas contra el Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), discutido en secreto por la OCDE para instaurar una especie de Constitución Mundial del capital, que les daría a las transnacionales los mismos derechos que a las empresas locales. Francia descartaba el AMI en 1998 a causa de la presión popular.
Pero el gran despegue se produce en noviembre de 1999 en Seattle, dónde 50.000 manifestantes llegados de todos los rincones del planeta consiguen hacer fracasar la Ronda del Milenio de la OMC con una movilización sin precedentes organizada fundamentalmente desde Internet. A partir de aquí un gigantesco grupo de personas, desde sindicalistas a intelectuales, desde labradores a camioneros, hacen converger sus protestas presionando en todas y cada una de las reuniones de los poderosos: asambleas de la ONU, ministeriales de la OMC, o citas del FMI, G-8 y Comisión Europea. Se suceden grandes movilizaciones (Bangkok, Washington, Praga, Florencia…) y el movimiento se torna en un obstáculo real para los autoproclamados amos del orden mundial, que tienden a protegerse con ejércitos de policías, estableciendo las ya famosas “zonas rojas” en medio de las ciudades, poniendo inconvenientes en las fronteras o buscando lugares de reunión inaccesibles a los rebeldes.
A pesar de todo el movimiento avanza, y en enero de 2001 se produce uno de los hechos fundamentales de esta década de altermundismo: nace el Foro Social Mundial (FSM). Mientras los poderosos se reunían en el Foro Económico de Davos, en el lado pobre del planeta, en una ciudad simbólica por sus experiencias en democracia participativa, un millar de organizaciones de todo el mundo decidían dar un paso más, encaminándose a la presentación de propuestas alternativas a la globalización neoliberal.
El movimiento adquiría entonces sus dos primeros mecanismos de resistencia, la protesta masiva y el estudio de una alternativa. Y comenzaba a molestar de más. De hecho, ese 2001 se recordará no tanto por la energía de las protestas de los “antiglobalizadores”, sino por la contundencia de la respuesta de los que mandan. En junio, la policía de Goteborg abre fuego real contra los que se manifestaban frente a los líderes europeos hiriendo a varios activistas. En julio el BM tiene que suspender su conferencia anual en Barcelona, dónde la respuesta policial fue más que abusiva, y unos días después Austria suspende el Tratado de Schengen –de libre circulación de ciudadanos por la UE– para salvar el Foro Económico Mundial en Salzburgo.
También llegaban las primeras víctimas, como Carlo Giuliani, asesinado por la policía en el transcurso de las protestas contra lo G-8 en Génova (julio de 2001) o Lee Kyung Hae, campesino coreano que se suicidó clavándose una navaja en el pecho durante la V ministerial de la OMC en Cancún (septiembre de 2003).
Entre medias, los atentados del 11 de septiembre de 2001 frenan al movimiento de movimientos de golpe, fundamentalmente por el control de las fronteras y la psicosis del terrorismo generada por el gobierno Bush. Pero el MRG lejos de morir sigue trabajando en la elaboración de propuestas alternativas en los Foros Sociales y se rearma organizando el 15 de febrero de 2003 la mayor manifestación mundial de la historia. Unos 60 millones de personas salen a las calles ese día contra la invasión de Irak. En pocos años el movimiento de movimientos adquiere una impresionante dimensión.
2.2. La horizontalidad del movimiento: una red de redes
Quien piense que el movimiento altermundista es un producto espontáneo se confunde de todas todas. Es un universo de asociaciones, de clases sociales, de movimientos teóricos, de mesas de debate, de campos de acción e incluso de personas a título individual con una estructura articulada pero descentrada, pues sucede que esa articulación poco tiene que ver con lo conocido hasta ahora. No está edificado en vertical, de arriba abajo, sino que es un tejido asociativo horizontal vertebrado a partir de la diversidad. Carece de sede, de jeraquías y de líderes con capacidad de decisión, y no existen ni declaraciones globales ni un comité central que concentre las estrategias, pero son capaces de coordinarse desde diferentes puntos del planeta y converger en impresionantes acciones simultáneas. Estas surgen de una gigantesca tela de araña que en gran medida emplea la tecnología –internet– para comunicarse, que actúa localmente en todos los campos, pero que también es capaz de sintonizar objetivos comunes y principios a nivel global.
