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<meta NAME="GENERATOR" CONTENT="Microsoft FrontPage 3.0">
<title>La ilusión neoliberal</title>
</head>

<body>
<p align="center"><a href="http://www.attacmadrid.org"><img src="/images/cabecera.jpg" border="0" alt="attac Madrid http://www.attacmadrid.org"></a></p>

<font SIZE="4"><i>

<p ALIGN="right"></i></font><small><a href="default.htm"><strong><font color="#990033">observatorios/renta
básica</font></strong></a></small><font size="3"><i></p>
</i></font>

<p><font SIZE="4"><b>Con autorización expresa de la editorial Debate, reproducimos la
sección del último libro de René Passet, presidente del Consejo Científico de Attac
Francia, dedicado a la cuestión de la Renta Básica.</b></font></p>
<font SIZE="5"><i>

<p ALIGN="CENTER">La ilusión neoliberal</i>, René Passet, editorial Debate, 2001</p>

<p ALIGN="CENTER">Traducción de María Victoria López Paños</p>
</font><font FACE="Arial"><b>

<p ALIGN="CENTER">III. Del saqueo al reparto: ¿por qué una &quot;renta mínima
personal&quot; garantizada?</p>
</b></font><font FACE="Arial" SIZE="3">

<p ALIGN="JUSTIFY">El vínculo con la reducción del tiempo de trabajo es evidente. Dado
que el capital no consigue ya emplear productivamente el conjunto de las capacidades de
trabajo, André Gorz recala en la disociación entre el derecho a percibir rentas y el
empleo: &quot;<i>Lo que el capitalismo ha confundido de modo artificial podrá ser
nuevamente disociado: el derecho a unos ingresos suficientes y estables no tendrá que
depender ya de la ocupación permanente y segura en un puesto de trabajo; la necesidad de
actuar, de decidir, de ser estimado por los demás no tendrá ya que revestir la forma de
un trabajo encomendado y remunerado</i>&quot;.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">&nbsp;</p>
<i>

