La Europa que el mundo necesita de forma apremiante en estos momentos

10 marzo 2010 | Categorías: Portada, Unión Europea
El porvenir está por hacer. El futuro debe inventarse venciendo la inercia de quienes se obstinan en querer resolver los problemas del mañana con las recetas de ayer. Muchas cosas deben conservarse. Pero otras deben cambiarse. Y hay que atreverse.

Federico Mayor Zaragoza, Comité de Apoyo de Attac España.
La Europa faro y vigía, del pluralismo, de la multilateralidad, de la libertad, de la justicia social, de la solidaridad. La Europa que, sin cortapisas, reconoce y promueve la igual dignidad de todos los seres humanos, como tan claramente se establece en la Constitución de la UNESCO y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La Europa de ciudadanos “libres y responsables”, gracias a los principios democráticos que observan sin excepción sus dirigentes, para alcanzar la emancipación que le permitiera ser punto de referencia de todas las naciones. La Europa satisfecha de su diversidad cultural, su gran riqueza, unida por el ejercicio de unos “valores universales”, su fuerza indomable.

La Europa de “los pueblos” como se establece en la Carta de las Naciones Unidas podría, de este modo, “evitar el horror de la guerra a las generaciones venideras”. Y sabría construir puentes de diálogo y conciliación para transitar desde una cultura de imposición y violencia a una cultura de encuentro, alianza y paz. La Europa que sería capaz de liderar la urgente conversión de una economía basada en la guerra y la especulación a una economía de desarrollo global sostenible. La Europa capaz de variar de rumbo a través de la educación, la ciencia, la cultura y la comunicación, consciente de que no existe nada fatal e irremediable en la medida de que sus habitantes sean capaces de participar y expresarse libremente; de evitar su uniformización y gregarización; liberarse del miedo y la sumisión que los mantiene silenciosos y apocados; de rebelarse contra un sistema que ha conducido, en lugar de a la reducción de los desgarros en el tejido social, a un gasto militar diario de 3.000 millones de dólares al tiempo que mueren de hambre más de 60.000 personas, la mayoría de ellas niños de 0 a 5 años.

La Europa que, pacíficamente pero con gran firmeza, resuelve, en estos albores de siglo y de milenio, superar la inercia de siglos de poderes autoritarios propios de una sociedad masculina en la que prima la fuerza sobre la palabra; en la que la mujer no participa en la toma de decisiones, o lo hace en una proporción que, todavía no llega hoy al 10%; una sociedad que se ha dejado influir de tal forma por el gigantesco poder mediático, omnímodo y omnipresente, que ha permitido sin rechistar que la cooperación internacional se tornara en explotación y empobrecimiento de países con grandes recursos naturales; que ha tolerado el reiterado incumplimiento de las promesas de ayuda al desarrollo que formulaban los países más prósperos; que ha permitido la degradación del medio ambiente, hasta llegar a un punto en el que es preciso tomar conciencia y actuar sin dilaciones, todos unidos, sin excepción, para dejar de agredir a la Madre Tierra y poder transmitir a las nuevas generaciones el legado medioambiental que merecen.

La Europa, en fin, dispuesta a ponerse al frente de las grandes transformaciones que deben realizarse para lograr que cada ser humano, único y dotado de la desmesura creadora, pueda, con su comportamiento cotidiano, abandonar decididamente los caminos de la confrontación -“si quieres la paz, prepara la guerra”- y tejer, con las hebras multicolores de todas la razas, género, ideologías y creencias, la urdimbre compacta y fuerte que permita iniciar “el nuevo comienzo” al que nos convoca la Carta de La Tierra.

La Europa que sepa desligarse de tantas ataduras y adherencias que los pocos han ido imponiendo secularmente a los muchos, a los casi todos, a los que han pretendido “secuestrarles el pensamiento”, reducirlos a vasallos. La Europa que se revuelva contra los grupos plutocráticos (G-7, G-8, G-20…) y refuerce la autoridad de las Naciones Unidas, para que sean todos los pueblos los que tomen en sus manos las riendas del destino común. La Europa que recuerde que, en palabras del Presidente Kennedy, “ningún desafío se halla fuera del alcance de la facultad creadora que distingue a la especie humana”.

Como José Ángel Valente, escribo hoy “desde un naufragio. / …Escribo sobre el tiempo presente. / …Escribo sobre la latitud del dolor, / sobre lo que hemos destruido / ante todo en nosotros… / …Escribo desde la noche, desde la infinita progresión de la sombra, / desde el clamor del hambre y del trasmundo, / …desde la mano que se cierra opaca, / desde el genocidio, / desde los niños infinitamente muertos, / desde el árbol herido en sus raíces… / Pero escribo también desde la vida, / desde su grito poderoso, / desde la historia. / …Desde la muchedumbre que padece… / Escribo, hermano mío de un tiempo venidero”.