El principal concepto que define al movimiento es el de Red de Redes. En este campo Internet se erigió como un nuevo espacio en el que existe una participación social insólita y que permite movilizar millares de personas en tiempos mínimos. El hecho de que la brecha digital entre Norte y Sur sea aún evidente es un problema en muchos aspectos, pero también generó una conciencia colectiva desde el Norte hacia el Sur, de manera que muchas organizaciones trabajan desde arriba mirando hacia abajo por primera vez.
Ahí confluyen desde asociaciones campesinas a colectivos indígenas, desde medios de comunicación e información alternativos a foros e institutos de economistas, sociólogos, politólogos y filósofos que dan vida y argumentos al movimiento y que son capaces de pasar por encima de los inconvenientes generados por los medios de comunicación alineados con el poder. Ejemplos de esta variedad son el Independent Media Center (www.indymedia.org), red internacional que cuenta con portales en muchas lenguas que abarcan informaciones cercanas a raudales de activistas; Znet (www.zmag.org), revista electrónica orientada al cambio social con más de 250.000 visitantes semanales y reputados colaboradores en todas las disciplinas, que además de denunciar presenta propuestas de cambio, informa sobre los movimientos sociales y tiene actividades de formación; Nodo50 (www.nodo50.org), que se autodefine como un territorio virtual para los movimientos sociales y la acción política; multitud de medios y agencias alternativas, desde generales a temáticos, que informan sobre lo que no suele tener espacio, o que se oculta, en los medios tradicionales: Rebelión (www.rebelion.org), Argenpress (www.argenpres.info), ALAI (América Latina en Movimiento, alainet.org), Adital (www.adital.org.br), Púlsar (www.agenciapulsar.org), Red Voltaire (www.voltairenet.org); y otras agencias y medios tradicionales –en el mercado– pero con líneas editoriales afines y comprometidas, como el periódico mexicano La Jornada (www.jornada.unam.mx), el francés Le Monde Diplomatique o Inter Press Service (www.ipsnoticias.net).
Al lado de estas fuentes de información y comunicación se articulan las organizaciones de activistas, que van desde los colectivos juveniles, con gran peso en las movilizaciones, a organizaciones políticas como el PT brasileño y asociaciones que abarcan terrenos de actuación y estudio específicos. La diversidad es impresionante, pero destacan por su actividad e influencia ATTAC, Vía Campesina, el CADTM (Comité para la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo), el Foro Mundial de las Alternativas, el Foro Internacional sobre la Globalización, Focus on the Global South, Social Watch y el Instituto Transnacional de Ámsterdam.
Todas estas organizaciones cuentan con presencia estable en Internet y están dirigidas por una amalgama importante de personajes –conocidos como los intelectuales del movimiento y autodefinidos como militantes– que, si bien no se pueden definir como líderes, pues no representan al altermundismo, sí influyen con sus declaraciones y publicaciones enormemente, y sientan las bases teóricas del movimiento y de los caminos que este puede seguir. Ellos reflejan también la heterogeneidad del altermundo. En el mismo plano encontramos todo el espectro de clases que va desde los campesinos a los catedráticos de Universidad, desde activistas anónimos a Premios Nobel: Ignacio Ramonet, Bernard Cassen, Noam Chomsky, Michael Albert, Eduardo Galeano, Adolfo Pérez Esquivel, Susan George, Boaventura de Sousa Santos, Naomi Klein, James Petras, Carlos Taibo, Hazel Henderson, Rafael Alegría, José Bové, Vandana Shiva, Walden Bello, Samir Amin, François Houtart, Pascual Serrano, Éric Toussaint, etc.
