SINVERGÜENZAS

14 octubre 2011 | Categorías: Nacional
Los impúdicos negociantes se liberaron hace tiempo de cualquier restricción ética basada en su compromiso con la sociedad. Es el fruto del embate neoliberal que ha debilitado la idea de que la supremacía de lo público tiene valores intrínsecos y no es sólo una carga que asumir hasta que pueda evitarse. Hasta la socialdemocracia se ha privado de hacer pedagogía y, cuando ha hecho falta, ha levantado con alegría la bandera de la bajada de impuestos o la apelación al enriquecimiento privado.

Manuel Alcaraz Ramos, Profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Alicante

Los telediarios nos invitan a la depresión: la acumulación de malas noticias socio-económicas no sería tan grave si, además, no advirtiéramos que ni los aparatos de conocimiento económico ni la política ofrecen signos de saber dónde vamos. No es extraño: la política y la economía han perdido, hace tiempo, el sentido de la finalidad y todo se reduce a un presente permanente que, se suponía, sería siempre esplendoroso. En esa dieta dura de desesperanza la salsa la van poniendo escándalos y corruptelas: sueldos astronómicos o jubilaciones doradas con los que pagar nefastas gestiones, trasiego de los cargos públicos, colonización de las instituciones por políticos sin preparación adecuada… La primera terapia ante tanta rabia será espetar a la noticia, encajonada en las angostas paredes del televisor, algún grueso insulto. Y la pregunta más reiterada es: “¿no les da vergüenza?” Y no, es obvio, no les da vergüenza. Algunos directivos, empresarios y políticos se han erigido en sinvergüenzas perseverantes, con una coherencia tal que han convertido su impudor en un estilo de vida. Es verdad que, en ocasiones, si alguien les recuerda su comportamiento se enfadan y hasta son capaces de amenazar con querellas. Pero eso sólo muestra su elevada profesionalidad en el ejercicio de la sinvergonzonería. Otros, quizá, se toman unas vacaciones, se vuelven invisibles hasta que la tormenta pase y puedan volver a gozar en paz de sus prebendas. Algunos ni eso, que ahí están, rebotando de canonjía en canonjía, haciendo ostentación de su guapura.

Se ha dicho que una diferencia esencial entre esta crisis y la de 1929 es que entonces hubo bastantes suicidios y ahora no. Me alegro de esta circunstancia, pues sólo nos faltaba que los sinvergüenzas se autoinmolaran y encima cargaran sobre los críticos su sentimiento de culpa. Pero no deja de tener interés reflexionar los porqués del cambio. La verdad es que la vergüenza no es algo innato, sino que tiene una historia social. Si fuéramos capaces de averiguar lo que ha cambiado respecto de épocas en que la vergüenza era parte consustancial de los negocios, quizá pudiéramos entender mejor la crisis y avizorar remedios.

Sólo caben dos fuentes de formación ética en estos asuntos: la que proviene de las creencias religiosas y la que nace del compromiso cívico con la comunidad. Si la primera fue un acicate esencial en la configuración del capitalismo por las características del protestantismo y dejó un influjo perdurable en los comportamientos personales, hoy en día lo religioso juega un papel irrelevante. Algunos de nuestros sinvergüenzas particulares tienen fama de ser especialmente religiosos, pero aparcan sus creencias antes de entrar a las Salas de Juntas. Tampoco debe sorprendernos: ¿ha escuchado usted alguna diatriba clara de la Iglesia ante todo esto? Tan dada a meterse en los valores de los españoles en otras materias -y a fundar Escuelas de Negocios-, parece que los pecados de codicia, avaricia o soberbia no le preocupan.

Por otra parte, los impúdicos negociantes se liberaron hace tiempo de cualquier restricción ética basada en su compromiso con la sociedad. Es el fruto del embate neoliberal que ha debilitado la idea de que la supremacía de lo público tiene valores intrínsecos y no es sólo una carga que asumir hasta que pueda evitarse. Hasta la socialdemocracia se ha privado de hacer pedagogía y, cuando ha hecho falta, ha levantado con alegría la bandera de la bajada de impuestos o la apelación al enriquecimiento privado. Se ha ido convirtiendo en ideología preponderante la que quiere que los ricos –o los capaces de beneficiarse de su cercanía con lo público- son los más listos, los más trabajadores, los más ahorradores… Y, en muchos casos, no ha estado mal visto que defrauden, rapiñen o corrompan a políticos. Moralmente nos debilitamos por lustros porque nos bastaba con las migajas de la trama: ¿esperaremos ahora que esos beneficiarios sientan vergüenza por hacer lo que se esperaba de ellos? Es difícil cuando se admitió que el fraude o la corrupción eran funcionales al sistema o que la política era un oficio al que algunos iban a forrarse.

Por lo tanto la vergüenza no es autónoma de otras estructuras culturales que, a su vez, se desarrollan en marcos económicos y políticos concretos. Quizá a ello también contribuya la hiperlegislación en determinadas materias y la tendencial discriminación entre pobres y ricos en el acceso a la justicia –como magistralmente ha explicado Faustino de Urquía esta semana-. ¿Cómo sentir vergüenza si basta con invocar la legalidad de algunos actos y la presunción de inocencia para liberarse de la conciencia? Me permitiré una parábola. Imaginemos que uno de estos sinvergüenzas se queda encerrado con un niño en un ascensor. El preboste viene de comprar una barra de pan y una botella de agua. El encierro se prolonga por días y, al abrirse las puertas, el niño está muerto. El adulto explica que él se comió el pan y bebió el agua, que eran el fruto de su ahorro y su esfuerzo. El fiscal le acusaría de omisión del deber de socorro, pero un hábil abogado invocaría la eximente de estado de necesidad y amenazaría a los que llamaran inmoral a su cliente, pues goza de presunción de inocencia ya que no se había establecido cuánto debió haber comido y bebido el niño para no morir, por lo que no había ninguna razón para que sintiera vergüenza… al fin y al cabo su cliente también lo pasó mal en el encierro y los padres del niño no debieron haber consentido que subiera sólo… ellos sí deberían avergonzarse. ¿Es esto excesivamente dramático? Quizá. Pero aquí seguirán imperando los sinvergüenzas hasta que la mayoría no les recordemos que por sus comportamientos ya hay niños que pasan hambre. ¿Sentimental argumento? Sí: pero es que lo que nos debe distinguir de los sinvergüenzas es la libertad y el orgullo de tener sentimientos. Incluida la vergüenza ajena.

(El 15 de octubre los indignados volverán a la calle, con sus razones y sus sentimientos. Es una voz de esperanza. Ojalá que sus ecos lleguen a los despachos de la desfachatez).

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