La Red era la plaza

30 mayo 2011 | Categorías: Nacional, Opinión, Portada
El 22-M quienes realmente ganaron las elecciones fueron las tramas conspirativas del 11-M y de la Gürtel. Su indisimulada ansia de poder y el antagonismo con que enfrentaron el 15M mientras celebraban su triunfo (“Esto es democracia y no lo de Sol”) dan base a los peores augurios. Podríamos, así, encontrarnos dentro de muy poco con una sociedad civil muy movilizada, pero también acosada por tramas fraudulentas que controlan el juego electoral.

Víctor F. Sampedro Blanco, Comité de Apoyo de Attac España y José Manuel Sánchez Duarte

En una democracia representativa la campaña electoral es la antesala del voto. El valor del sufragio depende del debate público que le precede. Una campaña abierta, plural y competitiva garantiza el voto libre y soberano. Pero en los comicios del 22 de mayo, los actos electorales fueron desplazados por la ciudadanía que tomó las plazas del estado y muchos países del mundo. La campaña de los votantes cuestionó y apagó la de los candidatos. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿A dónde nos lleva?

¿Cómo se inundaron las plazas? Enredados con vocación de hacerse “reales”.
Los medios de comunicación y los políticos han malentendido el movimiento 15-M como una maniobra partidaria, un hecho “excepcional” (transitorio), “espontáneo” (sin causas ni autoría). Son explicaciones reduccionistas y rebatibles. Los “indignados” no ligaban su protesta al resultado electoral, ni sus propuestas al programa de las candidaturas. Al contrario, identificaban estas expresiones políticas como imperfectas y limitadas. Criticaban que la participación popular se limitase al sufragio episódico y a apariciones anecdóticas en los medios. Cuestionaban las mordazas, cuando no el propio sistema, de representación democrática

El 15-M no es un suceso espontáneo, no está liderado por jóvenes ingenuos, ni manejado por nostálgicos. Los referentes de los acampados no eran las batallas en la clandestinidad, ni los héroes oficiales de la transición. El 15-M llegó a las plazas por la confluencia de redes de activistas sociales muy movilizados (al menos, el núcleo inicial) y otras redes más difusas (y extensas) generadas en ámbitos digitales. Ambas se entremezclan, se confunden. Como señalaba un hacktivista en la Puerta del Sol, con el No a la Guerra aprendieron a salir a la calle. Con el 13-M de 2004 descubrieron la potencia del enjambre de nodos en red. Con V de Vivienda confirmaron su capacidad de convocar a los demás. Y con el 15-M han demostrado su potencia para auto-convocarse y recabar apoyos sin fronteras. Autonomía para desobedecer, movilizarse… extenderse.

Esta secuencia está precedida de los movimientos sociales de base, que ocuparon las calles en nombre de la insumisión, el 0’7%, la abolición de la deuda externa o el “Nunca Máis”. Es un flujo de desobediencia civil que se materializa, casi cada cinco años, desde hace dos décadas. Y que por sí misma manifiesta los costes que conlleva la participación no partidaria en España. Además, el 15-M cristalizó otra cadena de sucesos más recientes. La oposición a la ley Sinde abrió la estructura de oportunidad política. El apoyo de miles de jóvenes de todo el mundo a Wikileaks y las revoluciones árabes de jazmín fomentaron nuevas formas de acción política en el ciberespacio. ¿Por qué no practicarlas, aquí y ahora?

La lógica de Internet se ha llevado a la vía pública; de ahí que quienes desconocen la primera no entiendan lo que ocurre. Nosotros tampoco, pero sí constatamos que las prácticas en la Red (autoconvocarse, deliberar en foros, consumir contrainformación, tejer redes afectivas y efectivas, generar y operar en esferas públicas periféricas y digitales) se han hecho tangibles. Los rasgos de la comunicación digital – cooperación, instantaneidad, realimentación, horizontalidad, descentralización, flexibilidad, dinamismo o interconexión – se han hecho presentes en asambleas y acampadas.

En el libro Cibercampaña: cauces y diques para la participación. Las Elecciones Generales de 2008 y su proyección tecnopolítica identificábamos “el encapsulamiento progresivo del ciberactivismo en su propia esfera “digital”. Los datos mostraban cómo desde el 13-M de 2004 hasta los siguientes comicios de 2008, las cibermultitudes habían renunciado a formular reivindicaciones estructurales. El 13-M dejaron claro que el sistema político-informativo no denunciaba la mentira, siquiera antes de unas elecciones. Y en las anteriores elecciones municipales V. de Vivienda clamaba que el sistema económico ni siquiera garantizaba el derecho a techo. En las Generales de 2008 los cibernautas se preocupaban, sobre todo, por el “canon digital”. Nos equivocábamos recelando de una multitud virtual, con las connotaciones negativas del término (limitada a las pantallas, “ilusoria”…). Pensábamos que los ciberactivistas sólo se resistirían ya a los intentos estatales y corporativos de acabar con la libertad de Internet.

