Los adjetivos mercenarios
Los adjetivos atados al sustantivo "guerra" son los traidores de la paz. La palabra "guerra" es tan terriblemente significativa que siempre debería aparecer desnuda...El adjetivo, cuando no da vida, mata (Huidobro)
Los adjetivos atados al sustantivo "guerra" son los traidores de la paz. La palabra "guerra" es tan terriblemente significativa que siempre debería aparecer desnuda, ninguna otra palabra debería prestarse a socorrer su exhibición. Por eso hablo de adjetivos mercenarios, se colocan al lado de la guerra y la disfrazan de algo, ¿de qué? De algo que se pronuncia en voz baja pero que es limpio, quirúrgico, humanitario, justo, rápido, preventivo... Adjetivos que se pronuncian más alto que el sustantivo "guerra" que los arrastra.
Hay palabras como "guerra", "bomba", "libertad" o "justicia" que sólo con pronunciarlas vislumbramos lo que designan, y con tanta nitidez e intensidad que conviene preguntarse por qué adjetivo alguno se empeña en estar ahí, calificando de "preventiva" la guerra, de "ecológica" una bomba, de "infinita" la justicia, de "duradera" la libertad. ¿Por qué esos adjetivos están ahí? El adjetivo, cuando no da vida, mata, nos advierte el poeta, esos adjetivos atados a nombres de tal fuerza sustantiva ¿qué vida les dan?
Ante cualquiera de esos pares de palabras ¿quién no ha experimentado pinchazos en el cerebro? "Guerra preventiva", "Libertad duradera", "Justicia infinita", "Bomba ecológica"... Cualquier hablante acostumbrado a emplear con sentido su idioma siente el pinchazo de la contradicción hurgando en su cerebro. Sencillamente, duele escuchar eso. Todo puede decirse, la mentira y la verdad tienen por igual cabida. ¿Y la ausencia de sentido? nos preguntamos ahora. ¿Es semánticamente aceptable el contrasentido? ¿Estamos realmente ante sinsentidos?
Las palabras, todas las palabras, tienen significado, pero ¿lo tienen estos pares de palabras? Conocemos el significado de esos nombres, sabemos lo que significan cada uno de esos sustantivos y adjetivos, pero ¿qué sucede al unirlos para que los encontremos inaceptables de algún modo?
Justicia infinita. Libertad duradera. ¿Son términos con un claro sentido?
Si decimos "justicia" vemos una de las cuatro virtudes cardinales que inclina a dar a cada uno lo que corresponde o pertenece. No necesitamos que sea infinita. No entendemos qué significa ese extremo. Ese adjetivo le añade connotaciones de algo tan exagerado que la justicia resulta mermada, pues una justicia tan desproporcionada ya no es, evidentemente, justa. Si “Justicia infinita” fue un lema que duró tan poco fue precisamente porque sonaba demasiado arrogante, como a terrible venganza de los castigos divinos. Fue sustituido en semanas por "Libertad duradera" no por evitar ofender a los musulmanes, para quienes solo Alá puede aplicar ese tipo de justicia, pues el nuevo lema seguía remitiendo a esferas divinas.
Del mismo modo, si decimos "libertad" no vemos cortapisas para ejercerla, ¿cómo entonces se le añade "duradera", si el emparejamiento de ambos términos deja sin sustancia al nombre "libertad"? ¿No se trata ahora de una libertad condicionada?
"Guerra preventiva", "bomba ecológica", "catástrofe humanitaria"
¿Pueden ser oxímoros del tipo "Es hielo abrasador, es fuego helado"... del soneto de Quevedo? No. El oxímoron es una combinación, en la misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido. El sentido que consigue transmitirnos el soneto de Quevedo sobre el amor es ese totum de sentimientos que confluyen en la pasión amorosa. El usa de esta figura retórica y multiplica el sentido de cada predicado del amor al utilizar dos términos contrapuestos. Pero ¿hay un sentido multiplicado en "guerra preventiva"? ¿Cabe prevenir a alguien de algo haciendo uso de ese algo? ¿Cabe en nuestra mente la idea de prevenir a alguien de una guerra haciendo una guerra? Decimos guerra y vemos la muerte, ¿alguien puede concebir la noción de matar a alguien para evitar la muerte? Es evidente que no. Esa multiplicación del sentido, propia del oxímoron, no la encontramos en "guerra preventiva"; ni en "bomba ecológica" ni en "catástrofe humanitaria" Estamos en el caso del contrasentido. Significado cero.
Si no hay un sentido multiplicado, ¿se tratará, entonces, de una expresión irónica? Pero la ironía como recurso literario consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice; en los casos de estos pares de palabras no sabemos aún qué es lo que se nos dice. ¿Cómo darle un segundo sentido al contrasentido si no podemos obtener un primero?