2.3. Alrededor del Foro Social Mundial
Según Chico Whitaker, recientemente galardonado con el Right Livelihood Award (Nobel Alternativo), la idea de organizar el FSM la tuvo Oded Grajew, brasileño vinculado a la promoción de la responsabilidad social empresarial, que vio la necesidad de complementar las grandes manifestaciones contra la globalización neoliberal con una nueva etapa propositiva en la que se debían buscar respuestas a los desafíos de construcción del “otro mundo”. La idea fue presentada a Bernard Cassen, director de Le Monde Diplomatique, y enseguida una serie de entidades, siete brasileñas –incluido el MST (Movimiento de los Trabajadores sin Tierra)– y ATTAC le dieron forma. Escogieron Porto Alegre como lugar de celebración y también las mismas fechas (enero de 2001) en las que se celebraba el Foro Económico de Davos, con lo que consiguieron una importante repercusión mediática.
El éxito del primer FSM sorprendió incluso a sus organizadores. Se esperaban 3.000 personas y reunió a más de 20.000 –4.700 delegadas de diversas entidades– de 117 países diferentes y 1.900 periodistas acreditados. Unos meses después nacía la Carta de Principios del FSM, que serviría de base para la organización de los foros que vendrían. Dicha carta define el Foro como un espacio abierto –no es pues un movimiento, sino un lugar de encuentro– para intensificar la reflexión, realizar un debate democrático de ideas, establecer el libre intercambio de experiencias y articular acciones eficaces por parte de los movimientos sociales opuestos al neoliberalismo.
La gran novedad es su carácter global como proceso permanente de búsqueda y construcción de alternativas; su horizontalidad, con actividades autogestionadas y autoorganizadas; y sobre todo que no pretende ser una instancia de representación de la sociedad civil mundial, de manera que rompe con las jerarquías. Nadie está autorizado a manifestar en nombre del FSM posiciones que hayan sido atribuidas la todos sus participantes, pues sería imposible representarlos la todos. Al igual que no tiene dirigentes tampoco tiene un documento final, aunque muchas de las organizaciones que en él participan sí emiten comunicados y conclusiones de las reuniones. Esto despista mucho a los poderosos, que no están acostumbrados a enfrentarse a un enemigo sin representación formal.
Desde esa primera experiencia el FSM no hizo más que crecer. En 2002 acuden 12.000 delegados y 50.000 personas, en 2003 unos 20.000 delegados y 100.000 personas. Por todo el mundo se organizan multitud de foros regionales y sectoriales: europeo, asiático, mediterráneo, pan-amazónico, de las migraciones, de los pueblos, etc. y el FSM anual. Este es siempre en enero. En 2004 salía por primera vez de Porto Alegre, a Mumbai (India), y en 2006 sería policéntrico, celebrándose en Caracas (Venezuela), Bamako (Malí) y Karachi (Pakistán). El próximo será en Nairobi (Kenia) entre el 20 y 25 de enero de 2007, apostándose claramente por darle un empujón a los movimientos sociales en el continente más desgarrado por la globalización neoliberal. En estos años el propio foro fue evolucionando desde la denuncia del lo que acontecía en el mundo al estudio de los mecanismos por los que el neoliberalismo es una amenaza real y desde el planteamiento de propuestas alternativas a las estrategias necesarias para llevarlas adelante.
El FSM está organizado por un Consejo Internacional que no dirige, sino que cataliza millares de actividades en forma de seminarios, talleres y conferencias autoorganizadas y autogestionadas por las agrupaciones participantes –entre las que impera el principio de la corresponsabilidad– mediante consultas previas y alrededor de una serie de ejes temáticos que las agrupan (sostenibilidad medioambiental, papel de las transnacionales y organizaciones internacionales, desigualdad social, deuda externa, acceso a las riquezas, control de los capitales financieros, división y precariedad del trabajo, problema de los refugiados, derechos de los pueblos indígenas, democratización de los medios de comunicación, soberanía alimentaria, migraciones, problemas urbanísticos, etc). Ninguna actividad tiene más importancia que otras y las únicas exigencias que se autoimponen son la no violencia, el respeto al medio ambiente y a la pluralidad y claro, la lucha contra lo neoliberalismo como objetivo.
