Pensiones: miedo y negocio
La cultura del miedo y las gigantescas posibilidades de beneficios privados.Recientemente, en las pantallas de nuestros cines, tuvimos la fortuna de disfrutar del documental titulado “Bowling for Columbine”, del director norteamericano Michael Moore. ¿Se acuerdan de Michael Moore? Sí, efectivamente, aquel individuo un poco desaliñado que al recoger su estatuilla en la última entrega de los Oscar hizo un duro alegato contra la política de la Administración Bush en relación con la invasión de Irak. En este documental, Moore va desgranando las razones que él entiende están detrás del elevado número de muertes por armas de fuego en EEUU. Su diagnóstico es interesante: el origen de esta tragedia habría que buscarlo en la existencia en un explosivo cóctel en el que se combinan, entre otros, dos ingredientes sumamente peligrosos.
En primer lugar, una extendida “cultura del miedo” alentada, consciente o inconscientemente, por unos medios de comunicación centrados en el espectáculo de la violencia cotidiana. Y en segundo lugar, los “estratosféricos beneficios” disfrutados por una industria armamentista que se juega miles de millones de dólares en su defensa del “derecho que todo norteamericano tiene a protegerse, a sí mismo y a su familia, portando un arma” (o dos, o tres, o mejor un arsenal). Probablemente, para la mayoría de los europeos la percepción de Moore sea acertada, sobre todo para los que han vivido allí (conectarse a la televisión local en cualquier rincón de EEUU es enormemente ilustrativo). Aunque probablemente, también, Michael Moore sea considerado en su país un radical y un extremista, entre otras cosas por defender la creación de un Estado del Bienestar en la nación de la libertad y las oportunidades, donde cada individuo es el único responsable de su éxito o fracaso.
A estas alturas del artículo ustedes tal vez estén pensando, “muy bien, pero ¿qué tiene esto que ver con el debate sobre el futuro de las pensiones en España?” Pues mucho, ya que el complejo engranaje que han puesto en funcionamiento para convencernos de que nuestro modelo de Seguridad Social es absolutamente inviable en el futuro bebe exactamente de las mismas fuentes: “cultura del miedo” y “gigantescas posibilidades de beneficios privados”. Subyace la misma estrategia. Y si aún no lo ven claro, repasemos el hilo argumental con el que pretenden convencernos de la necesidad de realizar profundas reformas en nuestro sistema de protección social.
Primero nos meten el miedo en el cuerpo. Que si la pirámide poblacional se está invirtiendo, que si los mayores ya constituyen un porcentaje de población mayor que los jóvenes, que si en el futuro próximo serán muchas las personas que cobrarán una pensión y pocas las que estén activamente cotizando por ellas, que si el gasto público en pensiones es insostenible, etc. ¿Quién no ha escuchado esto, una y mil veces, a lo largo del último año? Para informarnos de estos peligros, los partidarios de reformas estructurales en el sistema de pensiones públicas cuentan con la inestimable ayuda de unos medios de comunicación, en su mayoría dóciles, y unas instituciones financieras y de seguros siempre prestas a organizar congresos y jornadas de trabajo donde expertos en la materia nos muestran asépticamente la verdad. Verdad anteriormente revelada por distintos organismos internacionales en sus innumerables informes dedicados al tema. El diagnóstico es unívoco y sin fisuras, todas las estimaciones y proyecciones realizadas en este ámbito parecen confirmarlo: el sistema se viene abajo. Todo muy creíble si no fuera por un pequeño detalle: a principios de los noventa esos mismos expertos ya vaticinaban una Seguridad Social con importantes déficits en el año 2000, cuando en realidad disfrutamos de un notable superávit. De todo esto se habla poco. De la misma forma que tampoco se mencionan las estimaciones realizadas sobre el volumen de negocio que está en juego, aunque estos estudios existen y las cifras que reflejan son fabulosas.
Todo este despliegue de información catastrofista no parece suficiente, sin embargo, para convencer a unos ciudadanos que siguen mostrándose reacios a cambios de calado en el sistema actual. Por eso sus defensores han tenido que dar un paso más, recurriendo al cuento de la “hormiga y la cigarra”. ¿Se acuerdan de la hormiga ahorradora y la cigarra despilfarradora? (por cierto, se acuerdan también de Javier Bardem en “Los lunes al sol” reinterpretando este relato al más puro estilo Fernando León de Aranoa). ¡Ah! y no nos olvidemos de la “hucha”. ¡Que no se nos pase por alto la metáfora de la famosa hucha! A las jóvenes generaciones, las del trabajo temporal y el contrato basura, fuertemente despolitizadas y sin nexos con los sindicatos, se las instruye en lo que está por venir: “el problema de las pensiones de los trabajadores jóvenes se resuelve diciéndoles que se acabó el invento practicado hasta ahora y que en lo sucesivo hay que trabajar más y ahorrar más, que seguro que lo entenderán” (José A. Herce, director de FEDEA, El País, 25/5/03). Seguro que lo entenderán, qué remedio, aunque unos más que otros, porque el director de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada parece dirigirse sólo a un estrato de la juventud, y no precisamente mayoritario: el de los económicamente mejor situados.