Son una combinación de palabras que entre sí se repugnan como el «cuadrado redondo» del que hablaba Ortega y Gasset. Construcciones lingüísticas que pueden ser generadas por la gramática de una lengua, pero que resultan semánticamente inaceptables. Son expresiones no significativas, sinsentidos. Sensura[1], llama Bernard Noel a esta moneda corriente que consiste en la privación del sentido.
Es lenguaje de guerra: Uno de los dos tiene que morir
Una expresión tiene significado sólo si su presencia no está completamente determinada por el contexto[2], ¿en qué contexto adquieren algún significado estas expresiones? Hemos llamado a estos adjetivos mercenarios porque son términos que van a la guerra al servicio de un amo militar. A vivir en el contrasentido. Los amos de la guerra crean un lenguaje de guerra. En esos pares contradictorios, sin sentido, una palabra tiene que devorar a la otra: "Bomba ecológica", "catástrofe humanitaria", "guerra preventiva"; es imposible que las dos sigan ahí. Son términos enemigos obligados a guerrear en un feroz contrasentido, para que alguno de los dos imponga su significado.
Es lenguaje de guerra, procede mediante sustituciones semántica: se hace la guerra para lograr la paz; las guerras son calificadas de humanitarias, limpias, preventivas; las bombas de ecológicas; si arrasan países es un acto de "justicia infinita"... Lenguaje de guerra; adjetivos mercenarios que engordan su significado aniquilando el de su vecino. El contrasentido es tan fuerte que nuestro cerebro no lo soporta y elige retener uno de los dos términos. ¿Cuál?: Los adjetivos portadores de nociones como "preventivo", "ecológico", "justo", "ecológico", etc. Aunque nos llegan ecos del otro término, había ahí una guerra, no lo vemos, porque el significado "guerra" unido a esos adjetivos que hemos preferido retener es inadmisible; era, recordémoslo, como pinchazos de espinas en el cerebro.
Hemos dicho que el sustantivo "guerra" es tan rotundo que es difícil barrerlo de un plumazo, es el portador de la verdad, el núcleo significativo de una referencia en el mundo real, y, sin embargo, quien gana es la mentira que porta el adjetivo, pues ¿quién no prefiere unas guerras así, sin muertos, limpias, justas, rápidas..., a una guerra desnuda, meramente sustantiva, con su horrible carga de muerte inocultable?
Esos adjetivos que sólo parecen crear contrasentido, cumplen una sucia jugada verbal que consiste en seducir con las palabras: la guerra al lado de ellos parece menos guerra, su sustancia se disuelve entre los adjetivos. Si observamos cómo se repiten, quién los lanza, caeremos en la cuenta de lo que son.
¡Son estereotipos! Deberíamos temblar al comprobar que están aquí.
Quien seduce no tiene por qué convencer. Vence tramposamente. Llegan a nuestros oídos expresiones que no entendemos y que, sin embargo, nos resulta muy fácil repetir. Alguien nos las repite una y otra vez hasta hacernos ver lo que no es posible ver. Sencillamente, porque no existe. No hay guerras justas, quirúrgicas, ecológicas, humanitarias, preventivas... No. Pero el virus del contrasentido ha sido inoculado. Así se crea el "lugar común" Son estereotipos. Están aquí. Persiguen ocultar la realidad. Esos pares cumplen tal función.
¡Estereotipos! La lacra del idioma. Da igual que se ajusten a verdad o mentira, al estereotipo, al cliché, le basta con seducir, con vencer, sin convencer. Tras ellos siempre hay grandes mentiras pero no es eso lo que importa, el objetivo del estereotipo es ocultar la realidad; para ello, a veces, le sirve la verdad, otra verdad que anteponer a la que quiere ocultar.
Lenguaje de señores de la guerra amantes del cliché, del eslogan propagandístico. Del amo que obliga a las palabras a un uso mercenario. Hitler acuñó enlaces contra natura del tipo "gusano judío" hasta conseguir que los alemanes no distinguieran ambos significados. Sólo estableciendo tan aberrante identidad de significados llegaron a ver como peligrosísimos enemigos a una población que en la Alemania de 1933 no pasaba del 1%. Al fascismo le encanta el estereotipo. Ocultar la realidad. Seducir mentirosamente.
¿Quién puede negarse a la seducción de esas dos palabras? se preguntaba Pedro Salinas[3] al reparar en la expresión "nuevo orden" de la que tanto hablaba Hitler. Dos palabras atrayentes uncidas al servicio de la causa más siniestra. En ese mismo poder de seducción de las palabras se basan los nuevos estereotipos. Ahora comprendemos que el contrasentido latente en estas expresiones es propaganda de guerra, está al servicio del estereotipo. Y estos no se hacen para que reparemos en ellas, sino para llevarnos la mirada seductoramente hacia otro lugar, desde el que no podamos ver la realidad.
