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28 agosto 2008

La gran ganga

Las buenas ideas cuestan dinero. Entonces, ¿por qué informáticos poco dados al sentimentalismo las están regalando? Únete a nuestro experimento para averiguarlo, señala Graham Lawton

 
 


 


Si has acudido a una exposición de informática en los últimos meses puede que hayas visto una lata brillante y plateada de bebida con un logotipo en la anilla y la palabra "opencola" al lado. En el interior, una bebida gaseosa con un sabor muy parecido a la Coca-Cola. ¿O se parece a Pepsi?

 

Hay algo más escrito en la lata, sin embargo, que la diferencia. Dice: "comprueba cómo está hecha en opencola.com". Ve a esa dirección de Internet y verás algo que no está disponible en las páginas web de Coca-cola o de Pepsi: la receta del refresco de cola. Por primera vez tienes la posibilidad de hacerte tu propio refresco en tu casa.

 

Secreto desvelado: Cómo hacer un sabroso refresco de cola


 

 

 

 


OpenCola es el primer producto de consumo del mundo "open source". Al llamarlo de ese modo su fabricante nos indica que las instrucciones para elaborarlo están disponibles de forma libre y gratuita para todo el mundo. Cualquiera puede hacer la bebida y modificar y mejorar la receta siempre que dejen al dominio público sus propias recetas. Como forma de hacer negocio es bastante inusual - la Coca-cola no es muy aficionada a regalar sus preciosos secretos comerciales - Pero hay radica la importancia del asunto.

 

OpenCola es la señal más destacada de que la larga batalla entre filosofías rivales en el desarrollo de software se ha extendido al resto del mundo. Lo que empezó como un debate técnico sobre cuál era el mejor modo de depurar los programas informáticos se ha convertido en una batalla política sobre la propiedad del conocimiento y cómo se usa, entre aquellos que ponen sus esperanzas en la libre circulación de las ideas y aquellos que prefieren denominarlas "propiedad intelectual". Nadie sabe cuál será el resultado. Pero en un mundo en el que crece la oposición al poder corporativo,  los derechos de propiedad intelectual restrictivos y la globalización, "open source" emerge como una alternativa posible, un medio potencialmente potente de contraataque. Y, en este mismo momento, estás contribuyendo a probarlo.

 

El movimiento "open source" nació en 1984 cuando el informático Richard Stallman dejó su trabajo en el MIT y fundó la Free Software Foundation. Su objetivo era crear software de gran calidad que estuviera disponible para todo el mundo de forma gratuita. Stallman se quejaba de que las empresas comerciales protegían su software con patentes y derechos de copia y mantenían celosamente guardado el secreto de su código fuente - el programa original, escrito en un lenguaje de ordenador como C++. Stallman veía esto como algo perjudicial. Generaba un software de pobre calidad y lleno de errores. Y lo que es peor, cortaba de raíz la libre circulación de ideas. Lo que inquietaba a Stallman era que si los científicos programadores no podían aprender del código de otro, el arte de programar se estancaría (New Scientist, 12 Diciembre 1998, p. 42).

 

La jugada de Stallman hizo mella en la comunidad científica informática y en la actualidad hay miles de proyectos similares. La estrella del movimiento es Linux, un sistema operativo creado por el estudiante finlandés Linus Torvalds a principios de los años noventa e instalado en unos dieciocho millones de ordenadores en todo el mundo.

 

Lo que diferencia al software "open source" del software comercial es el hecho de que es gratuito, tanto en sentido político como económico. Si quieres usar un producto comercial como Windows XP o Mac OS X tienes que pagar derechos y aceptar una licencia que te impide modificar o compartir ese software. Pero si quieres utilizar Linux o cualquier otro paquete "open source", puedes hacerlo sin pagar un penique - aunque varias compañías te venderán el software junto al servicio postventa. También puedes modificar el software como te apetezca, copiarlo y compartirlo sin restricciones. Esta libertad funciona como una invitación pública - algunos lo denominarían desafío - a sus usuarios para introducir mejoras. Como resultado miles de voluntarios están continuamente trabajando en Linux, añadiendo nuevas características y descubriendo fallos. Sus contribuciones son examinadas por un jurado y las mejores son añadidas a Linux. Para los programadores, el orgullo de haber realizado una aportación afortunada es su propia recompensa. El resultado es un sistema sólido y potente que se adapta rápidamente al cambio tecnológico. Linux tiene tanto éxito que incluso IBM lo instala en los ordenadores que vende.

