Después de más de medio siglo de era nuclear, todavía no están resueltos los inconvenientes básicos de costes, seguridad y proliferación, y no sabemos cómo gestionar los residuos radiactivos, peligrosos durante milenios.
La nueva campaña a favor de la energía nuclear va tomando fuerza en Occidente; sus ecos se oyen también en España. Frente a ella, El espejismo nuclear prueba con datos y argumentos inapelables que la persistente propaganda pronuclear sólo reproduce caducos eslóganes de los años setenta, ocultando que:
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La energía nuclear ha sido el mayor desastre económico de la historia.
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Después de más de medio siglo de era nuclear, todavía no están resueltos los inconvenientes básicos de costes, seguridad y proliferación, y no sabemos cómo gestionar los residuos radiactivos, peligrosos durante milenios.
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Aunque construyéramos centrales nucleares a un ritmo frenético, no podríamos siquiera sustituir el parque actual antes de 2050, y por tanto no solucionaríamos las inminentes crisis del petróleo y del cambio climático.
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La energía nuclear genera electricidad, así que no solventa la dependencia del petróleo para el transporte.
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Para mitigar el cambio climático y el declive del petróleo hay opciones menos costosas y menos arriesgadas.
Ésta es una obra tan oportuna como incisiva y demoledora. Hacía falta actualizar la crítica antinuclear y ofrecer al público no especializado un sólido análisis de por qué apostar por esta energía generaría más y peores problemas de los que se asegura que se desean remediar.
Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:
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Desde hace un par de años asistimos a una fuerte ofensiva, en todo el mundo, de las empresas y los lobbies pronucleares a favor de la generación nuclear de electricidad.
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Una civilización que se juega todo a la apuesta “lo improbable no puede suceder” es una civilización enferma.
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La base de la sociedad industrial amenaza con hundirse porque los consumos energéticos y materiales actuales no son sostenibles, y mucho menos extensibles a buena parte de la humanidad.
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Los partidarios de la energía nuclear insisten ahora en la necesidad de reactivar la construcción de centrales para contrarrestrar los altos precios del petróleo, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y disminuir la dependencia energética de países inestables. A pesar de:
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Haberse demostrado falsas todas las promesas de la década de 1950.
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A mediados de los años ochenta, la revista de negocios Forbes calificó la energía nuclear como el “mayor desastre empresarial de la historia económica, un desastre de proporciones monumentales”.
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Los accidentes de Three Mile Island y de Chernóbil.
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Su falta de competitividad, ejemplificada por con la quiebra de la industria nuclear británica.
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Su evidente relación con la proliferación de armas de destrucción masiva.
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No haber podido solucionar en cincuenta años el problema de los residuos que genera.
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No es cierto que:
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La industria nuclear haya resuelto sus eternas dificultades de seguridad, costes, proliferación y residuos.
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Se puedan construir todos los reactores necesarios para mitigar significativamente las emisiones de CO2 en el plazo requerido.
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Tampoco habría combustible nuclear en caso de que tal avalancha de construcción de plantas nucleares fuera posible.
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Pueda compensar la progresiva escasez del petróleo.
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Reduzca la dependencia energética de la mayor parte de los países industrializados.
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Pueda extenderse la utilización civil de sin provocar al mismo tiempo una proliferación generalizada de armamento nuclear.
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Las centrales nucleares puedan operar con seguridad y fiabilidad en un entorno de aumento paulatino de las temperaturas como el que se avecina.
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Una reactivación nuclear no haría sino agravar los problemas por dos razones:
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En primer lugar, porque las cuantiosas inversiones que serían necesarias detraerían recursos de otras alternativas.
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El espejismo que representa propagar la idea de que si aceptamos la opción nuclear podremos continuar creciendo y consumiendo como en el pasado.
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La fotosíntesis tiene su contrapartida en la respiración metabólica de la mayoría de seres vivos.
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El efecto invernadero es un proceso que ayuda a mantener la temperatura de la Tierra en un estrecho intervalo.
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Venus es un recordatorio extremo de lo que podría llegar a ocurrir si los niveles atmosféricos de CO2 siguieran aumentando hasta sobrepasar un determinado umbral.
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El 85 por ciento del consumo energético actual proviene, en última instancia, de microorganismo o plantas que captaron energía solar hace millones de años.
