Es necesario tomar iniciativas audaces, ser capaces de correr el riesgo de equivocarse y tener que rectificar. No considerar de ninguna manera que los caminos por los que intentemos avanzar son los únicos correctos
1.-INTRODUCCIÓN
Ante la serie de datos que muestran los estragos provocados por el capitalismo en la humanidad y en el planeta, el último argumento de sus defensores es que no hay alternativa. Y, si pensamos en una alternativa global, de aplicación inmediata, una visión realista de nuestro mundo nos obliga a darles la razón. El capitalismo ha fracasado, y el anticapitalismo también. Vidal-Beneyto lo admite claramente: Los que estamos frontalmente contra la explotación capitalista y defendemos la igualdad en y desde la libertad, sabemos que, hoy por hoy, no tenemos una propuesta cabal, ni siquiera una hipótesis válida que poner en su lugar
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Efectivamente el panorama se presenta difícil. Por eso en esta situación me gusta recordar una charla que le oí a Diez Alegría hace más de cuarenta años. Planteaba que quizá la diferencia más profunda entre la mentalidad de derechas y la de izquierdas es la confianza en los seres humanos. Para el hombre de derechas, el capitalismo es la mejor forma de encauzar el radical egoísmo humano y conseguir una sociedad aceptable, en la que se pueda convivir más o menos civilizadamente. No podemos esperar nada mejor de la especie humana. Por el contrario, para la izquierda siempre es posible esperar más de los seres humanos. La humanidad tiene capacidad para alcanzar una forma de convivencia más justa, más fraternal, más placentera y más libre.
Con esta esperanza y teniendo a la vista el dato histórico de que ningún imperio, ningún sistema ha podido perpetuarse indefinidamente, podemos plantearnos el tema de la alternativa al sistema capitalista. Conscientes de que todos los anteriores esfuerzos para sustituir al capitalismo por un sistema más humano han acabado fracasando, lo cual nos obliga a un serio esfuerzo de reflexión para buscar caminos nuevos. Reflexión colectiva, para que sea un avance de toda la humanidad. En este marco de búsqueda común apunto algunas ideas para la tarea de construir la ansiada alternativa.
2.-EL POSTCAPITALISMO
La idea de alternativa al capitalismo ha estado muy ligada a la idea de Revolución, de cambio rápido y total. Derrumbe brusco de todo lo viejo para establecer de golpe una estructura social y económica radicalmente distinta, que desde el primer momento debe funcionar perfectamente. Esta idea estaba en el fondo de la concepción marxista, una revolución que acabaría con las contradicciones de clase y abriría la puerta al soñado paraíso en la tierra.
Dentro de la historia del socialismo también se defendió la vía de las reformas para conseguir una superación del capitalismo. Esta opción suscitó la oposición radical de los que consideraban las reformas paulatinas como un simple parche para tapar las lacras más visibles del sistema, y en el fondo lo que hacían era reforzarlo.
La primera vía se ha intentado durante más de un siglo con un enorme gasto de energías, ilusiones y sufrimientos. Parece bastante claro que ese intento ha llegado a una vía muerta. El percatarnos de que esa revolución en el corto y medio plazo no parece viable, es seguramente una de las razones que fomentan esa sensación de desaliento, de vacío, de desorientación que podemos respirar entre las gentes que aspiramos a un mundo más presentable que el actual.
Y por la otra vía, la de las reformas, hoy los trenes se mueven marcha atrás. El famoso estado de bienestar –que sólo se había conseguido desde hace unas pocas décadas y para un porcentaje muy reducido de la humanidad- se debate de una forma desangelada y triste contra un neoliberalismo que ataca con audacia y seguridad, arrasando sin piedad con todas las conquistas penosamente conseguidas.
Pero al mismo tiempo la crisis actual está poniendo de manifiesto para mucha gente no sólo la necesidad de unas reformas profundas en el sistema capitalista, sino que vuelve a tomar fuerza un cuestionamiento de los principios básicos del capitalismo ¿Qué hacer? ¿Cómo podríamos salir del actual punto muerto?