 

Para mantener esta venturosa situación el software "open source" está protegido por un instrumento legal especial llamado General Public License. En lugar de restringir el uso del software, como las licencias de software corrientes  hacen, la GPL - conocido como "copyleft" - concede tanta libertad como es posible (ver http://www.fst.org/licenses/gpl.html). El software divulgado como GPL (o cualquier otra licencia similar) puede ser copiado, modificado y distribuido por cualquier persona, siempre que lo divulguen como "copyleft" también. Esa limitación es crucial porque impide que el material pueda ser utilizado posteriormente en productos patentados. Esto también lo diferencia de los productos distribuidos simplemente de forma gratuita. En palabras de la Free Software Foundation, la GPL "hace que un producto sea gratuito y garantiza que seguirá siendo gratuito".

 

"Open source" ha resultado ser una vía muy afortunada de escribir software. Pero también ha venido a encarnar una postura política - aquella que valora la libertad de expresión, desconfía del poder corporativo y resulta molesta para la propiedad privada del conocimiento. Es "una visión tremendamente libertaria de cómo deben ser las relaciones entre los individuos y las instituciones", según el guru del "open source" Eric Raymond.

 

Pero no se trata sólo de que las empresas de software bloquean el conocimiento y lo difunden solo a aquellos que pueden pagarlo. Cada vez que compras un CD, un libro, una copia de New Scientist, incluso una lata de Coca-Cola, estás soltando dinero para acceder a la propiedad intelectual de alguien. Tu dinero te permite comprar el derecho a escuchar, leer o consumir los contenidos, pero no a volver a trabajar sobre ellos, o hacer copias y redistribuirlas. No sorprende, entonces, que la gente que está involucrada en el movimiento "open source" se haya preguntado si sus métodos funcionarían en otros productos. Nadie lo sabe con seguridad todavía, pero muchos lo están intentando.

 

Mira, por ejemplo, OpenCola. Aunque originalmente se pretendía que fuera una herramienta promocional para justificar el software "open source", la bebida ha emprendido su propia vida. La compañía OpenCola, con sede en Toronto, ha empezado a ser más conocida por la bebida que por el software que se suponía que creaba. Laird Brown, el estratega de la compañía, atribuye su éxito a la desconfianza generalizada hacia las grandes empresas y la "presencia de las patentes en casi todo". El sitio web que lo vende ha distribuido 150.000 latas. Los estudiantes estadounidenses concienciados a nivel político han empezado a usar la receta en sus fiestas.

 

OpenCola es un feliz accidente y no supone una amenaza real a Coca-Cola o Pepsi, pero la gente está usando de forma deliberada el modelo "open source" para desafiar a los intereses atrincherados. Un objetivo popular es la industria de la música.  Al frente del ataque se encuentra la Electronic Frontier Foundation, un grupo de San Francisco creado para defender las libertades civiles en la sociedad digital. En abril del año pasado, la EFF publicó un modelo de copyleft llamado Open Audio License (OAL). La idea es dejar que los músicos se aprovechen de las propiedades de la música digital - facilidad de copia y distribución - antes que luchar contra sí mismos. Los músicos difunden su música bajo una licencia OAL para que su trabajo sea copiado, interpretado, reelaborado y redistribuido libremente, siempre que estos nuevos productos sean publicados bajo la misma licencia. Pueden entonces confiar en que la "distribución vírica" hará que su trabajo sea escuchado. "Si a la gente le gusta su música, apoyarán al artista para asegurar que pueda continuar haciendo música", dice Robin Gross de la EFF.

 

Es pronto para juzgar si la OAL logrará capturar la imaginación de la misma manera que OpenCola, pero lo que ya está claro es que algunas de las fortalezas del software "open source" simplemente no se aplican a la música. En la informática el método "open source" deja a los usuarios mejorar el software eliminando errores, pero no resulta obvio que esto mismo pueda suceder en la música. De hecho, la música no es realmente "open source". Los archivos que se alojan en el sitio web de OAL, http://www.openmusicregistry.org, son hasta ahora todos MP3 y Ogg Vorbises - formatos que te permiten oír pero no modificarlos.