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Resulta paradójico que, a pesar de nuestra enorme capacidad para encontrar y aprovechar energía en grandes cantidades, para cuantificarla, manejarla y convertirla de una forma a otra, estemos todavía lejos de valorar y predecir sus impactos sociales, de prever y evitar las consecuencias ambientales de su utilización masiva, o incluso de actuar en función de la previsible disponibilidad futura de recursos energéticos.
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Actualmente nuestra civilización se enfrenta a un reto cuádruple:
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En primer lugar, a un enorme crecimiento de la demanda energética.
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En segundo lugar, estamos acercándonos a lo que los expertos denominan el peak oil, el techo máximo de la extracción de petróleo.
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En tercer lugar, una inestabilidad geoestratégica internacional localizada en los puntos del planeta donde todavía hay reservas de energía fósil por explotar.
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Por último, a lo anterior se une la necesidad de reducir muy significativamente las emisiones de gases de efecto invernadero.
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San Mateo, 1944, población de renos. La sobrecarga de población dañó tanto el hábitat que la población descendió por debajo del nivel que podría haber alcanzado si no se hubiera producido una situación de overshoot.
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Un intento de calcular el impacto de nuestro estilo de vida sobre el planeta, la sostenibilidad del mismo, es lo que se llama la “huella ecológica”.
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La energía fósil es barata porque no hemos tenido que invertir ni pagar nada por la vegetación a partir de la cual se generó ni por los procesos que la crearon. El único coste que contabilizamos es el de extracción y transformación de estos recursos.
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Entre 1950 y 2000 el consumo de energía mundial se duplicó tres veces, con un crecimiento medio anual de la demanda del 3,5 por ciento.
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La dependencia del petróleo de nuestro sistema económico se pone especialmente de manifiesto cuando atendemos a los sectores agrícola y del transporte.
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El petróleo ha posibilitado la revolución agraria que invalidó las predicciones de Thomas Malthus sobre los efectos del exceso de población en el planeta.
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Actualmente, el transporte de personas y mercancías supone el 60 por ciento del consumo mundial anual de petróleo.
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La industria aeronaútica ha gozado de privilegios totalmente injustificados, tales como la ausencia de impuestos sobre el carburante y una regulación casi inexistente que minimice el impacto medioambiental que produce.
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Hoy se estima en más de treinta el número de países productores que han superado el techo de su producción.
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Hace treinta años, el informe encargado por el Club de Roma sobre los límites del desarrollo dejó bien claro que el patrón de crecimiento seguido por la humanidad no conducía a un mayor equilibrio social.
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Los verdaderos motivos que llevaron al presidente Truman a tomar la decisión fatal de lanzar no una sino dos bombas, de hacerlo sobre objetivos civiles densamente poblados y sin previo aviso, fueron ocultados a la opinión pública durante mucho tiempo; fueron una demostración de fuerza cuyo destinatario real era la URSS.
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El lanzamiento de la bomba nuclear no fue el acto final de la segunda guerra mundial, sino el primer episodio de la guerra fría.
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Albert Einstein: “Si hubiera sabido que mis temores eran infundados, ni yo ni Szilard habríamos contribuido a abrir esta caja de Pandora, porque no sólo desconfiábamos del gobierno de Alemania”.
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El peak oil mundial no será un dato reconocido y aceptado oficialmente hasta que lo hayamos superado claramente.
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El intento de redimir el pecado original nuclear fue lo que impulsó el empleo civil de esta energía, y puesto que fue diseñado esencialmente con fines propagandísticos en ningún momento atendió a consideraciones de viabilidad técnica ni económica.
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Fue necesario un programa de fuertes ayudas públicas para que naciera la industria nuclear civil.
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Una norma limita por completo la responsabilidad civil de los operadores de centrales nucleares y traslada al Estado la responsabilidad civil subsidiaria en caso de accidente nuclear. El coste que deben afrontar las operadores es sólo el que las aseguradores estén dispuestas a cubrir.
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La evolución de los pedidos de centrales nucleares en Estados Unidos, puede advertirse que éstos aumentaron vertiginosamente entre 1965 y 1972 para detenerse en seco a partir de 1973, seis años antes del accidente nuclear de Three Mile Island.
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Entre el 60 y el 70 por ciento del coste del kilovatio nuclear es un coste financiero.