<p ALIGN="JUSTIFY">1. Las razones de ser</p>
</i>

<p ALIGN="JUSTIFY">Por un lado, la máquina expulsa al hombre del aparato productivo y,
por otro lado, los incrementos en productividad que asociados con esta automatización
generan unos excedentes tales que ya no los absorben los mercados. En el sector agrícola,
las administraciones han llegado a gravar las producciones y a subvencionar las tierras
improductivas o la destrucción de cosechas, mietras crece la penuria de los desempleados.
Hay hombres que se quedan sin trabajo para que se acumulen excedentes de los que no
podrán dar cuenta. </p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Como ya sabemos, la productividad marginal de un factor considerado
aisladamente pierde todo su sentido y, simultáneamente, desaparece la contrapartida que
justificaba su retribución. Al mismo tiempo, a la población tradicionalmente inocupada
-enfermos, niños, ancianos- se agrega la masa creciente de los sujetos despedidos de su
trabajo, otros tantos individuos que no va a tolerarse que mueran de inanición junto a
toneladas de productos sin salida en los mercados. Puesto que las máquinas fabrican
objetos que no compran, será menester que los hombres est´n en condiciones de
adquirirlos.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">El problema del reparto se desplaza desde el plano de la justicia
conmutativa al de la <i>justicia distributiva</i>. No obedece al azar el hecho de que,
aumentando desde un 12% escaso en 1949 a un 30% en 1998, el porcentaje correspondiente a
las prestaciones contributivas no deje de crecer en el PIB. A partir de esto, una parte
importante de los ingresos familiares se financian con independencia de que se participe
en el esfuerzo productivo.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">La cuestión del &quot;mínimo personal garantizado&quot; -&quot;<i>renta
por la condición de ciudadano</i>&quot;, como lo llaman otros- ,que se veía llegar desde
hace varios años, se manifiesta hoy sin ambages. Y según parece no va a ser algo
transitorio.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Paradójicamente, la idea de una renta socialmente garantizada no es
ajena al pensamiento liberal: en el siglo XIX la &quot;dotación inicial&quot; de los
primeros actores liberales y el &quot;impuesto negativo&quot; de Milton Friedman (por el
cual los más desfavorecidos, en lugar de pagar el impuesto, recibirían un complemento de
renta que les asegure unos ingresos mínimos) subordinan, con el máximo rigor, el libre
juego de las leyes del mercado a la satisfacción previa de las necesidades de
reproducción del recurso humano. De hecho, formulada de maneras diversas, la idea existe
en todos los tiempos y anida en todas las corrientes de pensamiento: &quot;<i>Quien no
trabaja comerá de todos modos</i>&quot;, escribe André Gorz en 1986; por las mismas
fechas Guy Aznar habla de <i>la sociedad a tres bandas en materia de renta</i>; Y. Bresson
y Ph. Guilhaume plantean la reconciliación de la vertiente económica y social mediante <i>el
participat</i>; Henri Guitton defiende una <i>renta de subsistencia</i> y Ph. Van Parijs
justifica la creación de una <i>asignación universal</i>.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Las justificaciones teóricas varían en función de las épocas y sus
partidarios: Son de orden económico y social.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Justificaciones sociales; en 1889, en una célebre conferencia
pronunciada en Ginebra, el fundador de la escuela solidaria, Léon Bourgeois, justifica la
creación de un <i>salario mínimo existencial</i> en la necesidad de corregir la
injusticia de un sistema social que a unos les facilita ventajas -que se encuentran- y a
otros el peso de unos perjuicios de los que tampoco son responsables; en 1946, para
Jacques Duboin &quot;<i>el derecho a los productos y a los servicios depende únicamente
del hecho de pertenecer a la raza humana</i>&quot;. En la actualidad, según la revista de
MAUSS (Asociación anti-utilitarista en las Ciencias sociales) y su cabeza visible A.
Caillé, la creación de ua renta semejante es una exigencia de la democracia: &quot;<i>Si
la adopción de un mínimo personal garantizado ha de afianzarse, esto sólo será viable
si se produce juntamente con una redefinición del concepto de ciudadanía. En otras
palabras, que esta percepción no se efectúa de modo pasivo, como tal mínimo
garantizado, sino de modo activo, como una renta por ser un ciudadano</i>&quot;.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Justificaciones económicas: en 1776 T. Paine afirma que la tierra es
un don de la naturaleza cuya fecundidad depende de las fuerzas naturales y cuyos frutos,
por consiguiente, han de distribuirse entre todos los hombres; en 1937 el socialista Oscar
Lange apela al carácter colectivo del capital constituido por el trabajo de todos pero
cuyos rendimientos son patrimonio exclusivo de unos pocos; actualmente, Y. Bresson y Ph.
Guilhaume apelan a un valor de utilización del tiempo que serían cuantificable e igual
para todos los individuos. Frente a los argumentos precedentes -el primero y el segundo se
apoyan en el carácter de bien común del factor de producción fundamental de la época-,
el último resulta menos convincente. Si el tiempo podía, en efecto, tomarse como un
indicador de valor económico aceptable en una época donde el trabajo manual
&quot;simple&quot; era la regla, no ocurre lo mismo actualmente. </p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Nuestra tesis construye sobre el carácter de bien colectivo que tiene
el producto nacional. Ya sea directamente, ya sea por intermediación de la inversión
inmaterial, el trabajo intelectual se ha convertido en el factor estratégico del
desarrollo; el saber, nacido del esfuerzo de las generaciones que nos han antecedido tanto
como de la cooperación internacional contemporánea, representa un patrimonio universal,
un bien común cuyos frutos, en lugar de estar reservados a quienes disfrutan del
privilegio de acceder hasta ellos, deben asegurar a todos la satisfacción de sus
necesidades básicas. Por otra parte, como ya sabemos, el refuerzo de los lazos de
interdependencia, en la actualdad, convierte a cada ciudadano en agente -con un derecho,
por lo tanto- de la formación del producto nacional. Todo ciudadano, esté o no parado,
puesto que nos aseguran que el despido es necesario para los logros del aparato
productivo.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">&nbsp;</p>
<i>