 

Lo que no está tan claro es porqué un artista de renombre eligiría distribuir su música bajo un OAL. Muchas bandas se oponen al modo en que los miembros de Napster hacen circular su música a sus espaldas, entonces, ¿por qué permitirían ahora su distribución sin restricciones, o consentirían que cualquier extraño perdiera el tiempo con su música? Lo más seguro es que tú no hayas escuchado a ninguno de los veinte grupos que han alojado su música en el archivo. Es difícil evitar la conclusión de que Open Audio sea poco más que una oportunidad para que artistas desconocidos puedan mostrarse en el escaparate.

 

Los problemas con la "open music", sin embargo, no han desalentado a la gente de intentar llevar los métodos "open source" a otros ámbitos. Las enciclopedias, por ejemplo, parecen un terreno fértil. Como el software, se realizan en cooperación y por partes, necesitan actualización constante y mejoran si son revisadas. Pero el primer intento, una fuente de referencia en línea gratuita denominada Nupedia, no ha llegado exactamente a cuajar. Después de dos años sólo 25 de los 60.000 artículos previstos han sido terminados. "Al ritmo actual nunca llegará a ser una enciclopedia importante", dice su director Larry Sanger. El principal problema es que los expertos que Sanger quiere reclutar para escribir los artículos están muy poco incentivados para participar. No consiguen ningún ¿reconocimiento académico?, del tipo del que obtienen los ingenieros de software mejorando Linux, y Nupedia no puede pagarles.

 

El problema que comparten la mayoría de los productos "open source" es cómo conseguir que la gente contribuya. Sanger dice que está explorando nuevas vías para hacer dinero con Nupedia, preservando a la vez la libertad de su contenido. Los banners son una posibilidad, pero su mayor esperanza es que los profesores universitarios empiecen a citar artículos, lo que repercutirá en que los autores ganen crédito académico.

 

Existe otra posibilidad, confiar en la buena voluntad de la comunidad "open source". Hace un año Sanger, frustrado por el escaso progreso de Nupedia, comenzó otra enciclopedia denominada Wikipedia (el nombre proviene del programa "open source" WikiWiki que permite que una página web pueda ser editada por cualquiera en la red). Es mucho menos formal que Nupedia, cualquiera puede escribir o publicar un artículo sobre cualquier tema, lo que probablemente explica entradas sobre la cerveza y Star Trek. Pero también explica su éxito. Wikipedia contiene ya 19.000 artículos y está creciendo al ritmo de varios miles cada mes. "A la gente le gusta la idea de que el conocimiento pueda ser distribuido y elaborado gratuitamente", dice Sanger. Pasado el tiempo, reconoce, miles de aficionados señalarán paulatinamente los errores e irán rellenando los huecos en los artículos hasta que Wikipedia se convierta en una enciclopedia reconocida con cientos de miles de entradas.

 

Otro experimento que ha demostrado su valor es el proyecto OpenLaw en el Centro Berkman sobre Internet y Sociedad en la Harvard Law School. Los abogados de la Berkman especializados en ¿derecho informático? - pirateo informático, propiedad intelectual, encriptación, etc. - y el centro están muy ligados a la Electronic Frontier Foundation y la comunidad informática "open source". En 1998 Lawrence Lessig, miembro de la Facultad y ahora en la Stanford Law School, fue requerido por la editorial Eldritch Press para lanzar un desafío legal a las leyes de copyright estadounidenses. Eldritch coge libros cuyo copyright ha expirado y los publica en Internet, pero la nueva legislación que pretende extender el copyright desde los 50 a los 70 años después de la muerte del autor estaba bloqueando su suministro de nuevo material. Lessig invitó a estudiantes de Harvard y de otras universidades a desarrollar argumentos legales que desafiaran la nueva ley en un foro en Internet, que se acabó convirtiendo en OpenLaw.

 

Los bufetes de abogados normales escriben argumentos de la misma manera en que las compañías de software comercial escriben códigos. Los abogados discuten un caso a puerta cerrada y aunque su producto final se da a conocer en el juzgado, las discusiones o "source code" que lo produjeron permanecen secretas. A diferencia de ellos, OpenLaw desarrolla sus argumentos en público y los divulga bajo "copyleft". "Nosotros usamos el software gratuito como modelo deliberadamente", dice Wendy Selzer, quien asumió el control de OpenLaw cuando Lessig se trasladó a Stanford. Unos cincuenta especialistas trabajan ahora en el caso de Eldritch y OpenLaw está llevando también otros casos.