Además, y como un ingrediente adicional del cóctel, en la argumentación se incorpora un supuesto conflicto intergeneracional, según el cual los jóvenes se estarían llevando la peor parte en beneficio de los mayores, lo que le imprime al debate un sabor todavía más amargo (obsérvese que en el caso de las armas en EEUU este papel lo juegan los supuestos peligros derivados del conflicto interracial).
Con todo lo anterior debería estar claro que la responsabilidad de tener fondos suficientes en la hucha es personal e intransferible. Nuestra, y sólo nuestra, es la decisión de si queremos ser hormigas o cigarras, y por lo tanto “que no nos vengan con que tenemos que repartir nuestros ahorros con los mayores, que con lo nuestro ya tenemos bastante”. Del conflicto de clases hemos pasado al conflicto entre generaciones. Así resulta más fácil minar el componente redistributivo intergeneracional del sistema actual, donde el Estado garantiza que cada generación de jubilados percibe unas pensiones sustentadas en las cotizaciones y, por tanto, en las mejoras de productividad conseguidas por las generaciones siguientes. Mejoras obtenidas gracias a su propio esfuerzo, por supuesto, pero gracias también al trabajo realizado por las generaciones anteriores, no lo olvidemos.
El sistema actual se sustenta, así, en la confianza que otorga el Estado sobre su viabilidad. Lo peor que puede ocurrir es que sea el propio Estado el que siembre dudas. Pero de eso se trata, de sembrar dudas, y de que la hucha, hasta ahora social, se convierta cada vez más en privada, de forma que cada uno obtenga en el futuro una pensión ligada en mucha mayor medida a su historial laboral, en su componente público, y a los planes de pensiones que haya suscrito, en su componente privado. “Ésta es tu decisión”, “ésta es tu libertad”, parecen decirnos. Y si no tienes ingresos suficientes para complementar tu pequeña pensión pública futura, éste es también tu problema. Malos tiempos para la redistribución intrageneracional en nuestro modelo de protección social.
Por último, y como un cuarto componente, se diseña un engranaje que permite recompensar a los que, aceptando esta vía, tienen medios para llevarla a la práctica. Para eso nuestro sistema impositivo empieza a estar sembrado de beneficios fiscales que premian las inversiones encaminadas en esta dirección. En el centro de las últimas reformas del IRPF se encuentran las deducciones asociadas a los planes de pensiones privados, en la línea de lo acordado en los Pactos de Toledo. Pero en una versión que permite beneficiarse fundamentalmente a los que tienen mayor capacidad de ahorro. ¿Y qué les decimos a los jóvenes y, sobre todo, a las mujeres jóvenes, con altas tasas de paro, puestos de trabajo intermitentes y bajos salarios? ¡Pues que espabilen, que éste también es el país de las oportunidades!
Con esta sencilla receta de miedo, conflicto intergeneracional, responsabilidad individual, huchas y grandes posibilidades de negocio ya tenemos los mimbres que permitirán desmantelar, si no lo evitamos antes, lo que ha costado décadas conseguir en Europa. Así de sencillo y así de perverso. Nuestra es la responsabilidad de exigir que, en los futuros debates sobre la reforma del sistema de pensiones, los argumentos que se nos presenten sean transparentes y permitan abordar todas las dimensiones del problema, no quedándose en los aspectos más epidérmicos e interesados de la cuestión.
Este texto no defiende un modelo sagrado e inamovible, ni cierra las puertas a todo cambio en el sistema vigente. Lo que sostiene es que el debate está profundamente sesgado, y que muchas de las alternativas factibles no se están poniendo sobre la mesa, sencillamente porque no le interesa a algunos de los agentes implicados. Es más, consideramos que las medidas que nos proponen para reformar el actual sistema de pensiones no son las más adecuadas, y que los argumentos utilizados para defenderlas son en buena medida falaces (aunque demostrarlo requerirá de un nuevo artículo en el que presentar más extensamente nuestros argumentos).
Vigo, junio, 2003
(Una versión reducida de este texto apareció publicada en La Voz de Galicia el 27 y 29 de junio de 2003).
Coral del Río y Albino Prada. Departamento de Economía Aplicada. Vigo