<p ALIGN="JUSTIFY">2. Las modalidades</p>
</i>

<p ALIGN="JUSTIFY"><i>En el campo de las modalidades</i> de una renta de este tipo se
suscitan dos cuestiones: ¿debe reservarse su asignación a los más desfavorecidos,
dejándola subordinada a los aspectos que afectan al nivel de ingresos y estableciendo
unas contraprestaciones (bajo la forma de actividades sociales) para sus perceptores?</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Destinada a los más desfavorecidos o a disposición de todos. El
sistema Friedman, por ejemplo, consiste en una recaudación (impuesto positivo) que se
efectúa sobre las rentas que superan un mínimo social convencionalmente definido para
llevar a efecto una redistribución diferencial (impuesto negativo) a favor de quienes
tienen los ingresos más bajos, nivelando así dicho mínimo vital.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">En cambio el dividendo universal que defiende Ph. Van Parijs se define
como &quot;<i>una renta pagada por un tiempo ilimitado, a cada ciudadano, sin un control
de sus ingresos y sin la obligación de estar solicitando trabajo</i>&quot;. Sin entrar en
los detalles técnicos, se subrayará que esta segunda concepción corresponde al
carácter universal del saber y al carácter colectivo del producto nacional mediante los
cuales se ha justificado la propia institución. Además suprime toda evidencia de
pobreza, generalmente vivida -con o sin motivo, el problema no radica ahí- de modo
humillante. Elimina cualquier comprobación de contrapartida y no incita a disimular o a
reducir la participación que fuere en el esfuerzo productivo del país, puesto que el
carácter íntegro de las ganancias vinculadas al trabajo de cada cual le pertenecen por
entero. <i>Es de un dividiendo universal y sin condiciones, acumulable a una renta del
trabajo, de lo que estamos hablando</i>.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">La cuestión de la cuantía está ligada con la de sus posibles efectos
perversos. Sobre el particular hay dos enfoques que representan exigencias igualmente
esenciales pero que desembocan, sin embargo, en recomendaciones contradictorias. En primer
lugar, los que podríamos llamar <i>minimalistas</i> subrayan la necesidad de una
asignación bastante reducida para no fomentar una pereza que podría generar una sociedad
dicotomizada donde los unos participarían en el esfuerzo social mientras que los otros se
conformarían con el mínimo garantizado. No obstante, los estudios de campo parece que no
corroboran este temor. Xavier Greffe, examinando los resultados de algunas de estas
investigaciones, concluye que &quot;<i>la relación no se comprueba casi nunca</i>&quot;.
Esta dependencia, cuando existe, se mantiene en unos límites moderados: así, un estudio
realizado en el marco de una experiencia sobre un mínimo de renta garantizado -en Nueva
Jersey, Estados Unidos, en 1966- pone de manifiesto una tendencia débil -algo más
significativa en el caso de las mujeres que entre los hombres- a reducir la oferta de
trabajo, mientras crece la demanda orientada a reactivar los mercados de bienes duraderos.
</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">&quot;<i>Disociar el esfuerzo y la remuneración equivale a atentar
contra las virtudes del trabajo</i>&quot;, sentencian los tartufos sin tacha del
sistema... antes de preconizar una política de despidos que condenará a los hombres a
malvivir de una asignación percibida precisamente porque no trabajan. La ruptura dualista
-unida al hecho de que unos se beneficiarían de un empleo mientras que los otros se
entregarían a los placeres del desempleo- ¿no se está cumpliendo ya, de una manera más
sombría, en una sociedad donde campan al alimón el subempleo y la exclusión? ¿Cabe
poner en un mismo plano la jubilación voluntaria de quienes prefieren dejar de trabajar y
la marginación obligada que resulta de la extensión del paro?</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">En un primer momento A. Gorz rechazaba, en el nombre de una exigencia
de altos vuelos éticos, la idea de una asignación universal sin contrapartida: &quot;<i>Mi
derecho</i>, escribía, <i>es el deber de los demás hacia mí y mi deber hacia ellos</i>&quot;.
No hay derecho, pues, que no vaya acompañado de una obligación social. Hoy está
vinculado con la idea de una renta universal, con la condición fuertemente y justamente
subrayada de que se trate de una <i>renta suficiente</i> para preservar la libertad de los
trabajadores a la hora de aceptar o rechazar las condiciones de trabajo que se les
ofrecen. Una asignación que no cubra sus necesidades básicas no les eximiría de la
obligación de emplearse al margen de las condiciones: al estar sufragados parcialmente
sus gastos existenciales por la sociedad, las empresas podrían contratar trabajadores con
salarios reducidos al mismo tiempo que se beneficiarían de la mayor flexibilidad que
implica una mano de obra transitoria que reclutarían, o no, en función de sus
necesidades; en suma, sería la empresa quien se beneficiaría de la asignación, no ya el
trabajador. Sin duda en esta exigencia de unos ingresos suficientes radica la diferencia
fundamental con la concepción de Friedman del impuesto negativo: por un lado, es la
protección del trabajador la que se toma en cuenta; por otro, la reducción de los costes
de producción.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">El salario mínimo, declaran los autores que siguen la estela de
Friedman, al estar asegurado con independencia de cualquier trabajo, comportaría que la
retribución por trabajar ya no tuviera que estar regulada y se rigiera exclusivamente por
la ley de la oferta y la demanda. Las empresas podrían entonces disminuir las
remuneraciones tanto como fuera menester para asegurar la ejecución de tareas con una
baja productividad marginal y el empleo crecería proporcionalmente; esta flexibilidad
haría más resistentes a las empresas recién creadas o en dificultades, ya que
armonizaría los sueldos con sus posibilidades. En este enfoque cabe reconocer las
prácticas más abominables que se derivaron de las &quot;<i>Poor Laws</i>&quot;
británicas en función de cómo se concibió el Gilbert´s Act de 1767. Las
&quot;ventajas&quot; enumeradas en el párrafo, contempladas desde la barrera de los
asalariados, representan efectivamente, <i>mutatis mutandis</i>, los correspondientes
vicios del sistema que, en la Inglaterra del siglo XIX, llegaron a producir una auténtica
cultura de la pobreza agravada por la segregación (la reclusión en las <i>workhouses</i>)
y la marginación social, hereditaria, de los más desfavorecidos. Hay que releer a
Dickens.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">En el polo opuesto, unos ingresos dignos introducen nuevos grados de
libertad en la sociedad. Todos los ciudadanos hallan en su seno auténticas oportunidades
para elegir -modulables- entre trabajo, actividades de ocio, estudios, actividades
sociales o una combinación de todo ello. Cada cual puede diseñar así su recorrido vital
según lsu visión del mundo. En lugar de la dicotomía actual entre quienes tienen un
puesto de trabajo y quienes están desposeidos de él, se establece una solución de
continuidad entre quienes optan por no trabajar, quienes lo hacen a tiempo parcial,
quienes trabajan la jornada completa y los que se mueven libremente más allá de estos
supuestos. Expresado en términos de un cambio drástico, el paso a la jubilación nos
trae a la memoria el número en el que el humorista Roland Magdane se preguntaba muy serio
qué podía ocurrir dentro de una lata de conserva en la cortísima fracción de segundo
que precede a la fecha de caducidad. No obstante, con una renta garantizada suficiente, el
tránsito se efectúa de modo progresivo y no tiene por qué ser irreversible. La tasa de
empleo ya no ha de medirse con relación al número de sujetos ocupados -y la noción
tradicional de pleno empleo pierde entonces toda su carga: reflejará el número de horas
trabajadas en una colectividad durante un período de tiempo determinado: por día,
semana, mes o año.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">&nbsp;</p>
<i>