 

"Los beneficios que se obtienen son los mismos que en el software", dice Selzer. "Cientos de personas examinan el "código" en busca de errores y hacen sugerencias sobre cómo enmendarlos. Y estas personas estudiarán aquellas partes del argumento desarrolladas de forma insuficiente, trabajarán sobre ellas, para después corregirlas". Armada con argumentos obtenidos de esta forma OpenLaw ha llevado el caso Eldritch - que parecía al principio imposible de ganar - a los tribunales y ahora está apelando al Tribunal Supremo.

 

Existen también inconvenientes. Las argumentaciones son del dominio público desde el principio, por lo que OpenLaw puede ser cogida de improviso en el tribunal. Por la misma razón, no puede llevar casos en los que la confidencialidad sea importante. Pero en aquellos temas en los que existe un elemento de fuerte interés público, "open source" tiene grandes ventajas. Los grupos de derechos de los ciudadanos, por ejemplo, han asumido parte de los argumentos legales de OpenLaw y los han usado en otras partes. "La gente los usa en cartas al Congreso o en folletos", dice Selzer.

 

El movimiento sobre contenidos abiertos está todavía en una etapa inicial y es difícil predecir de qué forma se va a extender. "No estoy segura de que existan otras áreas en las que "open source" pudiera funcionar", dice Sanger. "Si las hubiera, podríamos haberlas iniciado nosotros mismos". Eric Raymond también ha expresado sus dudas. En su ensayo ampliamente citado La catedral y el bazar, advirtió de los peligros de aplicar los métodos "open source" a otros productos. "La música y la mayoría de los libros no se parecen al software porque normalmente no necesitan ser depurados o mantenidos", escribe. Sin esa necesidad, los productos obtienen poco del examen y la reelaboración de los demás, por lo que se obtiene poco beneficio del "open source". "No quiero debilitar el fabuloso argumento del software "open source" enlazándolo a un potencial perdedor", escribe.

 

Pero las opiniones de Raymond han variado ahora ligeramente. "Deseo admitir que algún día podría hablar sobre otros terrenos que no fueran el software", dijo a New Scientist. "Pero no ahora". El momento oportuno llegará una vez que el software "open source" haya ganado la batalla de las ideas, dice y espera que llegue alrededor del 2005.

 

El experimento, por tanto, continúa. Como contribución a ello, New Scientist ha accedido a publicar este artículo como copyleft, lo que significa que puedes copiarlo, redistribuirlo, reimprimirlo entero o en parte, y divertirte con él siempre que difundas tu versión bajo "copyleft" y cumplas con los términos y condiciones de la licencia. Te pedimos también que nos informes de cualquier uso que hagas del artículo, mandando un correo a copyleft@newscientist.com.

 

Una razón para hacerlo así  es que si lo difundimos bajo "copyleft", podemos imprimir la receta de la OpenCola sin violar su "copyleft". No se trata de otra cosa que de demostrar el poder de expansión del "copyleft". Pero existe, además, otra razón, ver qué sucede. Hasta donde yo sé este es el primer artículo de revista escrito bajo "copyleft". ¿Quién sabe qué consecuencia traerá? Quizá el artículo desaparezca sin dejar rastro. Quizá sea fotocopiado, redistribuido, reeditado, reescrito, cortado y pegado en sitios web, folletos y artículos por todo el mundo. No lo sé, pero esa es la cuestión. Ya no me corresponde. La decisión es de todos nosotros.

 

Otras lecturas recomendadas:

Para una selección de copylefts, véase http://www.eff.org/IP/Open_licenses/open_alternatives.html

La catedral y el bazar, de Eric Raymond está disponible en http://tuxedo.org/~esr/writings/cathedral-bazaar/

 

LA INFORMACIÓN DE ESTE ARTÍCULO ES LIBRE Y GRATUITA. Puede ser copiado, distribuido y/o modificado bajo las condiciones registradas en la Design Science License publicada por Michael Stutz en http://dsl.org/copyleft/dsl.txt

 

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