“Viajamos en un tren cuyo conductor se ha vuelto loco”

4 diciembre 2016 | Categorías: Opinión

Francisco Pastor
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ESTEBAN HERNÁNDEZ / AUTOR DE ‘LOS LÍMITES DEL DESEO’

Para Esteban Hernández (Madrid, 1965), el reinado de la economía financiera, la desaparición de la clase media o las imposiciones del capital sobre los Estados-nación apenas prometen ser el aperitivo del capitalismo, aún más feroz, que se cierne sobre nosotros. Según cuenta el periodista en Los límites del deseo (Clave Intelectual, 2016), un estudio de casi 300 páginas sobre el libre mercado contemporáneo, el enemigo de la civilización no se encuentra hoy solo en Wall Street, sino en Silicon Valley. Y las nuevas comunicaciones prometen concentrar aún más el poder económico en unas pocas manos: ocurrirá, entre otras cosas, cuando todos los conductores del mundo trabajen para Uber.

Según avala el coordinador de Izquierda Unida, Alberto Garzón, en la misma contraportada del libro, leyendo este trabajo “se aprende más que en los cinco años que dura la carrera de Economía”. Y aunque Hernández se considera progresista, esquiva los posicionamientos políticos desde el primer capítulo: su ensayo estudia el capitalismo actual y el futuro al que este nos dirige, y no opina sobre los cimientos de un libre mercado que, como cuenta, se vulneran cada día. El mismo lunes en que ve la luz el ensayo, y tomando una cerveza tras una jornada de trabajo en El Confidencial, donde el autor escribe desde hace tres lustros, este periodista también esquiva defender el decrecimiento económico. Esto desbordaría la vocación meramente descriptiva del texto.

¿Qué lleva a un periodista de carrera a escribir sobre el gran capital?

Trato de comprender lo que ocurre, porque viajamos en un tren cuyo conductor se ha vuelto loco. Lo importante ahora es quitar al maquinista y que no descarrilemos: ya pensaremos después en el tren o en el recorrido. La ideología debe llegar al prescribir las soluciones, no a la hora de describir los problemas. Se pueden hacer cosas de izquierda o más allá, que es lo que yo haría. Pero el diagnóstico no debe ser ideológico. A mi alrededor hay explicaciones que resultaban útiles 10 o 15 años atrás, pero no para este momento. Ni para lo que viene.

¿Se puede hacer entrar en razón al conductor de ese tren?

Es difícil. La capacidad de autocorrección del sistema parece nula. Quienes tienen el poder perciben la realidad de un modo perverso. Yo comparo este con el comunismo de los 60 o 70 en Bulgaria, Alemania o incluso en la URSS. Había muy pocas personas que creyeran en el sistema, pero nadie decía nada, porque las personas querían mantener sus posiciones de poder y sus privilegios. Se veneraba a un jefe, hasta que lo quitaban y ponían a otro. Como ocurrió con el franquismo en España, estos entramados funcionan solo cuando son los dominantes. Hoy, muy poca gente cree en el capitalismo: se ve claramente cuando sus normas se vulneran una vez tras otra. Nadie renuncia a su poder a favor de una economía más real.

Dice que el capitalismo se ha rebelado contra su propio marco.

Porque se habla de competencia, aunque las empresas sean oligopolios. El capitalismo teórico hablaba de producción y eficiencia, cuando en realidad el mundo está dominado por su opuesto: el intercambio financiero. La mayoría de las empresas funcionan muy mal, incluso en contra de los intereses de quienes las administran, porque se piensa demasiado en el corto plazo. Si queremos empleados más cualificados, un mejor modelo, aparecen ellos, los accionistas, que piensan en ganar dinero de cara a un año. Y el marco que se había construido, la democracia liberal, empieza a saltar. Surgen populismos, como Trump. Algo se ha descontrolado.

Pero, ¿necesitamos o no a Wall Street?

No sé si nos hace falta o no, pero sé que así el mundo financiero está derribando nuestra organización como sociedad. Hay quienes dicen que es necesaria, para dar fondos para las empresas, pero el capital financiero elige acelerar justo aquellos procesos que nos abocan a sociedades mucho peores. No solo estamos en el mundo de la economía financiera y de casino, sino que las inversiones se están llevando a un nuevo sistema productivo, el de la economía digital, que tiende a la concentración. Las empresas como Uber, para funcionar, necesitan un entorno mucho más frágil que el actual.