<p ALIGN="JUSTIFY">3. La viabilidad</p>
</i>

<p ALIGN="JUSTIFY">El que sea algo financieramente posible depende en una gran medida,
desde luego, de lo que se entienda por una &quot;renta suficiente&quot;. Por definición
ésta debe satisfacer las necesidades básicas -una noción que varía según los lugares
y las épocas- a fin de posibilitarle a cada individuo la opción de no vender su trabajo
sea cual fuere la condición; ahora bien, debe ser lo suficientemente modesta como para no
incitar al parasitismo. La noción de umbral de pobreza- definido por unos ingresos
equivalentes a la mitad de sueldo medio por habitante del país -armoniza
satisfactoriamente, según parece, el conjunto de tales requisitos. Es, al mismo tiempo,
inferior al Salario mínimo interprofesional y supera la prestación social no
contributiva, quedándose prácticamente a mitad de camino entre el uno y la otra. A
quienes puedan escandalizarse con el nombre, hay que aclararles que se trata de un
estadístico que se maneja con frecuencia y que no se está hablando aquí de un ideal
social, sino de unos ingresos básicos que cada cual puede incrementar con su esfuerzo
personal. Se la acepte o no, esta concepción reúne por lo menos la ventaja de permitir
el cálculo - muy aproximado, sin duda- del esfuerzo que supondría llevarla a la
práctica.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">No le otorguemos a los números que van a seguir más valor que el de
un ejercicio destinado a reflejar la viabilidad del proyecto. La asignación no podrá ser
la misma para quienes tienen una familia a su cargo que para quienes viven a expensas de
la suya. Supongamos entonces que cualquier francés mayor de veinte años dispone de una
asignación anual equivalente al umbral de pobreza (39.800 francos en 1994) y el que tenga
menos de veinte años la mitad de la cantidad anterior: para simplificar, 40.000 y 20.000
francos respectivamente. Considerando la composición demográfica del país, el coste
total de una asignación universal establecida sobre dichas bases hubiera sido, en 1996,
de 2 billones y 27.500 millones de francos.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Teniendo la referencia del coste ¿cuáles serían las fuentes de
financiación?</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Las partidas que derivarían de suprimir la parte del sistema de
protección actual por el que la renta garantizada supondría una duplicación; según la
clasificación francesa, se trataría esencialmente de las ayudas por maternidad-familia,
empleo, planes de pensión combinados con seguro de vida, aunque se respetarían las
partidas de atención sanitaria, así como las prestaciones de los servicios sociales que
se corresponden con los gastos por ingreso en los hospitales públicos (con ello tampoco
facilitaríamos demasiado la demostración de que es &quot;factible&quot;). Por lo tanto,
deduciendo los costes de gestión y ciñéndonos a las cifras suministradas por el INSEE
en 1996, la suma se eleva a 1,529 billones de francos. La diferencia de 498.500 millones
de francos respecto al coste del sistema representa un 6,35% del PIB. Sin ser una
bagatela, el porcentaje tampoco es desmesurado. Sobre todo si se considera que la
sustitución por un sistema único y simple del dispositivo actual de protección social
-complejo, incoherente y de una eficacia muy relativa- equivaldría sin duda a economizar
en materia de costes de gestión con relación al sistema vigente, cuyos gastos eran de
104.000 francos en 1996.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">La financiación mediante tributación de la diferencia que queda por
cubrir entraña el doble mérito -por lo menos, teórico- de estar respaldada por el
conjunto de los ciudadanos y de poder adaptarse al nivel de ingresos de éstos. No
obstante, no estaríamos hablando exactamente de financiación en este contexto, sino de
reforzamiento de la carga financiera. La cuantía de las retenciones en Francia ha
aumentado desde el 35,1% del PIB en 1970 al 44,9% en 1997 y al 45,3% en 2000.
Incrementarlas en 500.000 millones de francos equivaldría a elevar el porcentaje hasta un
51%. Sobre el particular coexisten dos argumentos que recusaremos. Por un lado, el del
colectivo Fourier que se plantea, en el caso de Bélgica, que el límite fiscal pase del
48,3% al 61,2%, sin más, nos dicen, pretextando que las cantidades recaudadas se
redistribuirían, como si el tránsito de semejante porcentaje del producto nacional por
las arcas públicas pudiera ser neutro y estar desprovisto de cualquier efecto perverso en
contra del aparato productivo: planteado de este modo, no existiría límite alguno para
la facultad recaudatoria del Estado... cuya función consiste en volver a gastar
(frecuentemente, bastante más de) lo que ingresa. Por otro lado, el argumento de Keith
Roberts, donde se sugiere que podrían existir formas de financiación como el IVA,
impuesto que, al repercutirse sobre el consumidor, no grava directamente el aparato
productivo; no obstante, cualquier deducción termina por revertir sobre el PIB y el
impuesto, si se repercute como nos lo aseguran, o bien afectará al salario, por lo tanto
gravará el precio de producción, o si no lo afecta al salario, se traducirá en una
merma del poder adquisitivo, por lo tanto afectando la demanda de los consumidores.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">En cuanto al enfoque de asignar al financiamiento de nuestra renta
garantizada los ingresos específicamente resultantes de aplicar el impuesto Robin o la
ecotasa, sólo se contribuirá a enredar las cosas: en primer lugar porque se difuminarán
sus objetivos (lucha contra la especulación financiera, en el caso del primero;
prtoección del medio ambiente, en el caso de la segunda) en un conjunto de
consideraciones que les resultan ajenas y, luego porque se asigna el producto de una
determinada recuadación a las acciones más dispares... como si su aplicabilidad fuera
indistinta. Desde el momento en que los impuestos equivalen prácticamente a la mitad del
PIB de una nación, más que por incrementar la carga fiscal sería preferible preocuparse
por aliviarla. </p>