Creo que sería necesario distinguir claramente cambio radical de cambio revolucionario. El que la vía revolucionaria se vea cerrada no nos obliga a renunciar a unas transformaciones radicales. Y el que las mejoras conseguidas no hayan supuesto un debilitamiento del sistema capitalista, sino que le han ayudado a mejorar su imagen y desmovilizar la oposición, no nos prohíbe imaginar avances graduales hacia una superación del capitalismo. Apuntar a un cambio radical, dando hacia él los pasos que permitan las circunstancias de cada momento. Pasos que, en algunos aspectos, pueden coincidir con las tradicionales reformas socialdemócratas, pero que deben apuntar mucho más al fondo, a las raíces que sostienen el sistema capitalista. Lo que los zapatistas, usando la terminología tradicional, denominan: “la revolución que haga posible la revolución”.
Debemos reconocer que, a pesar del trauma que supone la crisis actual, el tradicional concepto de anticapitalismo está muy gastado, y suena a hueco ante la evidencia de una falta de alternativa concreta. Si seguimos apostando contra viento y marea por un anticapitalismo que se queda en el campo de la pura ideología es muy difícil que ganemos la batalla de la opinión pública. A los persuasivos medios de adoctrinamiento del capitalismo les resulta muy fácil jalear el fracaso de los regímenes comunistas, y presentar a los movimientos antisistema como grupos anclados en un pasado totalmente superado por el avance de la historia. Grupúsculos de nostálgicos radicales que se esfuerzan inútilmente por mantener unas aspiraciones ya rechazadas por la realidad.
¿No sería mucho mejor plantearnos desarrollar un postcapitalismo que fuera avanzando con el avance de la historia, presentándolo como el verdadero y necesario progreso de la humanidad? Sería necesario romper con viejos esquemas para retomar claramente la bandera del progresismo, bandera de la que hoy trata de apropiarse la derecha, presentando como progresistas a los defensores de avanzar en el desarrollo de un neoliberalismo brutal que nos retrotrae, ya no al capitalismo del siglo XIX, sino al viejo régimen anterior a la Revolución Francesa, donde la monarquía y la aristocracia estaban por encima de todo.
Hoy las multinacionales, el gran capital son los que están por encima de todo.
No se trataría de platear la aplicación de una alternativa ideada por una o unas mentes preclaras, sino de abordar la construcción participativa, plural de esa alternativa en diálogo con la realidad, y diálogo entre todos los movimientos que pretenden la superación del capitalismo.
3.-PRIMEROS PASOS
La cuestión es acertar con los avances que son hoy realmente posibles y no se quedan en simples reformas cosméticas del sistema, que lo convierten en más aceptable y le ayudan a superar sus momentos críticos. Modificaciones radicales, no en el sentido de cambios rápidos y espectaculares, sino cambios que afectan a la raíz del sistema.
¿Cuáles podrían ser estos cambios? Buscar una respuesta nos obliga a indagar en las raíces del capitalismo. El capitalismo es un sistema económico, indudablemente, pero es mucho más que eso. Es una cosmovisión, una visión global del ser humano, de la sociedad, incluso de la naturaleza. En la base del sistema económico está una antropología y una filosofía muy concretas. En la famosa obra de Max Weber sobre el espíritu del capitalismo aparecen incluso su relación con las creencias religiosas de las personas. La relación del capitalismo con la religión ha ido evolucionando de tal manera que el mismo capitalismo se ha llegado a convertir en una verdadera religión. Todo ello ha ido formando un tipo humano específico, el hombre burgués, con su racionalidad, sus valores, sus ideales, su cultura, su visión de la vida, su concepción de la riqueza y su idea de la felicidad. Y debemos ser conscientes de la intensidad con que esa mentalidad burguesa impregna nuestra sociedad, toda la sociedad, no sólo las clases privilegiadas, sino las propias víctimas del sistema.
Incluso los adversarios del capitalismo asumieron esa mentalidad. Erich Fromm lo expresa perfectamente: “El socialismo y el comunismo rápidamente cambiaron, de ser movimientos cuya meta era una nueva sociedad y un nuevo hombre, en movimientos cuyo ideal era ofrecer a todos una vida burguesa, una burguesía universalizada para los hombres y las mujeres del futuro. Se suponía que lograr riquezas y comodidades para todos se traducirían en una felicidad sin límites para todos”.