Es ésta, la Europa de la cultura, la Europa de la creatividad la que está llamada a tener un papel esencial en la reconducción de la trayectoria del conjunto del planeta, tarea irrenunciable. Los ciudadanos, por fin capaces de participación no presencial –gracias a la moderna tecnología de la comunicación– elegirán y “regularán” a sus representantes en los gobiernos, confiriéndoles la autoestima e impulso necesarios para los cambios radicales que sólo la “solidaridad intelectual y moral” de la humanidad podrá llevar a efecto.

Con ciudadanos educados ya no habrá dogmatismo, extremismo, fanatismo, ya nada será “indiscutible” ni se obedecerá de forma inexorable. La educación vence la apatía, induce a la acción.

Sí, la educación es la solución. No hay democracia genuina si no se participa, si los gobernantes y parlamentarios no son, de verdad, la “voz del pueblo”. Para movilizarse, para implicarse, para involucrarse es imprescindible tener tiempo para reflexionar. Es esencial “escuchar” el mundo. Observarlo, que es mucho más que verlo y que mirarlo. Tener esta visión planetaria, esta consciencia del conjunto de la humanidad, que es lo que nos permitirá reaccionar sin esperar a tsunamis que nos emocionen, que nos pongan en marcha.

Los poderosos, que han ahuyentado desde siempre a los ciudadanos que, con mayor atrevimiento, ocupaban el estrado, no contaban con la “revolución virtual”. La capacidad de participación no presencial (por telefonía móvil. SMS, Internet…) modificará los actuales procedimientos de consulta y elecciones. En síntesis, la democracia.

La decepción ciudadana al ver la incapacidad de los Estados para llevar a la práctica unos Objetivos del Milenio ya muy menguados y, más recientemente, hacer frente a las responsabilidades globales que supone el cambio climático, ha ido acompañada de la perplejidad e indignación que ha producido el “rescate” de las corporaciones financieras, responsables en buena medida de la grave situación que encaramos.

¿Y la gente? ¿Cuándo se “rescatará” a la gente? Es indispensable un multilateralismo eficiente, con instituciones internacionales dotadas de los medios de toda índole que requieren para el ejercicio de su misión.

Se terminaría así con los tráficos y mafias que hoy disfrutan de la mayor impunidad gracias a los paraísos fiscales, que deberían ser clausurados de inmediato y sin contemplaciones.

Unas Naciones Unidas que favorezcan la rápida interposición de los Cascos Azules cuando, tienen lugar, al amparo de la “soberanía nacional”, violaciones masivas de los derechos humanos. Y la acción rápida y coordinada para reducir el impacto de las grandes catástrofes naturales (huracanes, ciclones, inundaciones, incendios, terremotos…) o provocadas.

La transición de una economía especulativa, virtual y de guerra (3.000 millones al día en gastos militares al tiempo que mueren de hambre más de 60.000 personas) a una economía de desarrollo sostenible global, que amplíe progresivamente el número de personas que pueden acceder a los servicios y bienes.

El porvenir está por hacer. El futuro debe inventarse venciendo la inercia de quienes se obstinan en querer resolver los problemas del mañana con las recetas de ayer. Muchas cosas deben conservarse. Pero otras deben cambiarse. Y hay que atreverse.

¡Ahora es el momento de la sociedad civil! De la fuerza a la palabra, al encuentro, a la conciliación. De súbditos a ciudadanos, la gran transición.

• Sí a la Europa de los pueblos, del respeto a todas las identidades, de la libertad, de la paz. La Europa de la tolerancia y de la creatividad. La Europa que se atreve a saber y sabe atreverse.

• No a la Europa que despreció Albert Camus porque “pudiendo tanto se atrevió a tan poco”.

• No a la Europa tímida y miedosa, con tortícolis crónica por mirar siempre hacia el otro lado del Atlántico. Aliados, amigos, sí. Súbditos, no.

• No a la Europa que sigue con el Tratado del Atlántico Norte sin propia autonomía en Defensa. Ya no existe el Pacto de Varsovia. Pero sí que existen el Atlántico Sur y el Mediterráneo y el Pacífico.

• No a la Europa que invade Kosovo a través de la OTAN, sin contar con la anuencia del Consejo de Seguridad.

• No a la Europa que sustituye los valores democráticos por las leyes del mercado; que se olvida, por intereses a corto plazo, de la justicia social, del apremio permanente de com-partir, de co-operar.

• No a la Europa que debilita a las Naciones Unidas en lugar de dotarlas de los medios personales, financieros y técnicos necesarios para el ejercicio de su misión.

• No a la Europa que confía a grupos plutocráticos la gobernación del mundo en lugar de afianzar el multilateralismo.