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Francia sigue siendo igual de dependiente del petróleo que los demás países, aunque “sólo” sea para el transporte rodado.
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Los aspectos relacionados con la seguridad de la energía nuclear cubren hoy tres ámbitos distintos: el de la contaminación generada por el ciclo de funcionamiento normal de las centrales, el riesgo de accidentes y el riesgo de atentados.
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Las centrales nucleares jamás han sido una opción económica competitiva que se haya impuesto en un entorno de mercado, como lo pone de manifiesto el hecho de que todas las centrales en funcionamiento han sido construidas por entes estatales o en entornos de monopolio regulado, en los que el riesgo es asumido por los consumidores y no por los operadores eléctricos que las explotan.
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La energía nuclear está libre de emisiones de CO2 en la fase de generación, pero no lo está en absoluto si se considera todo su ciclo de vida: construcción, combustible, desmantelamiento, residuos, etc.
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En el caso extremo y a todas luces imposible de que se quisiera extender el modelo francés a todo el mundo generando el 80 por ciento de la electricidad mundial con la alternativa nuclear (habría que construir dos reactores por semana durante los próximos 50 años, algo difícil de imaginar), tal escenario de máximos no reduciría el incremento previsto más allá del 35 por ciento.
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Por este motivo se conforma con ser sólo “parte” de la solución.
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Si en algún punto del planeta se está produciendo un verdadero resurgimiento nuclear es en el Lejano Oriente.
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La humanidad se está dirigiendo hacia un callejón que sólo tiene una salida: el precipicio.
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Uno de los mayores retos a los que se ha enfrentado nunca nuestra especie: la construcción consciente y autolimitada de un futuro sostenible.
NOTA DEL EDITOR:
Núria Almirón es una querida colaboradora de ATTAC, prueba de ello es este artículo:
ATTAC: la lucha contra el corazón del sistema
Núria Almiron
Intelectuales, abogados, economistas, estudiantes, jubilados, sindicalistas, funcionarios, profesores de universidad… Los miembros de ATTAC constituyen en sí mismos una elite social. Una elite de ciudadanos formados e informados cuya tarea real prácticamente es desconocida por la opinión pública española. La organización ha alcanzado relevancia relacionada con Francia, donde nació y posee 30.000 miembros, y quizás también con Alemania, donde posee más de 13.000 socios. España está muy lejos de esas cifras, apenas 1.000 miembros que cotizan (aunque posee varios miles que no cotizan). Sin embargo la actividad de la plataforma en España es notable, como lo prueban sus 50 grupos locales; después de Francia y Alemania es quien más grupos locales posee, a pesar de ser el noveno país en número de miembros. Esa elevada cifra de agrupaciones también refleja, no obstante, una enorme fragmentación que exige elevadas dosis de coordinación y organización. Algo que el movimiento no siempre logra, lo que no debería sorprendernos habida cuenta de la audacia de sus propósitos.
Como es conocido, ATTAC (Association pour une Taxation des Transactions financières pour l'Aide aux Citoyens) es un movimiento cuya idea nace en diciembre de 1997 de un editorial de Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique (“Desarmar los mercados financieros”). La plataforma se configura en junio de 1998 en Francia y a partir de ese momento se extiende por Europa y más tarde por el mundo entero (actualmente está presente en 35 países). Francia, no obstante, sigue siendo el motor del movimiento, cuya cifra mundial de miembros se sitúa hoy cercana a los 100.000. ATTAC se autodefine como un movimiento plural, democrático y participativo que persigue devolver el poder a la ciudadanía, de forma que podemos situar a esta organización en el bando de los denominados movimientos anti- o alterglobalización. Pero esa reaproximación no gubernamental del poder al pueblo destaca por encima de todas las demás opciones de los llamados alternativos: ATTAC va a por el corazón del sistema, las finanzas.
Esta organización, cuyo segundo nombre es “Movimiento internacional para el control democrático de los mercados financieros y de sus instituciones”, realiza una doble proeza. En primer lugar es capaz de identificar el problema en toda su magnitud y, al mismo tiempo, sencillez: la pobreza, la desigualdad, las crisis económicas, la explotación, la injusticia en el planeta se debe a la falta de mecanismos democráticos de regulación y control del núcleo de poder del sistema, esto es, de los mercados financieros. Y este problema tiene nombres y apellidos concretos: especulación internacional; paraísos fiscales; opacidad en las inversiones internacionales; ausencia de marcos legales para las operaciones bancarias y financieras, y hasta una preocupante interconexión entre la crisis de la deuda pública de los países en vías de crecimiento y la desregulación de los mercados financieros.