Mientras esa mentalidad se mantenga hegemónica en la sociedad es inútil pretender una alternativa al capitalismo. El capitalismo lo llevamos los hombres y mujeres de nuestro mundo en el fondo del corazón. La radicalidad de la alternativa tiene que estar en ese terreno cultural y ético. Lo cual no quiere decir, ni mucho menos, olvidar los avances posibles en el terreno económico y político. Unos y otros tienen que reforzarse mutuamente.
3. 1.- CAMBIOS CULTURALES Y ÉTICOS
Un paso importante es recalcar la responsabilidad ética de los seres humanos, en contraposición a la irresponsabilidad moral que ha fomentado el capitalismo. Uno de sus principios más básicos es que no importa el que los seres humanos nos movamos por los motivos más egoístas, la mano invisible del mercado convierte todo eso en el mayor bien para la humanidad. Poner de manifiesto la falsedad de ese principio y plantear las exigencias éticas que todo ser humano tiene es un elemento básico en la lucha contra la mentalidad capitalista.
Para el marxismo, que ha marcado decisivamente los esfuerzos para establecer una alternativa al capitalismo, el fundamento del socialismo es científico. Eso me parece consecuencia de la época en que Marx vive y reflexiona. Pero el fundamento último del socialismo sólo puede ser ético. Tenemos que reivindicar con la mayor energía el carácter ético de la oposición al capitalismo. La miseria y la desigualdad de nuestro mundo son totalmente inaceptables desde un punto de vista moral. Y el ser humano es un ser moral. Ineludiblemente tiene que elegir entre el bien y el mal, porque el bien y el mal no los hace el mercado, los hacemos los humanos. La responsabilidad de esa miseria y esa desigualdad es nuestra, no del mercado.
Lo que no podemos dejar de lado cuando tocamos temas éticos y morales es una circunstancia que hace especialmente difícil esta tarea en los países de tradición cristiana. Y es la clamorosa traición de la Jerarquía Eclesiástica a los más fundamentales principios del mensaje de Jesús de Nazaret. Me refiero, por supuesto, a una traición objetiva, creo que la mayoría de los miembros de la actual Jerarquía, a nivel subjetivo, actúan totalmente convencidos de su fidelidad a Dios. Tampoco sería acertado convertir la búsqueda de una alternativa al capitalismo en una lucha contra la jerarquía. “Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos”. Pero me parece importante tomar conciencia del obstáculo que tenemos que superar. Durante siglos los maestros de moral han creado la conciencia de que esta se movía sobre todo en el terreno de la sexualidad y tenía muy poco que ver con la postura del Buen Samaritano. Ellos hablan continuamente de moral, pero las exigencias morales que plantean tienen muy poco que ver con la inhumana situación de nuestro mundo.
3.2.- OTRO BIENESTAR ES POSIBLE
Los planteamientos éticos siempre han ocupado un lugar central en cualquier filosofía. El pensamiento capitalista no puede obviarlos, aunque en su discurso tengan muy poco relieve. En un sentido amplio la ética busca “vivir bien”, lo cual supone, en primer lugar, vivir de una forma honesta y justa, pero también de una forma satisfactoria para la persona, llevar una vida agradable y placentera.
Ya hemos visto que el capitalismo descarga la primera tarea, practicar el bien, sobre el mercado. El mercado con su mano invisible es el encargado de hacer el bien, transformando nuestros propósitos individuales, por egoístas y mezquinos que sean, en el mayor bienestar posible para la mayor parte posible de la humanidad. El mercado es el que hará justicia y retribuirá a cada uno según sus méritos. Nuestra única responsabilidad sería no entorpecer la labor del mercado.
En cuanto al segundo aspecto de “vivir bien”, vivir de una forma placentera, la mentalidad capitalista da por supuesto que la riqueza, y todo lo que con ella se puede adquirir, es lo que nos proporciona el mayor bienestar y felicidad posibles en la vida. Rebatir esta idea de felicidad y presentar una alternativa clara y atrayente a este aspecto de la mentalidad capitalista me parece básico y esencial para conseguir una alternativa global al sistema capitalista. No se puede cambiar el modelo económico, si no cambiamos el modelo de bienestar.