<p ALIGN="JUSTIFY">El ingreso llamado &quot;robótico&quot; o &quot;tecnológico&quot;,
que defiende Dominique Taddei, se adecúa más a nuestra idea. Hemos comprobado la
relación que existe entre la reducción del tiempo de trabajo, para la cual fue concebida
la máquina, y la instauración de un ingreso equivalente al mínimo de subsistencia. Pese
a su denominacón, no está vinculado con el capital técnico, sino con la propia
organización del proceso de producción; es decir, con la inversión intelectual y la
información. Depende pues de este patrimonio universal cuyos frutos, que no son
imputables a uno u otro factor productivo, deben distribuirse en realdad entre el conjunto
de la colectividad. Cuando su autor le confiere la posibilidad de remunerar treinta y
nueve horas de un trabajo reducido a treinta y cinco, las cuatro horas de diferencia -
absorbidas por una colectividad que ni quiere incrementar la carga para las empresas, pero
tampoco disminuir el poder adquisitivo de los asalariados- materializan una lógica de
renta social independiente de cualquier contrapartida en trabajo directo. Esto representa,
en principio, bastante más que los 498.500 millones de francos que no se cubren con la
eliminación de una parte del sistema social vigente, pero cabe preguntarse si las
múltiples reestructuraciones internas de las empresas, promovidas por la aplicación de
la ley de las treinta y cinco horas, no habrán ya recortado fuertemente tal margen de
maniobra. </p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Finalmente queda el factor tiempo, con el que el sistema se aliaría
para quedar progresivamente instaurado. Porque si el dividendo universal representa el
ideal que hay que alcanzar, puede no ser un acierto empezar por la casa por el tejado.
¿No sería aconsejable comenzar con los más desfavorecidos (el 10% de los hogares cuyos
ingresos están por debajo del umbral de pobreza); con algunas profesiones de riesgo (las
artísticas, por ejemplo) o con aquéllas que, como la agricultura a pequeña escala,
cumplen una función no remunerada de conservación del medio natural? Avanzar luego
según el ritmo de las posibilidades crecientes del país. Nuestra meta es, como máximo,
el 6,35% del PIB; éste, al ritmo moderado de un 2% anual, se incrementa casi en un 22% y
en un 48,5% en veinte años. Necesitando disponer de 498.500 millones en valor absoluto,
¿sabemos que, en la última década, el PIB se ha incrementado en 1.350.000 millones? </p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Esta progresividad a lo largo del tiempo, que tanto contribuye a la
viabilidad del sistema, relativiza el interés concreto, inmediato, del debate -
fundamental, por el contrario, en el plano de los principios- que versa sobre el carácter
universal o no universal de la renta garantizada. La evolución que corresponde a la
lógica de un sistema caracterizado por el refuerzo de los lazos de interdependencia ya ha
arrancado: la parte de prestaciones sociales en el PIB, que representaba un 12 % en 1949,
llegaba al 30% en 1998; varios países, sobre todo europeos, han creado unas figuras - en
Francia, el Salario mínimo interprofesional - que pueden ser precursoras de lo que, en un
futuro y bajo diversas formas, llegará a convertirse en una auténtica renta mínima
garantizada.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Estamos hablando, insisto, de distribuir y no de redistribuir. Despunta
el momento en que, en una sociedad donde la robótica llevará a cabo el trabajo, la renta
universal se habrá convertido en la fuente principal de ingresos que cada cual podrá
completar con otros ingresos procedentes de una actividad de libre acceso. El contrato de
trabajo con una duración determinada, justamente denostado en el contexto de precariedad
actual, se convertiría entonces en la modalidad normal que permitiera a cada parte-
empleador o empleado- establecer temporalmente unos lazos profesionales. &quot;<i>Atenas
sin los esclavos</i>&quot;, decía Valaskakis en el pasado; la expresión, que resulta
afortunada, destaca la notable diferencia que se establecería con respecto a la gran
ciudad antigua: mientras una minoría de ciudadanos podía alcanzar su plenitud gracias a
una mayoría de esclavos cuya existencia no solemos mencionar siquiera, serían todos los
hombres los que accederían a la ciudadanía, mientras que las máquinas ocuparían el
lugar de los siervos.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Lo que tenga que ocurrir, ocurrirá. Lo que se cumplirá, contra
vientos y mareas, va a ser tanto la sustitución del hombre por la robótica como la
desvinculación de los ingresos con relación al trabajo, de resultas del carácter cada
vez más colectivo del acto económico. </p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Pero lo que no figura en ningún sitio es el modo en que ello se hará.
Todo depende, en este punto, de los hombres. Podemos continuar administrándonos en un
clima de incomprensión y acumulando medidas puntuales que van a contracorriente, como el
alargamiento de la vida activa, los recortes de plantilla, el mercantilismo a ultranza, el
desmantelamiento de la protección social. Entonces será a través del subempleo y el
pago de las correspondientes prestaciones como se reflejarán la sustitución del hombre
por la máquina y la socialización de los ingresos. Pero también cabe la alternativa de
intentar comprender las líneas de progreso y guiarlas. La pregunta es sencilla:
¿queremos ir haciendo el futuro en un clima de coherencia y armonía o preferimos
soportar el camino en medio del desorden, la injusticia y el sinsentido de los sacrificios
a fondo perdido? </p>

