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11 febrero 2012

El FMI debe buscar ideas para el control de capitales

Uno puede oponerse a los controles porque cree que los mercados son una fuerza positiva. O puede oponerse porque piensa que pueden evadirse fácilmente. Lo que no puede hacerse es oponerse porque son costosos e ineficaces. __._,_.___



CAMBRIDGE.- El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha dicho y hecho todo lo correcto desde que se inició la crisis. Ha actuado tan rápido como podría hacerlo una burocracia internacional para establecer nuevas líneas de crédito para países con economías de mercado emergentes golpeados. Actualizó sus condiciones crediticias para acomodarse a estos tiempos. Bajo su capaz director ejecutivo, Dominique Strauss-Kahn, y el distinguido jefe de economistas, Olivier Blanchard, ha sido una voz en favor de la cordura en materia de estímulos fiscales globales, en medio de mucha cacofonía. Para una institución que parecía al borde de la irrelevancia hace no tanto, esto es una transformación importante.
 
Pero ahora Strauss-Kahn está tirando baldazos de agua fría contra las propuestas de gravar los flujos internacionales de "dinero caliente". La ocasión fue la decisión de Brasil de imponer un impuesto del 2% sobre los ingresos de capitales de corto plazo para evitar una burbuja especulativa y una mayor apreciación de su divisa. Cuando se le preguntó sobre el rol de los controles de capitales, Strauss-Kahn dijo que no está casado con ninguna ideología rígida al respecto. Aún así, según el Financial Times, dijo que "el FMI tampoco los recomendaría como una prescripción estándar, dado que tienen costos y por lo general son ineficaces". Desgraciadamente, esto hace que el nuevo FMI suene demasiado como el viejo.
 
Los controles prudentes sobre los flujos de capitales tienen mucho sentido. Los flujos de corto plazo no sólo crean el caos para el manejo macroeconómico interno sino que también agravan los movimientos del tipo de cambio adversos. En particular, los flujos de ingresos de capitales "calientes" dificultan a economías abiertas financieramente como las de Brasil mantener una divisa competitiva, privándolas de lo que es de hecho la forma más potente de política industrial imaginable.
 
Sin duda, al enviar señales contradictorias a los mercados financieros, los brasileños pueden haber fallado en sus intentos por enfriar los flujos de ingreso. El presidente Luiz Inacio Lula da Silva desmintió que se pensara en controles de capitales pocos días antes de imponerlos. Un esfuerzo significativo por influir en el nivel de la divisa requiere decisión para ajustar los impuestos financieros y políticas complementarias hasta que se ven sus efectos. La timidez es contraproducente porque se vuelve en contra.
 
Pero más importante fue el simbolismo de la jugada brasileña, ya que sugiere que los mercados emergentes pueden estar superando su infatuación, condenada al fracaso, con las finanzas externas. Sin duda, como escribieron los economistas Arvind Subramanian y John Williamson, los mercados emergentes merecen la ayuda del FMI para diseñar mejores controles prudentes sobre los ingresos de capitales en vez de que se les pegue una palmada en la mano.
 
Por tanto, fue infortunada la respuesta de Strauss-Kahn de que los impuestos a los flujos de capitales son costosos e ineficaces. También es emblemática la reacción nerviosa que a menudo oscurece los pros y contras de los controles de capital. Uno puede oponerse a los controles de capitales porque cree que los mercados financieros son una fuerza positiva en general y que cualquier interferencia genera por tanto pérdidas de eficiencia. O puede oponerse a los controles porque piensa que pueden evadirse fácilmente y, por tanto, están condenados a ser ineficaces. Lo que no puede hacerse es oponerse a los controles de capital porque son a la vez costosos e ineficaces.
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Dani Rodrik, La Nación

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