Pero los indignados también confirman el cisma creciente que en 2008 existía entre unos 300.000 usuarios intensivos de la política digital, que identificamos en ese libro, y los instrumentos de participación que ofrecían los políticos y los periodistas. Cuanta más tecnopolítica hacía un ciudadano, más crítico se mostraba con la cibercampaña oficial. Denunciaban, por ejemplo, que como cibervoluntarios del PSOE y el PP sólo se les había utilizado para reventar foros hostiles bajo identidades falsas o, aún peor, para manipular las encuestas digitales sobre el ganador de los debates televisivos. Es decir, degradando aún más la campaña.

Esta primavera de 2011, la tecnopolítica digital no sólo ha sido simbólica, expresiva o limitada a demandas relacionadas con la Red. Quizás porque en los últimos años Internet ya era la plaza. O lo que es lo mismo, la diferencia entre on-line y off-line ha perdido (parte de) sentido. Surgen y se consolidan prácticas híbridas que rompen la división tradicional (ahora caduca) de lo “real” y lo “virtual”.

Resumiendo, desde la Red se han innovado y acelerado los modos de intervención cívica en campaña electoral; precisamente, para garantizar su legitimidad. El 13-M de 2004 las cibermultitudes se rebelaron ante mentiras de tal calado que, de no haber sido denunciadas por nadie, habrían invalidado el resultado electoral. Fue una deliberación celérica y desde abajo, la que desde la periferia salvó la línea de flotación del sistema de representación político-mediática . Luego las teorías conspirativas del 11-M degradaron la esfera pública española hasta generar una “pseudocracia” (gobierno de la mentira, pseudo, en griego), donde todo puede afirmarse sin probar nada . Por fin, el 15-M ha venido a elevar el techo de la democracia: las redes sociales han convertido el “Pásalo” de los SMS en “Hazla”. ¿Hacer qué? Más democracia, (r)evolucionarla.
¿Cómo funcionaban las plazas? Horizontalidad, dinamismo y ausencia de liderazgos.

Los análisis sin distancia exacerban las visiones negativas u optimistas. Teniéndolo en cuenta y a grandes rasgos simplificamos la organización del movimiento en tres máximas: (1) horizontalidad, (2) dinamismo y (3) ausencia de liderazgo. Es la tríada de la “democracia deliberativa” , la misma que invocaba el “cambio de talante” de Zapatero; pero que ha sido rebasado por quienes han transitado del “No nos falles” al “No nos folles”.

(1) La horizontalidad de prácticas, organización y generación de propuestas responden al concepto de devolución. Todo lo trabajado y deliberado debe retornar al movimiento con dos objetivos: difundir y retroalimentarse de modo cooperativo. El Gran Salto hacia Abajo que propone el traslado de las acampadas a las asambleas de barrio, persigue un cambio hacia una cultura política radical. La transición política pactada desde arriba podría ahora transformarse desde abajo, desde sus raíces.

(2) Cambio y dinamismo. La composición y organización del movimiento 15-M han estado sometidas lógicas incluyentes y, por tanto, en constante transformación. La estructura de trabajo ha cambiado continuamente por el crecimiento exponencial de participantes (inimaginable en partidos y sindicatos) y por las necesidades de deliberación (decenas de comisiones, grupos de trabajo, etc.)

(3) Sin liderazgos. La voz de los acampados nunca fue la misma. Rotaron los portavoces. Sin jerarquías, ni jerarcas. Teniendo muy en cuenta que el grito: “Que no, que no nos representan” también podía mutar en: “Que Sol, que Sol no nos representa”. Esta ausencia de líderes responde a una doble vulnerabilidad: de los movimientos sociales y de las prácticas políticas digitales.
Todo movimiento social con caras y demandas muy concretas se vuelve vulnerable. La cooptación institucional integra a los portavoces en las estructuras de gestión política. O les aplica la represión, física e institucional. Este es el aprendizaje colectivo de las redes de resistencia que, insistimos, vienen haciéndose presentes desde hace 20 años. La otra experiencia de socialización política previa se guía por los rasgos descritos antes. Los excluidos, no ya de la calle, sino también de los medios, han generado nuevas prácticas políticas, en gran parte, anónimas. Esto posibilita la autonomía expresiva de los ciberactivistas, pero les exime de dar “explicaciones” y asumir “responsabilidades”. Luces y sombras en la Plaza del Sol. Por lo menos algo de luz, mientras las instituciones se han vuelto más opacas que nunca, como corresponde a los espacios privatizadores de lo público.

¿Por qué tomar las plazas? Reapropiación de espacios y discursos.

El movimiento 15-M supone una doble reapropiación: del espacio público y del discursivo. Las acampadas rompen las lógicas comercial y mercantilista, que limitan el uso de las calles y plazas al intercambio de bienes y servicios. Tras una semana de acampada, la mayor crítica provenía de los comerciantes y hoteleros cuyo nivel de negocios había descendido. Y es que, tras sucesivas reformas, la Plaza del Sol, como tantas otras, era un “no-lugar”: un espacio de paso, sin bancos ni árboles, donde conversar o encontrarse resultaba casi imposible. Tomar las plazas no pretendía sólo visibilizar determinadas demandas. Implicaba detenerse y habitar los espacios colonizados por el tráfico y el capital.