<p ALIGN="JUSTIFY">&nbsp;</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">&nbsp;</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">&nbsp;</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">&nbsp;</p>
</font><font FACE="Arial" SIZE="4"><b>

<p ALIGN="CENTER">PERSPECTIVAS</p>
</b></font><font FACE="Arial" SIZE="3">

<p ALIGN="JUSTIFY">&nbsp;</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Cuando estoy finalizando el libro, un huracán -una más de las
catástrofes naturales cuya mayor ocurrencia probablemente se relacione con los cambios
climáticos inducidos por las actividades humanas- ha abatido 300 millones de árboles en
los bosques de Francia arrancándolos de cuajo. Una nueva marea negra ha asfixiado en
petróleo a una población de entre 100.000 y 300.000 aves, pertenecientes a las más
nobles especies. A punto de girar el milenio, la naturaleza nos envía simbólicamente
señales de emergencia, anticipándonos una visión difuminada del negro horizonte donde
nos sumergiremos si perseveramos en la inconsciencia. Pero los protagonistas a quienes
dirige de modo especial sus advertencias hacen oídos sordos. &quot;<i>Todo esto</i>,
comenta uno de los aludidos, <i>más bien resulta positivo para el producto interior bruto
del país; entre 20 y 25.000 millones de francos habrán de ser inyectados en la economía
doméstica: en casa va a ser necesario trabajar a toda máquina en los meses venideros</i>&quot;.
Era sin duda el discurso diplomático que requerían las circunstancias. Cada cual sabe,
efectivamente, que &quot;<i>cuando la casa marcha</i>&quot;... Se expresan al modo como
sus antecesores destacaban en el pasado las virtudes de una &quot;buena guerra&quot;...
desde la perspectiva de los beneficios. </p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Ante tamaños disparates, ¿nos declararemos inermes? Cuando las causas
adquieren tal cariz necesitan quienes las defiendan. Cuando la voz del hombre se reduce a
un hilo tenue hay que velar para que sea oída, sin permitir que se apague. Cuanto más
minoría se es, más hay que resistir. Este combate, en última instancia, tampoco es a la
desesperada. Podría ocurrir que la fuerza de las ideas, cuando en ellas se incardina el
impulso de la evolución, termine por imponerse al poderío de lo material: en un mundo en
evolución, los próceres de hoy han dejado ya, hoy mismo, de ser los próceres de
mañana. La historia rara vez transcurre como lo señala el &quot;realismo&quot; de una
época: en lo más bajo de la escala, lastimosos eran los minúsculos lemures en
comparación con los monstruos de la era secundaria: pero los gigantes desaparecieron
mientras que de los primeros surgía la evolución que daría, como resultado, la especie
humana.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">¿En qué realidades sociales, se nos pregunta, creen que están en
situación de basarse? Marx coexistía con un proletariado cada vez más numeroso,
reagrupado en las fábricas, más y mejor organizado cada día. El proletariado en su
acepción marxiana ya no existe; la clase obrera, diezmada, dispersa, debilitada, no
cuenta ya con unos sindicatos; también éstos están divididos: eventualmente se muestran
incapaces de coaligarse a escala nacional, cuando los intereses contra los cuales luchan
se articulan a escala planetaria. Las líneas de fractura atraviesan las clases de parte a
parte, si el término &quot;clase&quot; conserva en la actualidad algún sentido.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">No obstante otras realidades van perfilándose. Las tecnologías de lo
inmaterial, que propiciaron el nacimiento de la &quot;globalización&quot;, podrían a la
par segregar también el antídoto. Internet, instrumento del comercio electrónico
mundial, es también -para lo mejor y para lo peor- la herramienta que pone en contacto a
los hombres a escala planetaria. Nada sucede ya sin que los pueblos sean inmediatamente
informados. De esta suerte asistimos al surgimiento de una conciencia internacional.
Organizaciones distintas de los partidos políticos, ONGs o asociaciones ciudadanas como
ATTAC -cuyo éxito fulgurante es el mejor exponente de la intensidad de la demanda a la
que respondía- ofrecen noticias, alertan, promueven acuerdos y movilizaciones. Así fue
como la sacudida totalmente inesperada de la opinión mundial obligó a los tiralevitas
del AMI a batirse en retirada; así es como los organismos genéticamente modificados
sufren el boicoteo de los mercados; así fue como, ante su imagen desvirtuada, Monsanto
hubo de retirar su proyecto Terminator; así fue como la movilización de los pueblos
cortó en Seattle el amago de entregar el mundo a la voracidad de los intereses privados.
A partir de ahora será preciso tomar en consideración la capacidad de los hombres para
movilizarse a escala mundial. </p>