A pesar de que el altermundismo es mucho más que el FSM, pues hay organizaciones que desconfían ora de su orientación ora de los miembros del Comité Internacional, este sirve de alguna manera como centro catalizador, como aglutinador de las experiencias alternativas que van surgiendo en el seno de los militantes y, por tanto, es un fabuloso termómetro del estado del movimiento y también de su antítesis, el ultracapitalismo. El FSM no es simplemente un evento, ni una conferencia académica, ni una internacional de partidos –los partidos políticos y organizaciones militares no pueden participar–, ni un movimiento social. Ni siquiera tiene una ideología definida. Es, simplemente, una lucha contra la globalización neoliberal que da voz a los de abajo, una asamblea de las gentes del planeta, o, como lo definió Ramonet, a lo mejor es, o puede llegar a ser, el parlamento de los ciudadanos de la Tierra.
2.4. Caminos hacia el otro mundo posible
¿Qué otro mundo queremos? ¿Cómo llegamos a ese otro mundo? Los grandes interrogantes del altermundismo, y también del FSM, no son fáciles de responder. Dentro del movimiento hay posicionamientos reformistas, que ven en la reorientación del sistema actual la solución, y otros más radicales que buscan derrocarlo, construir otro mundo comenzando casi de cero. El movimiento, ya lo dijimos, es sobre todo heterogéneo y nuevo, por lo que nadie sabe hacia dónde irá, o acabará diluido o disgregado en corrientes irreconciliables. Este es uno de sus grandes peligros.
No existe pues una especie de programa altermundista y hay quien piensa que no lo debe haber nunca, pero lo que parece claro es que existen una serie de objetivos compartidos por casi que todos sus componentes, unos puntos en común en los que hay casi un acuerdo global.
Existe una conciencia pacifista que exige la reducción de los gastos militares, la prohibición de las armas de destrucción masiva, un verdadero Tribunal Penal Internacional o la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU. En el campo económico hay coincidencia en la prioridad de lo social sobre el capital. Es necesario un control del poder ilimitado de las transnacionales, la vuelta a manos públicas de muchos servicios privatizados, la condonación –o anulación– de la deuda externa de los PED, la reforma radical –o supresión– de las grandes organizaciones políticas y económicas internacionales (FMI, OMC, BM…), el establecimiento de la Tasa Tobin –impuesto sobre las transacciones financieras para emplear el dinero recaudado en la supresión de las desigualdades–, la instauración de una Renta Básica que cobrarían todos los habitantes del planeta por el simple hecho de existir, la eliminación de los paraísos fiscales y el control de los movimientos de capitales, el rechazo a muchos Tratados de Libre Comercio como el ALCA, etc. En el campo ambiental y de la ecología social hay un grito general por respetar el Tratado de Quioto, por limitar la expansión de los OMG, por evitar las patentes sobre los seres vivos y las medicinas básicas, por asegurar la soberanía alimentaria de los pueblos (los alimentos no son mercancía), por el acceso a la tierra para quien la trabaja y al agua potable o por el respeto a la integridad de los ecosistemas y la biodiversidad, por la sostenibilidad al fin y al cabo. En el campo cultural hay demandas para asegurar a los habitantes de la Tierra el derecho a la información –con la creación de un Observatorio Internacional de la Comunicación– o para resguardar las culturas de los pueblos y naciones agobiadas por la llamada industria cultural. Y existen otros campos y actuaciones casi consensuados entre el altermundismo que caminan hacia búsqueda de una democracia más participativa, en vez de la representativa, o incluso hacia el establecimiento de una ciudadanía global.