De la misma manera y en paralelo, las asambleas en espacios públicos que, en el momento de escribir este texto, quieren sustituir a las acampadas persiguen recuperar espacio discursivo. Frente a la voz de la ciudadanía, limitada a expresión electoral o formatos mediáticos sensacionalistas y populistas, ahora se quieren recuperar la implicación y el compromiso que implica la deliberación democrática. Nunca antes se ha realizado tanta pedagogía política sobre el funcionamiento de la Ley Electoral y el valor del voto, entendido como parte de un proceso y un resorte de empoderamiento y contrapoder ciudadano.

La respuesta de los políticos y periodistas partió, como no podía ser de otro modo, de la ilegalidad. Los convocados rebatieron que “La voz del pueblo no es ilegal” y “Sin nosotros no sois nada”. Dicho de otra forma: el 15-M normalizó la desobediencia civil no-violenta a través de una ilegalidad compartida, discursiva y creativa… Y, sin embargo, leal con la democracia. Algo que no se puede afirmar de bastantes “representantes políticos” a quienes se les ha gritado: “Somos vuestros jefes, os haremos un ERE”. El 15-M podría suponer la inclusión plena en la democracia española de varias generaciones y prácticas militantes, heredadas y renovadas. Hasta ahora invisibilizadas, vuelven a confluir, para con prácticas no convencionales dotar de sentido al voto. Un significado abierto, nunca cerrado. Un contrato en constante revisión. Una democracia viva, vivida, nunca concedida, ni regalada. Pero surgen dos cuestiones acuciantes. ¿Serán capaces? ¿Qué harán “los profesionales” de la democracia?

No es fácil que las redes activistas y los nuevos ciudadanos gestados en Internet superen sus limitaciones y problemas de encaje mutuo. Son muy débiles por separado. Pero cuando suman fuerzas cobran forma de extraordinario contrapoder. El paso de las protestas a las propuestas será clave. Cómo se formulen las demandas y cómo sean gestionadas marcarán nuestro futuro inmediato, en lo social y en lo institucional.

Se enfatizan los problemas que tal grado de movilización pueda provocar. Se señala el riesgo de infantilismo expresivo (es más fácil hacer un video para Youtube que una reforma legal) que desembocaría en un “ciudadanismo” vacío y sin mordiente. Se alerta sobre las posibles derivas “antisistema”. Pero entre estas últimas nunca se incluye la más evidente: la berlusconización. Claro, no afecta tanto al pueblo como a sus supuestos representantes.

El 22-M quienes realmente ganaron las elecciones fueron las tramas conspirativas del 11-M y de la Gürtel. Su indisimulada ansia de poder y el antagonismo con que enfrentaron el 15M mientras celebraban su triunfo (“Esto es democracia y no lo de Sol”) dan base a los peores augurios. Podríamos, así, encontrarnos dentro de muy poco con una sociedad civil muy movilizada, pero también acosada por tramas fraudulentas que controlan el juego electoral. Tal divorcio sólo traería más “pseudocracia”, defendida con “securocracia”. La mentira política se defiende con el recorte de libertades civiles y garantías democráticas. A golpe de porra (acaban de desalojar las acampadas catalanas, mientras escribimos) y de talonario. “Les pagué para que no se prostituyeran”, dijo Berlusconi de sus velinas menores de edad. Las elites podrían llegar a decirlo abiertamente de los periodistas (les financio para que no parezcan mi gabinete de prensa) y de los políticos (ídem, para que no parezcan mis valedores). Y la involución se justificaría con el miedo infundido a los enemigos internos (antisistemas, terroristas, extranjeros…) .

Sería un desenlace paradójico, y no por ello menos trágico. Porque ya aguantamos suficientes mordazas y medias verdades en la transición. Porque el 15-M dio respuesta cumplida a los “héroes de la traición” que entronizaba Javier Cercas en su libro sobre el 23F. Frente a tanta miseria ensalzada, los jóvenes han afirmado la fuerza de los ideales y exigido una política con valores. Y porque, finalmente, se ha vuelto a escuchar la voz de los sin miedo. “Sin techo, sin curro, sin pensión, sin miedo”.

Sampedro, V. 2011. “Wikileaks. La revolución está siendo televisada” Revista Razón y Fé Nº 1.348 Febrero

Víctor F. Sampedro Blanco
Catedrático de Opinión Pública y Comunicación Política. URJC
José Manuel Sánchez Duarte
Profesor de Opinión Pública y Comunicación Política. URJC

Relacionado, entrevista a Hessel, PULSAR: Entrevista a Hessel

Film izle Hd film izle film izle hd film izle oyunlar 1 oyun oyna escort bayan