Desarrollaré un poco más este punto. Aranguren afirma que el hombre ante lo único que no es libre es ante su propia felicidad. Podemos poner la felicidad en los sitios más dispares; el budista radical lo pone en la aniquilación del yo, y el multimillonario en un yate de 10 millones de euros. Nadie puede renunciar a ella; la buscan por igual el mártir y el verdugo. Lo mismo la ansía la joven que se mete en un convento de clausura, que la que sale a un escenario para hacer un striptese. Unos piensan alcanzarla por la vía de la renuncia, y otros por la vía de la posesión. Pero todos nos ponemos en marcha tras ella.
Este contraste entre el atractivo insoslayable que ejerce, y la espesa niebla en que se esconde, han hecho de la búsqueda de la felicidad uno de los temas estrella de la reflexión filosófica. Hasta que en esta secular búsqueda de la esquiva felicidad irrumpe el hombre burgués con una fórmula, humanamente muy burda, pero clara y atractiva: “La felicidad se vende, sólo necesitas poder adquisitivo para comprarla. Cuanto más poder adquisitivo tengas, más podrás comprar”. Y si tus posibilidades te permiten llegar a las selectas boutiques donde una chaqueta cuesta 10.000 euros, entonces flotarás por encima de los ángeles.
Esta fórmula impregna el imaginario colectivo de nuestra sociedad. “Vivir bien” es disponer de unos ingresos elevados. Y cuanto más elevados, mejor se vive. Entonces puedes comprar todo lo que se te antoje y darte los caprichos que te dé la gana.
Naturalmente que esta fórmula no resiste el más somero análisis intelectual, pero apoyada en una publicidad abrumadora ha penetrado hasta lo más profundo del cerebro humano, sea el de un neoyorquino y el de un senegalés. Además la fórmula ha tenido que vencer muy pocas resistencias. Las palabras de Erich Fromm que citábamos más arriba: Se suponía que lograr riquezas y comodidades para todos se traducirían en una felicidad sin límites para todos, reflejan la poca oposición que ha tenido en el campo político.
¿Y cuál ha sido la postura de los maestros de moral? ¿Qué han dicho los pastores de la santa Madre Iglesia? ¡Qué se puede decir desde los palacios vaticanos! Han hablado, sí, y hasta alabado mucho un camino de ascesis y renuncia, pero que resultaba bastante triste. Sin embargo ni de lejos han planteado jamás la radical incompatibilidad entre Dios y la riqueza que proclamó Jesús. La jerarquía eclesiástica nunca ha cuestionado seriamente el modo de vida burgués, más bien se la ha visto identificada con la burguesía y sus valores.
La mayor parte de la humanidad venía de siglos y milenios de vida austera, con muy pocos lujos y comodidades, y frecuentes épocas de escasez y calamidades. No es extraño que se sintiera deslumbrada por la sociedad de consumo que el capitalismo ofrece de la manera más seductora. Los criterios y valores, la cultura que se presentaba envuelta en una abundancia tan atrayente fueron admitidos sin la más mínima sospecha de fraude. El modelo capitalista de bienestar se instaló firmemente en el corazón y la mente de nuestro mundo.
Eso ha tenido unas consecuencias muy serias, pues la idea que tengamos de la felicidad condiciona decisivamente nuestras vidas. Si compartimos la visión capitalista de la felicidad, según la cual la búsqueda del máximo de placer se reduce a la búsqueda del máximo de bienes materiales y/o de poder sobre los otros, la fuerza con que la felicidad atrae nos llevará a una visión de la vida humana en la que los seres humanos nos encaminamos forzosamente a procurar todo el aumento de nuestra propia riqueza, pase lo que pase con la felicidad de los demás.