3. Inconvenientes y futuro del movimiento de movimientos
La sucesión lógica del altermundismo tiene cuatro etapas bien diferenciadas que se deben desarrollar simultáneamente para responder a los desafíos de la resistencia global. La primera fue y sigue siendo la protesta como mecanismo de presión; la segunda el análisis, el estudio de lo que está pasando en el mundo, de lo que nos están haciendo y cómo; la tercera tiene que ver con el planteamiento de propuestas, con la definición de una alternativa para crear el otro mundo posible; y la cuarta sería la etapa de la acción, la búsqueda de fórmulas y mecanismos para alcanzar los objetivos. Mientras las dos primeras están superadas y en marcha, en la tercera aparecen los primeros inconvenientes. La pretensión es, no cabe duda, la de derrotar al neoliberalismo, pero para esto deben converger multitud de objetivos concretos que el altermundismo, como movimiento global, aun no fue capaz de definir a causa de su gigantesca heterogeneidad. No es cierto que no existan alternativas, las hay y a centenares, la cuestión radica más en cuáles de estas son comunes al conjunto del altermundismo. Si hablamos de la cuarta etapa las cosas están aún más verdes, pues la definición previa de la tercera es fundamental. Aún así el futuro de iniciativas como el FSM pueden llegar a dar la respuesta.
El gran inconveniente del movimiento de movimientos no es pues el de definir los objetivos, a pesar de que hasta en esto existan divergencias. La expresión “justicia global” los define a todos a la vez. El problema estriba en los mecanismos de acción para llevarlos adelante y en la estructura ideal de ese otro mundo posible, en como puede ser la sociedad después del capitalismo. Ahí es donde el altermundismo muestra sus debilidades, si es que las tiene, pero también sus virtudes, pues son temas que se debaten abiertamente y que por el momento no provocaron la ruptura, a pesar de que a primera vista existan posiciones más que irreconciliables.
Hay que tener en cuenta que se trata de un movimiento muy nuevo, que apenas acaba de superar una década de vida. Vaya, que la acusación de los globalófilos de que no existe una alternativa real y de que el altermundismo no la tiene, a lo mejor es cierta. Sin embargo, aún no estamos en la etapa en la que se le pueda exigir a la galaxia altermundista una solución, un ideal, pues se está luchando contra un sistema, el neoliberal, cimentado en más de 60 años de historia.
De todas formas, es indudable que se trata de un movimiento de ideales muy poderoso, probablemente histórico, que busca de verdad acercarse a la utopía, lo que se demuestra simplemente por la reacción de los poderosos, que están desplegando toda su maquinaria de propaganda para destruirlo antes de que crezca de más. Echemos la mirada atrás y veamos aquellas primeras estigmatizaciones de los “antiglobalización” relacionadas con la supuesta violencia de sus acciones, que afortunadamente ya son pasado y que demostraron la capacidad de reacción del movimiento para desprenderse de un análisis tan cínico e interesado de sus intenciones. La idea de vender el altermundismo como una manada de violentos antisistema sin ideas y sin futuro resultó vacía, pues nadie puede negar hoy su eficacia en muchos aspectos, materializada por ejemplo en los fracasos de la Ronda de Doha de la OMC, en el desprendimiento, con o sin acierto, por parte de algunos países de su dependencia del FMI (Argentina, Rusia, Brasil), en las manifestaciones mundiales contra la invasión de Irak, en el casi seguro fracaso del ALCA o en la llegada al poder en Latinoamérica de gobiernos claramente antiimperialistas. Hoy el mundo sabe que el principal problema planetario no es el terrorismo, sino la pobreza y la desigualdad, y esto tiene mucho que ver con la fuerza del altermundismo.
Pero las grandes dudas sobre el movimiento siguen ahí. ¿Se busca un modelo de sociedad alternativo, bien difícil de definir, o una nueva organización política de la sociedad? ¿Hay que reformar lo que ya existe o construir de nuevo? ¿Cuál es la relación, si es que debe existir, que hay que tener con los partidos políticos? En el entorno de las aspiraciones del altermundo existen metas que parecen bien claras e incluso alternativas concretas como la Tasa Tobin, la condonación de la deuda o la Renta Básica, en las que parece haber consenso, y muchos piensan que habría que comenzar por ahí, evitando las luchas internas y organizándose más eficazmente para llegar a obtener resultados palpables.