<p ALIGN="JUSTIFY">La fuerza de los &quot;nuevos amos del mundo&quot; es el capital; la
nuestra reside en la conciencia de los pueblos. Ellos creen que controlan los mercados,
pero sólo son los dueños del aparato productivo y nosotros podemos bloquearles las
salidas, derribar su imagen. Ante las presiones que ejercen sobre la política podemos
enarbolar la información de los ciudadanos, que condiciona los votos. ¿Estamos en una
partida tan desigual como cabía temer?</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Nos hallamos en el punto crítico donde todo puede trastocarse: en un
polo, la destrucción del planeta, una sociedad definitivamente asentada en la dicotomía,
donde la opulencia de algunos se nutriría del empobrecimiento de la gran mayoría; la
explosión social, que entonces representaría el mal menor; o la &quot;<i>gran implosión</i>&quot;
que vaticinaba Pierre Thuillier; en el otro polo, una sociedad en la cual, al estar
asegurada universalmente la satisfacción de las necesidades básicas, cada cual podría
dedicar un período más largo o más breve al trabajo y a incrementar sus ingresos; al no
acaparar ya la existencia tales actividades productivas, éstas se combinarían libremente
con el ocio, la vida en familia, la cultura, la participación en las actividades
ciudadanas en el curso del ciclo vital. Un sueño de siempre y utópico de un mundo que
hoy, sin embargo, resulta viable. ¿Sabremos reaccionar cuando todavía es posible?</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Saltemos hasta el final del siglo XXI. En la década de los 80 del
siglo XX -está detrás de la esquina-, al desatar los demonios de la codicia humana,
Ronald Reagan y Margaret Thatcher trajeron el infortunio a los hombres. La humanidad ha
tenido que superar pruebas muy duras y sin embargo, una vez más, ha sobrevivido.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Después de haber trazado un pico del 2,82% en el quinquenio 1980-1985,
la tasa anual mundial de crecimiento demográfico disminuyó; al iniciarse la década de
los noventa había seguido disminuyendo hasta el 1,77%. Este decrecimiento, acompañado de
una tendencia a la baja en las tasas de fecundidad, se ha acelerado sin cesar hasta el
año 2080 aproximadamente, fecha a partir de la cual su ritmo se ha acompasado. En la
actualidad la población mundial muestra una tendencia a estabilizarse. De un decenio al
siguiente se encamina -puede afirmarse que por doquier- hacia su tasa de renovación.
Quizá se requiera todavía un siglo para que este fenómeno se haya cumplido por entero.
Las generaciones precedentes no se habían preparado como era menester para este evento de
gran magnitud. El crecimiento demográfico siempre había ido parejo con la evolución
económica, hasta el punto de presentarse como un fenómeno concomitante: incrementaba de
manera continua la cantidad de necesidades a las que había que dar respuesta y, como por
una suerte de manantial permanente, rejuveneciendo a las poblaciones por la base,
mantenía la renovación de las ideas y la adaptación al proceso. A medida que éste iba
haciéndose manifiestamente más lento, los dos motores básicos -cuantitativo y
cualitativo- de la dinámica social iban apagándose. ¿Cómo podía proseguir la
evolución económica en el seno de una población que se había estancado? En un primer
momento la competencia, espoleada por la búsqueda del beneficio, se materializaba
forzosamente en una lucha más tosca. La guerra entre las firmas transnacionales
disputándose los trozos de mercado producía muchas víctimas. En medio de un ruido
ensordecedor se desplomaban los monstruos antediluvianos engendrados por las grandes
fusiones iniciadas al final del siglo XX. Una vez más, por desgracia, el infortunio
castigaba a los más desfavorecidos: a los trabajadores, en un principio víctimas de los
sacrificios necesarios para permitir el crecimiento de los aparatos productivos; en un
segundo momento, víctimas de los sacrificios necesarios ahora para superar las
dificultades de la fase involutiva... Los milagros de la &quot;nueva economía&quot; han
fracasado. Ya se ha comprobado que, sin unos cimientos sólidos, las burbujas virtuales
del &quot;crecimiento patrimonial&quot; no podían perdurar indefinidamente. Poblaciones
enteras, sumidas en la miseria, se hallaban abocadas, para sobrevivir, a los peores
arbitrios. Progresivamente, los cataclismos económicos, que hubieran podido remediarse
-sin grandes esfuerzos-, drenaban el campo. Uno tras otro iban desapareciendo los
monstruos y el estado demográfico estacionario ya no les daba ocasión para renovarse. Se
expandían entonces nuevas modalidades de producción, corporativas y a escala más
humana, liberadas de la presión selectiva de los gigantes. Hoy configuran nuevos
paisajes. Habiendo quedado atrás la era de lo cuantitativo, la evolución prosigue por la
exploración de las vías inagotables de lo inmaterial y lo cualitativo. Porque la
evolución, indisociable del universo y la vida, no va a interrumpirse. </p>