ATTAC tiene la osadía, además, y esta es su segunda hazaña, de situar este ámbito tan distante a la opinión pública en el terreno de la lucha cívica, al nivel más bajo, el de la calle. Esto es, tiene la audacia de poner a las finanzas mundiales sobre la mesa de trabajo de una ONG de base popular y de dibujar un programa de acción para luchar, desde la ciudadanía (no desde despachos de abogados progresistas, asociaciones de profesionales activistas o laboratorios de universidades, únicos reductos donde hasta el momento se abordaba el problema), contra el poder de las finanzas. Su éxito al respecto es alentador, una cantidad pequeña pero creciente —e imparable— de ciudadanos conscientes y solidarios entiende hoy por qué México (1994), el sudeste asiático (1997), Rusia (1998) y Brasil (1999) padecieron las tremendas crisis económicas que padecieron (todas ellas fruto de las maniobras de los capitales especulativos) y por qué la propuesta del premio Nóbel de economía estadounidense James Tobin tiene tanta razón de ser.
Las dos grandes críticas que le hacen sus detractores no se sostienen. La primera, que los mercados financieros no constituyen el gran poder oculto del mundo queda en evidencia cada vez que se constatan las cifras: el importe total de las transacciones financieras internacionales es 50 veces mayor que el valor del comercio internacional de bienes y servicios. El poder del dinero financiero tiene su mejor ejemplo en los EE UU. Este país, el más rico y poderoso del planeta es, a su vez, el más endeudado. La clave equilibradora de su déficit comercial y corriente radica en su primacía financiera: EE UU es el primer emisor de dinero (pasivos) de curso internacional. O lo que es lo mismo, la atracción que ejercen los pasivos financieros (o deudas) que emiten las entidades domiciliadas en su territorio es tal que permite al país más empeñado del mundo liderar la economía mundial.
La segunda gran crítica que se le hace a ATTAC es la imposibilidad de aplicación de la Tasa Tobin sobre los mercados financieros. Esta tasa, cuyo objetivo seria no sólo gravar los movimientos de capitales especulativos sino también desalentar la mera especulación, no podría ser aplicable, según los escépticos, sobre aquellos movimientos más perjudiciales, por la opacidad y falta de transparencia en la que se realizan. El periodista francés Denis Robert, en sus libros Revelaciones y La Caja Negra, desmontó ampliamente esta tesis. La revolución tecnológica que ha acompañado e impulsado a la globalización ha dotado a sus agentes de las plataformas indispensables para poder llevar bien las cuentas de sus clientes. Bastaría con colocar bajo control democrático a las dos grandes cámaras de compensación internacionales (el denominado clearing, ahora bajo supervisión exclusiva y hermética de los propios bancos) para estar en posición de controlar los más importantes flujos de capitales mundiales.
Una larga lista de personalidades de reconocido prestigio apoyan a ATTAC, pero son las decenas de ciudadanos anónimos que luchan por poner a las finanzas mundiales bajo control democrático y por dotar al resto de ciudadanos de una opinión independiente, activa y bien informada en este ámbito, los que sustentan un movimiento que los medios de comunicación y la clase política no debería ignorar. ATTAC da en la diana de los males de este planeta.
© Núria Almiron, publicado en revista Contrastes, número 39, abril-mayo 2005
Marcel Coderch es doctor en Ingeniería Eléctrica e Informática por el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT). Actualmente es miembro del Consell Assessor per al Desenvolupament Sostenible de la Generalitat de Catalunya, secretario de la Asociación para el Estudio de Recursos Energéticos y vicepresidente de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones. Es analista del Real Instituto Elcano, miembro del capítulo catalán del Club de Roma y participa en diversas organizaciones no gubernamentales en defensa de los valores ecológicos y medioambientales. Escribe con frecuencia en revistas y diarios sobre política energética y acaba de publicar "El espejismo nuclear" (Los libros del lince) en el que renueva la crítica antinuclear y en la que informa al público no especializado que la energía nuclear no es la solución, sino parte del problema.
Raúl Barral Tamayo, Lunes