El debate sobre el futuro del FSM como referente global de los movimientos sociales es un buen ejemplo de las inquietudes de los estudiosos del altermundismo. A pesar de que tiene otros problemas, como su financiación o su limitada expansión mundial, que claramente lleva mucha ventaja en Latinoamérica, la forma que debe tomar en el futuro está sobre la mesa. Hay corrientes que desean que todo siga como está, que el Foro permanezca como un espacio de debate, reflexión y planteamiento de propuestas y que no evolucione hacia un órgano de decisión. De alguna manera jerarquizar el Foro sería construir un sistema que ya existe, otorgarle una gobernabilidad contra la que teóricamente se está luchando, y romper con el horizontalismo y la participación. Otros, por el contrario, opinan que este debe evolucionar desde uno foro evento a uno foro proceso, porque corre el peligro de acabar siendo una especie de feria del altermundismo que no produzca efectos visibles.
A este respeto los primeros suelen acusar a los segundos de querer monopolizar el FSM. También en el altermundismo hay recelos, desconfianzas e incluso envidias. Desde hace un par de años un grupo de movimientos muy importantes emitieron una serie de comunicados que, con la premisa de que no representan a nadie, sino sólo a sus firmantes, no sentaron bien en una parte importante de los, digamos, puristas del Foro. Los más importantes son el “Consenso de Puerto Alegre”, firmado en 2005 por 18 personas y que contiene 12 propuestas básicas para empezar, desde la anulación de la deuda, a la Tasa Tobin, la promoción del comercio justo o la prohibición de las patentes sobre los seres vivos. Nada nuevo, pero sí se trata de un intento de centrarse en algo para arrancar y comenzar a obtener resultados. El “Llamamiento de Bamako”, firmado en 2006, va por el mismo camino, pero es mucho más denso y contiene numerosas propuestas muy concretas por las que se debería, a juicio de sus defensores, luchar. Entre los que opinan que el FSM corre el peligro de convertirse en una feria folklórica de ideas están por ejemplo Ignacio Ramonet, François Polet, Samir Amin o François Houtart, la mayor parte impulsores del primer FSM y figuras pensantes del altermundo, que además tienen una excelente relación con los gobiernos de Hugo Chávez y Evo Morales, en los que de alguna manera ven reflejadas varias de las demandas del altermundismo. ¿Es ese el camino?
En este punto llegamos al gran dilema del movimiento en su conjunto, y no solo del FSM: la relación con la política. ¿Anti-neoliberalismo o anti-capitalismo? ¿Reforma o revolución? Esas son las dos tendencias principales, pero de por medio existen propuestas de todo tipo, desde las que hablan de una nueva Internacional a otras más “realistas”, como las de Susan George. Postula que debe haber una relación con la política, ya que el movimiento tiene el deber de influir en las decisiones de los partidos desde la independencia, por lo que nunca debe transformarse en un partido político, y presionar para que los organismos internacionales sean reformados. Si fuesen derrumbados completamente, por lo menos en un primer momento, acabaríamos sumergidos en un caos. Debe haber una etapa de transición, de relación con el sistema actual pero dirigida hacia ese otro mundo posible que aún no está definido.
Los problemas y “luchas internas” del altermundismo están ahí, pero parece haber una coincidencia, o un deseo, en la necesidad de evitar centrarse demasiado en ellos agotando energías que son necesarias para desmontar a globalización neoliberal. El camino no hizo más que comenzar, el altermundismo es apenas un crío de 10 años, pero con una potencialidad fuera de toda duda y con una influencia cada día mayor. Saben que queda mucho por definir, por crear, pero les une el hecho de ser el primer movimiento en la historia que intenta democratizar el espacio internacional para dar una existencia digna a todos los habitantes del mundo y la todas las formas de vida del planeta. Lo dicho, constituyen el movimiento de movimientos y creen firmemente que “otro mundo es posible”.
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*Manoel Santos. Biólogo, escritor y productor editorial. Director de altermundo.org y colaborador del Igadi.
*Trabajo original en gallego: http://altermundo.org/portal/content/view/485/164/lang,gl_ES/
Manoel Santos, Tempo Exterior