Los llamamientos a la austeridad, a favor de la solidaridad con los marginados de nuestro mundo, o a favor de una conservación del medio ambiente que evite una catástrofe ecológica, forzosamente serán vistos como una renuncia a una parte de mi propia felicidad. Siempre se encontrará gente lo suficientemente generosa para atender esos llamamientos y trabajar para conseguir sociedades más austeras, que no absorban la cantidad de recursos que absorben las nuestras. Pero si esa opción se apoya sólo en un sentido del deber, en la obligación moral de sacrificar una parte de nuestras posibilidades a favor de los demás, difícilmente conseguiremos generalizar esa postura lo suficiente para provocar un cambio en la sociedad. Incluso es difícil para cualquiera mantener durante largo tiempo una actitud que de alguna manera suponga una violencia frente a sus inclinaciones naturales.
Podemos argumentar que el camino del consumo no resulta una vía válida para alcanzar esa felicidad que constituye la suprema aspiración de los seres humanos. Psicológicamente está muy claro que el consumismo desenfrenado al que se nos empuja, presentándolo con los colores más atractivos, lejos de proporcionarnos la felicidad deseada, impide nuestro pleno desarrollo humano, haciéndonos psicológicamente débiles. Nos fija en un estadio infantil, dependientes de todos nuestros deseos y caprichos, y llevándonos a una frustración más o menos consciente.
Ahora bien, lo más importante no es descubrir las falacias que encierra el modelo capitalista de bienestar, sino presentar frente a él una alternativa comprensible y asequible. De poco serviría mostrar lo inútil del consumo para alcanzar la felicidad, si no somos capaces de vislumbrar otros caminos más adecuados. Es, pues, necesario buscar esos otros caminos. Concretamente emprender la búsqueda de un bienestar y una felicidad que sean independientes del nivel de riqueza. Si es verdad, como decía Aristóteles, que no se puede concebir que sea feliz el hombre que padece hambre o frío, también tenemos que poner claramente de relieve que no necesitamos defendernos del frío con un abrigo de zorros plateados ni quitarnos el hambre a base de caviar ruso para gozar de un satisfactorio grado de bienestar. Una vez protegidos del frío y saciado el hambre, entran en juego una serie de elementos que no tienen nada que ver con el caviar o los zorros plateados, y pueden producirnos un bienestar mucho más profundo, auténtico y duradero que el logrado a golpe de billete.
Por el contrario la felicidad tiene mucho que ver con la autorrealización de la persona. Labramos nuestra felicidad cuando nos acercamos a la plenitud de nuestras posibilidades en cuanto a nuestra calidad humana. Cuando llegamos a ser lo que podemos ser. Erich Fromm insiste en este ser, en contraposición al simple tener. Tener es algo que queda fuera de nosotros, ser afecta al fondo de la persona, ahí donde puede residir la felicidad.
Aranguren escribe: "Cuando el hombre llega a ser el que tenía que ser, cuando realiza su perfección y vocación, esta constituyendo el perfil de su existencia feliz". Nos acercamos, pues, a la felicidad cuando nos desarrollamos como personas completas y equilibradas. El polo opuesto al hombre unidimensional que retrata Marcuse, para el cual sólo lo económico es realmente importante, un hombre que tiene atrofiados aspectos fundamentales como persona humana.
Vamos hacia nuestra felicidad cuando cultivamos nuestra inteligencia y alcanzamos un pensamiento propio, crítico y sólido a la vez, no manipulado desde fuera. Cuando desarrollamos nuestra sensibilidad ante la belleza y el arte. Cuando desplegamos nuestra capacidad creadora en un actividad positiva, que pueda dar sentido a una vida humana. Fromm advierte que la felicidad es una consecuencia, un producto que acompaña a determinadas actividades, no algo que pueda buscarse directamente.
Nos acercamos a una existencia feliz cuando diseñamos nuestro propio proyecto vital, en una decisión de nuestra libertad, con sensatez y responsabilidad. Cuando actuamos como seres sociales, conscientes de la importancia de las relaciones humanas en nuestra vida, en nuestro bienestar. Cuando potenciamos nuestras cualidades más positivas, como el amor, la generosidad, el sentido de justicia y la rectitud ética.