El deseo de que algo sea realmente preventivo de la guerra es tan fuerte en nosotros que, si nos brindan la posibilidad de realizarlo, contarán con colaboración. Es por ese deseo por donde empieza a operar la seducción del estereotipo. Pero nadie que esté organizando una guerra desea evitarla; quien la está preparando busca nuestra adhesión incorporando de algún modo ese deseo nuestro de paz en las denominaciones de sus guerras. El resultado son estas aberraciones lingüísticas que circulan como lemas propagandísticos. El lenguaje se defiende a su modo resistiéndose a conciliar lo inconciliable y elegimos retener uno de ellos. Justamente lo que no existe. Ningún hablante, como pide Cortázar (1984), debe reproducirlos:
Digo libertad, digo democracia, y de pronto, siento que he dicho esas palabras sin haberme planteado una vez más su sentido más hondo, su mensaje más agudo, y siento también que muchos de los que las escuchan las están recibiendo a su vez como algo que amenaza convertirse en un estereotipo, o en un cliché sobre el cual todo el mundo está de acuerdo, porque esa es la naturaleza misma del cliché y del estereotipo. Anteponer un lugar común a una vivencia, un convencimiento a una reflexión, una piedra opaca a un pájaro vivo.[4]
La piedra opaca del sarcasmo.
Las palabras tienen que seguirnos siendo útiles pero están cautivas, son la morada del poder, son el pájaro encerrado en el contrasentido, en el estereotipo, en el sarcasmo. Darles su sentido supone hacer un viaje al contexto en el que fueron creadas esas alianzas contra natura. Encontrar, a la luz de los hechos que nombran, qué más hay bajo los perversos significados que les han impuesto.
Admitir como veraz una proposición falsa con fines de burla es una ironía, pero todos sabemos que "libertad duradera" y "justicia infinita" fueron el modo de nombrar algo muy serio: el resultado fueron tantos miles de afganos muertos que los EEUU aún guardan su número en secreto.
Sabemos también que no hay guerras limpias, ni quirúrgicas, pero esos fueron los adjetivos que se ataron a ataques iniciados en 1991, contra Irak, donde lo único sucio era un patito manchado de petróleo. Tardamos años en saber que hasta la foto de aquella ave era un montaje; años en ver las dantescas imágenes verdaderas con los horrores de esa guerra "limpia". El linchamiento de Irak no fue completo y precisa de una segunda guerra que lleva el adjetivo "preventiva", el tipo de guerra que emprende una nación contra otra presuponiendo que ésta se prepara a atacarla. Pero el adjetivo resulta igualmente un sarcasmo si reparamos que fue acuñado por los americanos cuando Irak ya estaba siendo, secretamente, bombardeada por ellos.
"Ayuda humanitaria" no pasaría de ser una burda redundancia si no fuera porque la "ayuda" que la OTAN prestó al pueblo albano-kosovar, para evitar su represión por Belgrado, adquirió forma de bombardeos masivos e indiscriminados sobre Yugoslavia. Las intervenciones humanitarias se hacen para apoyar a las víctimas de alguna tiranía, pero no para generar más víctimas. Invocar esa "humanitas" para asesinar es lo más sucio, cínico y sarcástico que se pueda concebir.
En su contexto de origen, no hay duda sobre el tipo de figura literaria a la que prestan servicio estos adjetivos: No hay ironía sino sarcasmo. "Sátira desgarradora de la carne" es su significado etimológico. Ello nos habla de la certeza que tenían los griegos en el poder, benéfico o destructor, de las palabras. Para que nos fuera presentado el dolor que puede ser inferido por el lenguaje acuñaron términos como éste: "sarcasmo", esa variante que adquiere la ironía cuando se hace mordaz, cruel e hiriente.
En eso es en lo que incurrimos permitiendo tal lenguaje, aceptando lo que semánticamente es inaceptable.
El pájaro vivo
No hay mejor modo de desvelar el contrasentido que dejar a las palabras en su desnudez. Cuanto más terrible es la realidad más fuerte es el empeño en negárnosla. Quienes hacen la guerra, quienes pueden evitarla la presentan disfrazada, saben cuán peligroso es nombrar la desnudez. Saben, como sabemos nosotros, que las palabras son fuente de visión. Las que nombran la verdad de la guerra podrían espantarnos tanto que no lo soportaríamos. Provocaría de inmediato una reacción contraria. De ese modo ganan tiempo. Este lenguaje de guerra es el heraldo que la precede. Lenguaje de guerra que trae la guerra. Guerra en el lenguaje. La primera víctima, la verdad. La muerte del sentido.
El pájaro renace, vive nuevamente si se hace ese viaje hacia el origen, hacia la desnudez de la palabra, hacia su soledad. No a la guerra, así, sin adjetivo mercenario alguno.
La sola palabra -nos dijo T. Tzara- basta para ver.
[1] Bernard Nöel, La castración mental, Madrid, Huerga, 1998
[2] John Lyons, Introducción a la lingüística teórica, Madrid, Teide, 1981 p. 427.
[3] Pedro Salinas, El defensor, Madrid, Galaxia Gutenberg, 1991 p.305
[4] Julio Cortázar, La instrumentación del lenguaje, art. 1985
Angeles Maeso