El fin de la impostura neoliberal: Europa ante su espada de Damocles

EKAITZ CANCELA
elsaltodiario

El ya de por sí dislocado orden social existente en Europa se encuentra ante una importante conjunción histórica: los movimientos sistémicos del capitalismo junto con los correspondientes cambios tectónicos en la geopolítica fruto de la globalización han desembocado en una progresiva acumulación de poder en los imperios tecnológicos de Estados Unidos y China.

Ambas se alzan como las potencias hegemónicas destinadas en el siglo XXI a “coevolucionar” pacíficamente, en palabras del perverso estadista Henry Kissinger. Así es que se da la paradoja de que la integración neoliberal global, cuya arquitectura la Unión Europea dice construir en la era Trump mediante la fe ciega en los tratados de libre comercio (como los recientes CETA o JEFTA), tendrá un grave costo a medio largo plazo: su progresiva desaparición como regulador del tablero global y la cesión de soberanía hacia las empresas de ambos gigantes.

Comencemos por el principio. La carrera armamentística iniciada durante la posguerra fría con el fin de imponerse tanto a Rusia como al comunismo como alternativa dio lugar a un sector de tecnología avanzada fruto de la enorme inversión llevada a cabo por el Departamento de Estado norteamericano. Pese a que la intención no era otra que la coerción, el control social, la destrucción o la muerte asociadas al plano militar, se fue creando de manera progresiva un entramado tecnológico con una utilidad social que encuentra en Silicon Valleyla punta de un largo proceso histórico.

En solo una década, un motor de búsqueda como Google y una red social, Facebook, se han hecho con una cantidad abrumadora de datos mediante algoritmos secretos

Además, caído el muro de Berlín, la globalización se desató dando lugar a una internacionalización de los flujos financieros y económicos. Internet fue apareciendo como el mayor sistema de telecomunicaciones con el que la transnacionalización de la actividad económica se fue entrelazando. Así es que el único rastro de universalidad heredado de la Ilustración que quedaba por entonces era la insistencia de la diplomacia de Estados Unidos en expandir el libre flujo de información comercial por todos los lugares del mundo, como si fuera una necesidad humana que sus corporaciones tuvieran la propiedad de la información.

De esta forma, las negociaciones comerciales han sido desde su nacimiento el escenario de la privatización de las industrias de telecomunicación. Pero este proceso, basado en la desregulación y la eliminación del control nacional del capital fruto de la liberalización, no fue entendido correctamente en Europa, quien no supo ver la magnitud de la globalización, el cambio de la economía hacia los servicios y por ende la acumulación de poder en los centros financieros y tecnológicos de Estados Unidos, quien además protegía sus fronteras mediante la OTAN.

El acuerdo de comercio con Canadá o la recién anunciada finalización de las negociaciones con Japón no hacen más que reflejar la ciega y alocada carreramundial hacia la liberalización de las élites europeas.

Existe un problema: todos estos acuerdos no tienen de ninguna forma en cuenta el contexto geopolítico y económico en el que se firman; siguen anclados a la obsesión por abrir las fronteras a los intercambios económicos, esa idea en que se basó la integración europea. Tantos años después, las élites europeas se muestran como orgullosas ganadoras por haber haber impuesto su modelo de una sociedad abierta; pero, fruto de esa misma victoria, va perdiendo de forma progresiva su peso en un mundo que ya no es el mismo de hace 60 años.

Como trataba de explicar, una suerte de capitalismo digital emergió, no como un fenómeno sectorial o centrado en las comunicaciones, sino como un proyecto inclusivo de toda la economía. Hasta el punto de que ha desembocado en el auge de unas cuentas compañías que convirtieron esa materia, la información extraída en forma de datos, en un negocio de lo más lucrativo. En solo una década, un motor de búsqueda como Google y una red social, Facebook, se han hecho con una cantidad abrumadora de datos mediante algoritmos secretos. Los minoristas tradicionales como Walmart compiten en línea con Amazon, ofreciendo este gigante del comercio electrónico el envío en un simple clic.