<p ALIGN="JUSTIFY">El trabajo no se ha extinguido, pero su naturaleza se ha transformado
hasta el punto de que no guarda prácticamente ninguna relación con la acepción que
tenía el término en épocas anteriores. En aquellas fechas había ya, según parece, en
algunas profesiones privilegiadas -creadores, artistas, escritores, investigadores,
docentes...-, individuos que pretendían disfrutar trabajando y que afirmaban no poder
diferenciar el trabajo del ocio. Lo que entonces era la excepción convertido en la regla.
Cada cual se entrega a sus ocupaciones en virtud de sus criterios y les dedica el tiempo
que juzga oportuno. Este proceso también se ha efectuado de manera progresiva, a medida
que la máquina iba relevando a los trabajadores y tras la resolución de unas luchas y de
unos conflictos cuya existencia resulta, en la distancia, difícilmente justificada. A la
vez que el tiempo de los hombres ganaba disponibilidad, se iban transformado las
condiciones de vida. Cuando se llega a una jornada de trabajo de veinte horas semanales,
en torno al año 2030, ya no se producen incompatibilidades entre la ocupación
profesional y la vida en familia. Ya nade impide a los padres asumir conjuntamente la
educación de los hijos y ya no es el trabajo, sino la incompatibilidad entre los
caracteres -puesto que se trata de un conjunto de factores que siempre han seguido ahí-
lo que separa a las parejas. </p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Una renta de ciudadanía universal asegura la satisfacción de las
necesidades básicas y a cada uno le permite alternar, al hilo de su existencia, las
etapas de negocio, de ocio o de formación. El contrato de trabajo con una duración
acordada, ayer símbolo de precariedad y ahora convertido en la norma. Le brinda al
sistema la flexibilidad que le posibilita a cada cual mejorar su nivel de vida a tenor del
ritmo, las condiciones y las proporciones elegidos. Porque la renta garantizada no es
sinónimo de igualitarismo. Se ha borrado la frontera que separaba el primer período de
la existencia, en el que se adquiría de forma definitiva lo esencial del bagaje
intelectual propio, amén del estatus social correspondiente, y el segundo período,
dedicado al trabajo hasta el momento de jubilarse. Merced a un buen sistema de formación
permanente, será a lo largo del ciclo existencial completo como cada cual podrá
perfeccionarse y mejorar.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">No hay cuidado, este mundo es imperfecto. No nos hallamos en el
paraíso. Hombres y mujeres siguen siendo eso, hombres y mujeres, con sus cualidades y
defectos. Aunque la ciencia haya dado pasos de gigante, subsisten los interrogantes
básicos sobre el porqué de las cosas. La criatura humana continúa siendo una criatura
inquieta, siempre a la búsqueda de un sentido existencial que la trasciende por necesidad
y siempre presa de lo que todavía se llama angustia existencial... Sin una tensión
semejante hacia una superación ineludible, la vida se convertiría en un túnel de
desesperanza y lo mejor sería que se extinguiera. Lo cual sucedería sin duda alguna.</p>

<p ALIGN="JUSTIFY">Frente a la necesidad de satisfacciones materiales que se colman, la
búsqueda de lo cualitativo es infinita. Los problemas se han trasladado sencillamente de
nivel. Este cambio señala el tránsito a otra etapa de la humanidad y el estreno de una
nueva fase evolutiva. No es un final, sino un nuevo comienzo, tan marcado de
incertidumbres y riesgos como pudiera estarlo el pasado. A medida que van lográndose, las
reformas a las que los hombres aspiran transforman las circunstancias que las hubieran
justificado en su día, se hacen obsoletas y reclaman nuevas maneras de progresar. Hay y
habrá siempre mucha tarea por delante. Es una suerte. La aventura humana prosigue.</p>
</font>
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