Entrevista a Ignacio Ramonet en “L´HUMANITÉ”
Jacqueline Sellem, L´Humanité. Traducción, Francisco Altemir, Attac.
¿Qué opina usted acerca de lo que está pasando en Túnez?
I.R: Es una noticia excelente para todos los demócratas. Es la exteriorización de un sentimiento popular que imaginábamos que existía profundamente en las sociedades magrebíes y mucho más en el mundo árabe. Pero nos preguntábamos cómo este deseo de libertad, de normalidad democrática podía aflorar. Pues, hoy por hoy, los regímenes autoritarios se sostienen por la complicidad complaciente de las democracias europeas y de EE UU con el pretexto que son un valladar contra los islamistas. Exactamente como en tiempos de la guerra fría, cuando Occidente apoyaba las dictaduras en Europa , en Centroamérica y en la mayor parte de los países del continente sudamericano para impedir la llegada de los comunistas al poder. Finalmente, estos pueblos se han desembarazado de las dictaduras. Es lo que está pasando actualmente en Túnez, precisamente donde no se preveía.
¿Ve usted ahí la señal de que, a pesar del bulldozer del capitalismo globalizado, los pueblos pueden retomar la iniciativa?
I.R: Cuando, por medio de las consignas tecnócratas del FMI, del Banco Mundial o del Banco Central Europeo, se imponen las exigencias de los mercados a los pueblos, basta, a veces, algún elemento para que se produzcan reacciones imprevisibles. La catástrofe climática del verano pasado en Rusia ha sido la que, con la escasez de cereales en el mercado mundial y el encarecimiento de ciertas materias primas alimentarias, origina las sublevaciones en Argelia, en Túnez, en Egipto. Y las revelaciones de Wiikileaks, sobre todo la divulgación de los despachos del antiguo embajador norteamericano Robert F. Godec, han tenido también un papel no despreciable. Incluso aunque todos los Tunecinos sospechaban de los métodos depredadores del clan Trabelsi, nunca habían tenido una descripción de ellos tan detallada. Todo esto ha desencadenado protestas simbólicas. La inmolación de Mohamed Bouazizi ha sido el detonante de las manifestaciones y de lo que, bien se puede llamar, una revolución.
¿A qué escollos tiene que enfrentarse el pueblo tunecino?
I.R: En estos 23 años de dictadura que han sucedido al autoritarismo de los últimos años de Bourguiba, se han eliminado a las principales fuerzas políticas de la oposición así como a los principales líderes. Por consiguiente es muy difícil encontrar hoy personalidades que tengan a la vez la confianza del pueblo y la experiencia del ejercicio del poder. En estas condiciones, como en todas las revoluciones, una parte de la sociedad desea la instauración de un período de transición mientras que otra, constituida principalmente por aquellos que más han sufrido en el plano económico, social, por la ausencia de libertades y de respeto a los derechos humanos, está impaciente y le gustaría hacer tabla rasa. Si el enfrentamiento entre estas dos fuerzas continúa, se teme que las estructuras organizadas, en este caso el ejército, se apoderen del poder. En Túnez, el ejército no se ha puesto al frente de la revolución, simplemente la ha facilitado al negarse a disparar a los manifestantes. Ante el temor al caos, puede tener la tentación de tomar el poder. No es deseable, pero está claro que el país no puede quedarse mucho tiempo sin gobierno.
Usted hacía la comparación con el final de las dictaduras en América latina, ¿esta revolución no es también un balón de oxígeno para los pueblos de los países europeos?
I.R: En América latina la revolución se ha hecho por medio de las urnas. Las dictaduras han cedido el sitio a democracias ultraliberales antes de que los movimientos sociales hayan surgido y de que sus líderes hayan ganado las elecciones. Pienso en Bolivia con Evo Morales, en el Ecuador con Rafael Correa y, aunque con matices, en Venezuela con Hugo Chávez. En Túnez, el paso ha sido inmediato entre la caída de la dictadura y el surgimiento de los movimientos sociales que apenas se les conocía pero en los que se distingue un sindicato fuerte y movimientos sociales muy enraizados en las regiones. Hay ahí una gran frescura. El pueblo tunecino, al desembarazarse no sólo de la dictadura sino también de las consignas económico-ideológicas que le oprimían, ofrece una gran lección a los ciudadanos europeos. Éstos no tendrán que derribar dictaduras. Por medio de las urnas es como podrán, como en América latina, cambiar de modelos que, aún siendo democráticos, no son menos opresores.
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