En otras palabras: los avances recientes de la tecnología de la información y el procesamiento del Big Data están creando una nueva infraestructura tecnológica para la economía global. Sin embargo, el cambio en las estructuras de producción de ninguna manera ha alterado el desarrollo histórico del capital, sino que lo ha concentrado aún más. Cuatro de las cinco compañías que controlan buena parte de los datos del mundo y tienen la capacidad de procesarlos mediante sistemas de inteligencia artificial son norteamericanas, la otra es china. Ni una sola de las 20 empresas más importantes de internet en cuanto a beneficios es europea. ¿Durante cuánto tiempo puede seguir manteniendo el establishment europeo esta especie de populismo estético que habla de los acuerdos de comercio como base futura para sociedades prósperas e igualitarias?

 

LA INGENUIDAD EUROPEÍSTA CON EL JEFTA Y EL CETA

La disputa por los datos ya apareció como uno de los grandes obstáculos para la firma del acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y Japón, lo cual retrasó considerablemente el final de las negociaciones. Fuentes de la Comisión Europea señalaron que podría llevar años equiparar las leyes de privacidad de Japón con las de la UE. Lo cual llevó a Business Europe, el lobby empresarial más poderoso de Bruselas, a enviar una carta al vicepresidente de la Comisión para que incluyeran el libre flujo de datos en este y otros acuerdos de comercio.

 

Finalmente, según fuentes oficiales, este será un tema que se debatirá progresivamente entre expertos tras la firma del acuerdo. Es decir, después de que entre en vigor, alejado del foco público, se verá si Japón reúne las características de adecuación a la normativa europea y así establecer el libre flujo de datos entre ambos países. Y no hay duda de que ocurrirá.

Los gobiernos europeos ya han dejado claro su compromiso con un directiva presentada en septiembre por la Comisión Europea que permitiría que los datos no personales fluyan más fácilmente a través de las fronteras de la Unión Europea. Ahora bien, deberían hacerlo dentro de su fronteras nacionales, pero podrían moverse perfectamente a Irlanda, donde algunas empresas como Apple ya tienen sus centros de datos.

Lo problemático, junto con la inclusión de la cooperación reguladora en el JEFTA y el CETA junto a otros mecanismos que someten a los fines comerciales de las grandes empresas el rol de la política a la hora de regular la nueva economía, es que se sienta un precedente. Estamos entrando de forma progresiva en un calle de sentido único, sin salida y con la imposibilidad de volver atrás a la hora de liberalizar nuestra economía digital.

El mejor ejemplo es el TiSA. Momentos antes de que fuera congelado hasta nueva orden por la Administración Trump, la Unión Europea también había comenzado a ceder una de las áreas en las que Silicon Valley había puesto más esfuerzo en su presión: la localización y el libre flujo de datos.

Una carta hecha pública por una petición de información señalaba la forma en la que la Dirección General de Comercio Internacional de la Comisión Europea trataba de convencer a la de Justicia para que desdeñara sus reservas en esta materia. Dice así: “Nos han dicho que el gabinete de la Comisaria de Comercio Cecilia Malmström se está preparando para alimentar el debate con todos los demás gabinetes interesados. El ESF, junto con Digital Europe, BusinessEurope y otras organizaciones, realizó una ronda de reuniones con varios funcionarios del gabinete para educarles sobre la importancia de los flujos de datos y también para demostrar que esto no es solo un problema entre la Unión Europea y Estados Unidos”.

En este ejemplo se ilustra la forma en que el fundamentalismo sobre el mercado digital se impregna en las instituciones europeas encargadas de negociar los tratados de comercio. Se trata de algo así como repetir la hazaña llevada acabo por aquellos economistas neoclásicos forjados en Chicago al reemplazar los ideales “justo e injusto” por “eficiente e ineficiente”.

Hacia la refeudalización de la esfera pública digital mediante los acuerdos de comercio
Hemos de poner todo estas conversaciones comerciales que se están llevando cabo en perspectiva con la progresiva acumulación de capital en forma de datos, el establecimiento de una especie de monopolio sobre toda la economía de servicios y la importancia que Silicon Valley tiene en una lucha geopolítica global cada vez más asociada al control sobre la inteligencia artificial. El resultado nos da una cartografía bastante nítida de lo que llamo la refeudalización de la esfera pública digital, un proceso totalmente contrario a la renovación de cualquier idea ilustrada.