Un entorno más frágil, ¿por qué?

Pienso en los anunciados coches autónomos. Funcionan por sí mismos, y todos por el mismo sistema: un sistema regulado por algoritmos, y quien los posea tendrá los parques móviles de todas las ciudades del mundo. Esto pone en muy pocas manos las opciones económicas de la gente. Antes mencioné a Uber: no tiene conductores, ni coches, ni mantenimiento, ni gastos fijos. Pone en contacto al usuario y a quien ofrece el servicio, sin mediación de las instituciones. Si el modelo cuajara, los taxistas de Madrid, París, Berlín o Nueva York serían trabajadores de Uber. Dependerían todos, jerárquicamente, de la misma compañía. El dinero es poder, y esto significa concentrar el poder en menos manos. Y eso siempre trae muchos problemas.

Habla de la excepción, por la que una minoría incumple las reglas que rigen en los demás. Habrá quien diga que esto es necesario. Para atraer capitales, por ejemplo.

Pero no lo es. La derecha dice eso: hay actores que por ser especialmente potentes, interesantes, no tienen por qué amoldarse a nuestras normas. Los campeones necesitan otro tratamiento. Y algunos se permiten vulnerar las normas sin que haya consecuencias. Una gran empresa puede recurrir a un paraíso fiscal y las pequeñas, no. Y esas empresas, cuando defraudan, no son útiles, ni convienen a la economía, ni dan producto interior bruto a un país. Solo crean recursos para quienes, como ellos, tienen ese poder de sustraerse a las normas. Así que hay que crear resistencias, no depender de la voluntad de otros.

¿Qué resistencias?

Una Unión Europea razonable sería lo más útil que podríamos conseguir, pero estamos lejos de eso. Ya no podemos acudir, meramente, a lo cotidiano: no podemos defender nuestros derechos, en nuestro entorno laboral, sin exponernos a un despido. Casi nadie quiere dar la cara, porque se la van a partir. Se pueden organizar acciones conjuntas, de visibilidad de los problemas, de formación. Todo eso, más prácticas de consumo relacionadas con la producción. Como consumidores, estamos mucho más armados que como trabajadores. En la política ocurrió: la izquierda extraparlamentaria era residual y, de un día para otro, esto era un hervidero. Fuera de ella, aún falta la chispa. O quizá la voluntad.

¿Realmente cree, como dice su libro, que el poder teme a las humanidades y la cultura?

Sobre todo, las desprecia. Si pensamos en términos de conocimiento, esto nos permite entender las cosas y  actuar sobre ellas. Ahora no: yo tengo un montón de datos, de lo más dispares, sobre un hecho concreto. Los vierto en una máquina de big data y esto encuentra una relación entre las cosas que nosotros no entendemos. Pero actuamos igual. Hubo quien encontró un vínculo entre el buen tiempo en París y el comportamiento de la Bolsa. ¿Por qué? Da igual. Vamos a Francia a invertir. En este contexto, que alguien quiera entender las cosas supone una pérdida de tiempo.

¿No hay motivos para pensar que el sistema absorbería también las causas humanas, culturales?

Cuando conozco las normas, las puedo vulnerar, pero si unos expertos creen en las normas, tampoco las podré romper demasiado. Si estoy en un sistema democrático liberal, y la población es consciente de ello, habrá cosas que no querré sobrepasar, porque la gente se me volvería en contra. Es difícil puentear según qué ideas, cuando ya están asentadas. Las humanidades, la filosofía y el pensamiento siempre van a ofrecer esa resistencia.

Habla de Grecia. El pago de la deuda se vuelve más improbable si el país aplica los mismos recortes que les imponen los prestamistas.

Podría pensarse que es patológico. Quienes están al frente de las instituciones quieren fórmulas mágicas, simples, que creen que son la panacea. Si rebajo salarios, contrato a más gente. Pues sí y no. Si hay menos gasto estatal, la economía irá mejor. Pues, casi siempre, no. Con la deuda pasa igual. El modelo es el estándar y quieren aplicar esa plantilla. Si no funciona, dirán que los griegos están haciendo algo mal. O hay que corregirles, o meter más medidas, o apretar alguna tuerca. Esta es una convicción casi religiosa.