Cuando procuramos una psicología sana, liberada de miedos y obsesiones. Sobre la actual obsesión por lo económico y el consumo escribe Manuel Nieto-Sampedro, neurobiólogo: "Nuestro problema fundamental va a ser controlar esa deformación patológica de instinto de conservación que es el ansia de beneficio económico a cualquier precio". Esta deformación patológica de instinto de conservación no es más que miedo a la vida, y un vano intento de protegernos con el dinero y con mil objetos o diversiones que nos defiendan de nuestra inseguridad. Mal camino este para lograr la felicidad, cuando la felicidad lo que nos pide es que le demos sentido a nuestra vida, un sentido coherente con nuestra condición de seres humanos, seres espirituales, libres y con responsabilidad moral.
Tendríamos que empezar fijándonos mucho más en todo lo que hace agradable nuestra existencia, y son cosas que la vida nos ofrece gratuitamente, como el amor, la amistad, la belleza, los paisajes, la capacidad de saber, de jugar y reír. Recuperar la alegría de vivir, que muchos pueblos más pobres económicamente la disfrutan mucho más, mientras que nuestra sociedad la ha perdido, obsesionados por rodear nuestra vida de comodidades y lujos.
Estas ideas básicas nos guían para concretar un modelo de bienestar, distinto del modelo consumista, más capaz de acercarnos a la soñada felicidad, que además sería un bienestar generalizable a toda la humanidad y, por tanto, socialmente sostenible. Al requerir muchos menos recursos también sería realmente sostenible desde el punto de vista ecológico. Y constituiría el cimiento imprescindible para construir la buscada alternativa al capitalismo. Un cimiento que cada uno podemos empezar a poner ya en nuestra vida, sin tener que esperar a ningún cambio que se produzca fuera de nosotros.
3.3.- EN EL CAMPO ECONÓMICO.
El aspecto de sistema económico es el más visible en el capitalismo. Cuando se habla de alternativa al capitalismo es concretamente de este terreno del que se habla. Y es aquí donde, después del fracaso de la experiencia soviética, la izquierda ha quedado totalmente desarbolada. Ha interiorizado de tal manera la derrota, que la izquierda socialdemócrata ni siquiera se atreve a echar en cara al capitalismo el clamoroso fracaso que supone la miseria impuesta a la mayoría de la humanidad.
Ciertamente no tenemos hoy una completa alternativa económica. Y seguramente sería un error pretender tenerla. Es demasiado compleja la vida económica de nuestro mundo para que pretendamos diseñar a priori un esquema fijo al que deba ajustarse.
Teniendo clara la dirección en que queremos marchar: un mundo en que la economía esté al servicio de todos los seres humanos, donde se puedan vivir los grandes principio de libertad, igualdad y fraternidad, la estructura económica acorde con esos objetivos es necesario que se vaya construyendo de una forma progresiva, en un esfuerzo colectivo de avance de toda la humanidad.
Pero eso no quiere decir que no estén claros algunos pasos que ahora se podrían y se deberían dar. Con motivo de la crisis económica hay un práctico consenso en la mayor parte de la humanidad en que es necesario un cierto control del capital financiero. Desde luego habría que acabar con los paraísos fiscales y con todas las normas y estructuras que permiten una opacidad total al gran capital. En este terreno podemos ver las iniciativas que propone ATTAC, orientadas a una democratización real del mundo financiero.
Es importante también la defensa de los servicios Públicos frente al afán privatizador de los neoliberales más fanáticos, que no se ha calmado ni a la vista del clamoroso fracaso del neoliberalismo financiero. Concretamente en Madrid sufrimos el tsunami privatizador lanzado por la Presidenta de la Comunidad. Los Servicios Públicos son elementos esenciales de ese Estado de Bienestar al que llegaron los intentos socialdemócratas de reformar el capitalismo. Este estado de bienestar por supuesto habría que mantenerlo dentro de cualquier alternativa que se pretenda, pero teniendo mucho cuidado para no confundir el Estado de Bienestar con el modelo de bienestar burgués del que he hablado antes. Uno y otro trataron de realizarse en los países más ricos de Europa a finales del siglo XX sin caer en la cuenta de la contradicción radical que hay entre uno y otro. El Estado de Bienestar pone en primer lugar la idea de solidaridad, de bien común. El bienestar de cada persona se apoyaría en una sociedad solidaria que procuraría una redistribución de los bienes y aseguraría a cada uno de sus miembros la posibilidad de llevar una vida digna en cualquier circunstancia. Por el contrario el modelo de bienestar burgués es el propio de la mentalidad egoísta, individualista, insolidaria y competitiva propia del capitalismo. El conflicto tenía que llegar.