Digamos que los servicios son responsables en la economía digital de cada una de las actividades del ser humano desde su nacimiento hasta su muerte. Cuanto mayores y mejores sean los datos a disposición de las empresas que los proveen, mejores serán la previsión del comportamiento y la personalización que puedan alcanzar sus sistemas de inteligencia artificial. Hablamos de que el TiSA abarca aproximadamente un 70% de los servicios mundiales. Son 21 países de la Organización Mundial de Comercio más todos los de la Unión Europea quienes van a aceptar las reglas de este tratado.

Algunas ideas que aparecen en el tratado, como la regla de trato nacional, implican que un gobierno no puede dar un mejor trato a los servicios y proveedores locales que a los de un país del TiSA

Fundamentalmente, el tratado consiste en “restringir la capacidad de la sociedad para hacer dos cosas: primero, regular y controlar democráticamente las actividades de las empresas multinacionales que se dedican a la prestación de servicios; y segundo, proporcionar servicios esenciales a sus ciudadanos a través de la combinación adecuada de servicios públicos, sin fines de lucro y privados que ellos mismos decidan”, explica un sucinto análisis de Scott Sinclair.

Algunas ideas que aparecen en el tratado, como la regla de trato nacional, implican que un gobierno no puede dar un mejor trato a los servicios y proveedores locales que a los de un país del TiSA, es decir, que no pueda favorecer a una empresa local, como ha comenzado a hacer recientemente Francesca Bria en Barcelona, en detrimento de las empresas de Silicon Valley.

Además, las listas negativas que incluye el tratado colocan la capacidad regulatoria futura al servicio de la capacidad que tenga para incluir determinados servicios en dicha lista o no. Cualquier error, omisión, imprevisto de un gobierno —de por sí altamente liberalizado— quedará atada de manos para siempre.

La intención de estos tratados, en los cuales no participa China ni ninguno de los países emergentes, es que Silicon Valley tenga las manos libres para renovar el proyecto imperial global

Por otro lado, la cláusula trinquete que se incluye en el TiSA apunta a que cada vez que un gobierno adopte una medida que profundice en la liberalización en beneficio de una empresas de servicios extranjeros o elimine una ayuda para las locales, ese cambio queda fijado automáticamente para la posteridad.

No obstante, la propuesta más peligrosos de las empresas de Silicon Valley en el TiSA es lo que llaman crear una acuerdo para el siglo XXI. Esto significa que las reglas y compromisos deben ser lo suficientemente flexibles para acomodarse a las cambiantes estructuras del capitalismo en las próximas décadas. Por eso, buena parte de las corporaciones digitales presionan para la inclusión en el texto de la siguiente frase: “las reglas del tratado se aplican a todos los servicios del futuro”.

Del mismo modo que nadie podría haber previsto el desarrollo de internet, los cambios en el comercio internacional fruto de su digitalización, la extracción y comercialización de datos o las dislocaciones en materia de libertades y privacidad, es igualmente imposible predecir qué tecnologías emergerán en el futuro y la regulación que será necesaria.

Lo que sí sabemos es que la inteligencia artificial será un pata clave en la nueva economía, forjada en la idea de que los datos no estén en propiedad de los ciudadanos y fluyan libremente hacia los centros de las grandes compañías tecnológicas. También sabemos que su progresiva acumulación se concentrara en cinco empresas norteamericanas (Amazon, Microsoft, Alphabet, Apple y Facebook) y dos chinas (Alibaba y Baidu).

 

LA ILUSTRACIÓN COMO BARRERA AL COMERCIO DIGITAL

No es difícil darse cuenta de que Estados Unido ve en los tratados de comercio una oportunidad para lo que Nassim Nicholas Talleb llamó alcanzar la “antifragilidad”. Ante el azar y la imposibilidad de predecir el cambiante mercado global, sólo trata de establecer una serie de condiciones que le permitan imponer las reglas futuras para beneficiar a sus empresas. Negar el acceso a mercados locales, la localización de datos o las transferencias de tecnología son algunas políticas que tratan de establecer una especie de soberanía tecnológica respecto de las empresas estadounidenses que dominaban el mundo digital, y que amenazan la posición de la economía estadounidense como líder digital global.