• No a la Europa de la vorágine del crecimiento y del progreso guiados por el beneficio inmediato que recurre a millones de migrantes… a los que luego pretende asimilar en lugar de integrar o, lo que es todavía peor, seguir las prácticas, tan encomiables en otros aspectos, de los “desechables”, abandonándolos a su suerte después de haberlos utilizado; o, sobre todo, a la Europa que pretende ahormar la identidad de los inmigrantes poniendo condiciones a su ciudadanía.

• No a la Europa que mira hacia otro lado cuando sus multinacionales actúan indebidamente en América Latina y en África, explotando a países con muchos recursos naturales de manera contraria a los intereses globales y afectando al medio ambiente. Deben revisarse de inmediato y sin contemplaciones las explotaciones de coltán (columbita-tantalita) en el Congo, territorio de los Kivus; la bauxita en Guinea Conakry; las explotaciones de oro tanto en África como en Centro América…

• No a la Europa que sigue consintiendo ser sede de paraísos fiscales, sabiendo que mientras existe la posibilidad del lavado de dinero sucio, no será factible llevar ante los tribunales, como debería hacerse sin mayor demora, a las mafias traficantes de armas, drogas, capitales, patentes, personas…

• No a la Europa que denuncia, como debe, la falta de democracia en la Cuba de 13 millones de habitantes, olvidándose, como no debería, de Guantánamo, de Abu Dhabi, de Bagram, de las “democracias” de las oligarquías que, especialmente en América Latina, siguen permitiendo que el 42% de los niños no tengan acceso a la escuela y que centenares de miles de ciudadanos deban emigrar a lejanos países para enviar después sus remesas… mientras hace todo tipo de carantoñas y favorece las visitas de jefes de Estado a los países en los que ha deslocalizado la producción sin tener en cuenta sus condiciones democráticas ni laborales, especialmente en un país del Este en el que viven 1.300 millones de personas, cien veces más que en la justamente advertida República Cubana, sin que en estos casos se tenga en cuenta los derechos humanos, la práctica de la pena capital,… o que se olviden que la política seguida por Colombia, con la implantación de bases norteamericanas, está conduciendo a la remilitarización del conjunto de los países de América Latina…

• No, en suma, a la Europa que aplica distintos raseros de valoración, en lugar de valientemente defender los valores universales en todas partes. No, rotundamente, a la Europa que no es faro y vigía de la democracia y de los derechos humanos a escala mundial, que no condena, cuando debería, como debería, los desmanes que han tendido lugar en Gaza, los “asesinatos selectivos”, los asentamientos y los muros construidos en contra de la Corte Internacional de Justicia, aplazándose progresivamente por parte de Israel el reconocimiento del Estado Palestino.

• No a la Europa que, de una vez, no tiende la mano al continente africano…; que no acaba con el bochorno de gastos militares en Afganistán -más de 85.000 millones de dólares- cuando los destinados al desarrollo y a la sustitución de los cultivos de adormidera (el 92% del opio, la mayoría de la heroína procede de Afganistán) no llegan a los 5.000 millones.

• No a la Europa que tolera un poder mediático que desautoriza ante los ojos de los ciudadanos la confianza, la justicia y la equidad; no a la Europa de los silenciosos, de los adormecidos, de los distraídos, de los espectadores y receptores impasibles, pusilánimes.

• No a la Europa que condena el velo en algunos países –no en otros, que se sitúan entre los mejores compradores o suministradores- y tolera, siempre por intereses económicos, la humillación de la mujer en anuncios de prostitución en las páginas intermedias de periódicos incluso muy conservadores, en programas de televisión, en la publicidad donde la mujer se presenta totalmente “des-velada” como puro artículo de consumo…

• No a la Europa que sigue sin apostar claramente por las energías renovables, la producción de alimentos y de agua en las cantidades que se requieren; por la salud, teniendo en cuenta en particular la mayor longevidad; por el transporte eléctrico; por la salvaguarda de la calidad del agua de los océanos, del aire y de la tierra; y que deja que, de nuevo, se confíen las riendas de la economía a las mismas instituciones de especulación, de la producción de armamentos, de “burbujas” cuyas facturas pagan siempre los más desposeídos y menesterosos.

• Por su fantástico pluralismo, por su cultura democrática, por su visión de la ciudadanía mundial, Europa no puede seguir siendo un espacio sumiso y atemorizado. Los pueblos de Europa deben rebelarse para que tenga lugar la transición desde una cultura de imposición y violencia a una cultura de conciliación, diálogo, alianza y paz, con los creadores en la vanguardia, con los intelectuales al frente.

Será el “nuevo comienzo”, para que, en pocos años, sea realmente la Europa-faro, la Europa-vigía.

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