En la defensa de los Servicios Públicos, y en general del Estado de bienestar, habría que evitar también la burocratización propia de una completa estatalización. Luis Enrique Alonso llega a escribir en la revista EXODO que “los servicios públicos serán participativos o no serán”. Esto nos obliga a fomentar el sentido de responsabilidad de la población y estimular su participación en todas las esferas de la vida pública.
Es muy importante trabajar por la democratización de los medios públicos de comunicación, para que las ideas alternativas puedan ser expuestas y debatidas ante la opinión pública. También el esfuerzo para consolidar los medios de comunicación alternativos.
3.4.- EN EL CAMPO POLÍTICO.
Hoy existe una corriente de pensamiento, reflejada por ejemplo en el libro “Cambiar la sociedad sin alcanzar el poder” con la que compartiría una gran parte de su enfoque. Efectivamente lo primero es la batalla por la hegemonía ideológica. Pero creo que eso no supone abandonar totalmente el terreno específicamente político. Me parece que el campo político es ineludible no sólo porque es a través de la acción política como pueden concretarse los cambios en la sociedad, sino porque la misma lucha por el cambio ético y cultural debe darse también en el terreno político. Es, pues, necesario alcanzar un cierto poder político. Pero también está muy comprobado lo fundado del dicho: “El poder corrompe”. Cuando nos encontramos con una situación, como ocurre ahora, en que los partidos políticos no tienen poder para introducir cambios sustanciales en el sistema económico ante el chantaje de los poderes económicos, pero desgraciadamente tienen sobrado poder para corromperse, la solución no es fácil.
El intento realizado en España con Izquierda Unida, para construir una fuerza política de los ciudadanos y ciudadanas, no profesionalizada y auténticamente democrática, parece que ha fracasado por la presión de un aparato demasiado atento a su participación en el poder institucional. Por otra parte, la variadísima constelación de grupos de la izquierda radical tiene sobradamente demostrada su incapacidad de alcanzar una mínima incidencia en la sociedad.
¿Qué salida queda? Esa es nuestra gran asignatura pendiente. Sugiero algunas características que, a mi modo de ver, debería tener una formación política capaz de abordar las tareas apuntadas más arriba. Sería una formación que distinguiera claramente el horizonte al que se tiende, la superación del sistema capitalista, de los avances a los que hoy una visión realista de nuestro mundo permite aspirar. Es decir, un planteamiento postcapitalista, claramente diferenciado del estéril anticapitalismo y de la resignada aceptación de las estructuras capitalistas. Tendría que renunciar de una manera expresa a ocupar cualquier parcela de poder dentro de las instituciones de un Estado totalmente condicionado por el poder económico. Se trataría de “recuperar a Montesquieu”, diferenciar claramente el poder ejecutivo del legislativo. Descartar cualquier participación en el poder ejecutivo para centrarse en una labor parlamentaria que sirva de altavoz para sus ideas y permita proponer las modificaciones legislativas que más acerquen a una sociedad postcapitalista, pero sin atarse a compromisos de gobierno ni de apoyo a nadie. Estructura democrática donde se vea normal el pluralismo de opciones dentro de unos objetivos comunes. Visión de los problemas desde la óptica de los ciudadanos normales, no de los políticos profesionales. Para intentar conseguirlo los órganos directivos estarían constituidos sólo por personas no liberadas.
Sea con esta fórmula o con otra, es necesario tomar iniciativas audaces, ser capaces de correr el riesgo de equivocarse y tener que rectificar. No considerar de ninguna manera que los caminos por los que intentemos avanzar son los únicos correctos, y que los que eligen otros son unos desviacionistas, unos insensatos o unos traidores. Asumir el principio de complementariedad como una riqueza del movimiento hacia otro mundo posible.
“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”
Antonio Zugasti, Attac Madrid, Frontera