¿Es esa religión la que defiende el trading de alta frecuencia?

No, esa es una trampa pura y dura. Lo hacen quienes, con ayuda de la tecnología, intermedian en una compra, en cuestión de milisegundos, cuando ya saben que esta se va a producir. Se cuelan ahí, realizan ellos la venta y la compra, y crean una pequeña plusvalía. Esta maniobra, repetida millones de veces al día con ayuda de la informática, crea una riqueza. Hay unos medios técnicos: algoritmos, velocidad de redes, que no crean ni producen nada. Solo aportan algo a quienes ganan con ello. A nadie más. Pero ese grupo tiene poder e influencia.

Su libro reitera una idea: quienes están arriba no están allí por su talento o su mérito.

No, de ninguna manera. Creemos que quienes nos lideran son los más aptos, y eso es extraño: lo pensamos porque ellos mismos nos dicen que son los mejores. Quizá sepan encajar en el sistema, en su forma de relacionarse, o tengan cierta facilidad para manejar amistades y enemistades, eso sí. Quienes dirigen las empresas no tienen un gran conocimiento, sino que aprovechan las oportunidades al vuelo, que quizá sea una forma de inteligencia, pero no de talento. Hace falta más ambición que otra cosa.

En España, ¿ve clara la mcdonalización de la sociedad de la que habla su trabajo?

Sí, se racionalizan todos los procesos: lo veíamos con Mercadona, hace solo unos días. Le dicen al proveedor, esto, de aquí a aquí, de tal hora a tal hora. Y con los trabajadores, igual. Esa es la idea de la economía productiva actual. Se basa más en esto que en la calidad o la excelencia. Hay una producción con los tiempos y las cantidades medidos, en la que el trabajador no aporta nada y el cliente elige entre una serie de cosas. Se mide lo que rendimos y no rendimos. Hasta el periodismo está viviendo una pauperización del trabajo, porque interesan los clics, o generar interés en el poder. Se busca gente no inteligente, sino obediente.

Sin embargo, según cuenta, esa clase obrera que aporta un trabajo mecánico va a desaparecer.

El mundo que viene pretende, incluso, sustituir el diagnóstico de un experto por el trabajo de un robot. Los médicos, por ejemplo: tienen una experiencia, se equivocan y aciertan. Pero esa experiencia nunca será como la que puedan sumar todos los médicos juntos. Por ello, hay quien aboga por cruzar los datos de los síntomas de un paciente en una máquina, y que sea esa quien realice un diagnóstico y decida una receta. Si esto es así, los médicos sobran. Y si sobra la mano de obra manual, y la de los expertos, ¿quién trabaja?

Hay unas reflexiones sobre la identidad, como que buscamos la competitividad y la perfección, que atribuye al capitalismo.

Pero hoy son más decisivas. Si nos fijamos en los líderes políticos del pasado, casi ninguno era físicamente atractivo. Eran gente de 50 años con barriga, gafas y calvos, en los que confiábamos porque creíamos que eran listos. Hoy, todos son guapos: es otra forma de exclusividad o perfección. Si pensamos en los pequeños ricos, estos tratan de encontrar diferencias materiales con respecto de los demás, otros tratan de acudir a eventos como invitados. Nuestras marcas identitarias ya no dependen de nuestro oficio, nuestra nacionalidad o nuestra idiosincrasia, sino del lugar que ocupamos en el mundo. Esa bifurcación me parece significativa.

¿Tan precipitado resultaría cambiar nuestro sistema económico?

No podemos hacerlo, como no podemos saltar de un tren en marcha, por mucho que este vaya a descarrilar. Hay unas redes de poder que, mientras sigan presentes, van a mitigar cualquier cambio. Estas políticas económicas perjudican a todo el mundo y, en especial, a países como el nuestro. En lugar de detenerse, se están acelerando. Pero lo que viene después es mucho peor. La sinergia entre tecnología y finanzas, Wall Street, Silicon Valley, eso es un cambio radical en la concepción de la sociedad. Nos prometen hasta la inmortalidad.

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