 

La intención de estos tratados, en los cuales no participa China ni ninguno de los países emergentes, es que Silicon Valley tenga las manos libres para renovar el proyecto imperial global de Estados Unidos y llegar en plena forma a la lucha económica del siglo XXI, a saber, el dominio de la inteligencia artificial y la provisión de todos los servicios del mundo a partir de esta. ¿Qué se ve obligado a desterrar Europa de su pasado para sobrevivir en el mundo actual?

Acabar con el “proteccionismo digital” en el TiSA, como se le exige desde los foros empresariales a la Unión Europea, es algo así como reconocer que “la ilustración es una barrera al comercio digital”. Desde el surgimiento de la esfera pública burguesa hasta la cooptación de ésta por un par de empresas ha habido una regresión sin precedentes fruto de las dislocaciones económicas que se han tenido que imponer para superar las distintas crisis de acumulación capitalistas.

Ahora se suma una nueva: la aparición de China, que se ha integrado en la economía neoliberal global mediante el control del capital privado y la planificación, técnicas propias de un capitalismo de Estado en plena forma. El Partido Comunista apostó fuertemente en julio por la renovación de su estrategia industrial con casi un trillón de dólares para potenciar la industria de la inteligencia artificial. De otro lado, la alianza que mantiene este régimen con las empresa le permite vigilar a los 700 millones de ciudadanos sin tener que mantener ninguna impostura de democracia liberal, al contrario que en Occidente.

El CEO de Alphabet, que lleva el timón en la carrera hacia la inteligencia artificial, ha señalado que su prioridad ya no es internet y los motores de búsqueda no son su prioridad, sino el desarrollo de la inteligencia artificial. Y en el resto de Silicon Valley llegan cánticos similares, como también desde el Departamento de Estado, que sabe que la única forma de competir en el mercado neoliberal global contra un capitalismo de Estado como es China pasa por profundizar en las máximas neoliberales de antaño (reversión de la infraestructura pública, desregulación y aniquilación de la soberanía local) hasta el punto de que competir con el emperador chino Xi Jinping y sus empresas sólo pueda llevarse a cabo mediante la progresiva separación del valor democracia y el capital. Especular sobre el establecimiento de nuevos señores feudales en Occidente no parece nada alocado en este contexto.

La nueva economía digital presenta por tanto la espada de Damocles para la Unión Europea. La tensión se encuentra entre mantenerse fiel a los preceptos neoliberales impuestos como sentido común de época y convertirse en una corriente social y cultural de los océanos sino-estadounidenses o tratar de volver a una situación donde existían alternativas a un capital que ya es global. Así se entiende mejor lo que los llamados a sí mismos socialdemócratas, como Martin Schulz, invocaban recientemente con un alarde de ingenuidad al exigir unos Estados Unidos de Europa. También que la alianza entre la Gran Coalición entre socialdemócratas y conservadores sólo aspira a ver cómo este Viejo Continente se diluye entre la infinidad de crisis internas fruto de no haber logrado culminar su proyecto primigenio.

Los pensadores frankfurtianos creyeron anunciar desde lo alto del mástil de la modernidad el naufragio de la civilización. Y en cierto modo era cierto. Pero lo que llegó después —la posmoderndiad, la revolución conservadora y el establecimiento del neoliberalismo a partir de los años 70— ha ofrecido al capitalismo durante décadas una nueva lógica cultural necesaria para seguir legitimándose. Por eso, el vigente orden capitalista-burgués global en el que nos encontramos constituye un interregno hacia el fin de la impostura neoliberal, pero lo que hay al final del camino —lo que algunos llaman ‘postcapitalismo’— no tiene nada que ver con un futuro utópico y mucho menos deseable.

Detrás de la retórica de la revolución digital que promueven Silicon Valley y los propagandistas de la ideología californiana no sólo está el proyecto de renovar la infraestructura de la sociedad, sino también el de profundizar el estado de alienación en que hemos de estar sumidos para aceptarlo. La mercantilización de nuestro pensamiento, que nos aboca a un estado de deconstrucción identitaria interminable, también nos impide observar que el desarrollo histórico del capital se está descomponiendo al tiempo que emergen nuevas estructuras de dominación.

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